Capítulo 23. Un encuentro bajo la luna
Un encuentro bajo la luna
B rianna contuvo el aliento, sintiendo que el destino le reía en la cara justo cuando estaba a punto de darse por vencida.
Nunca había sido mujer de agüeros, prefiriendo siempre labrarse su propia suerte, pero allí estaba, mirándolo fijamente mientras el aire frío de la noche se volvía denso y palpable.
Suspiró, intentando que el movimiento de su pecho no delatara la agitación que le producía tenerlo cerca bajo la luz vacilante de las antorchas, que acentuaba la dureza de su mandíbula.
—No sabía que vendría —logró decir, manteniendo el tono firme mientras él le clavaba la mirada.
—¿Le disgustó mi aparición repentina?
—¡No es eso lo que trato de decir! —exclamó ella, ruborizada.
—¿Entonces debo asumir que la he sorprendido de forma grata? —insistió él, arrancándole un resoplido de indignación.
—¿No cree que está dándose demasiada importancia, señor Callaghan?
Kieran torció los labios en una sonrisa mientras la recorría con la mirada desde la coronilla hasta los pies.
Sus ojos viajaron por la muselina crema de su vestido con una lentitud que hizo que Brianna se sintiera más desnuda que cubierta.
Ella soltó un chasquido de irritación y puso los ojos en blanco.
—El color le sienta bien. Casi parece... inocente.
—¿Era eso lo que iba a decir tras examinarme como a una yegua en el mercado?
Kieran soltó una risa amplia y genuina.
—Es un cumplido. Supongo que no está acostumbrada a recibirlos.
—Tampoco me hacen ninguna falta.
—Ya lo creo, lady Harper.
Brianna estaba a punto de añadir una réplica ácida, cuando fueron interrumpidos por el alcalde Bronwick, su esposa Ethel, Colette y el señor Dale.
—Oh, qué grata sorpresa. Había imaginado que la señorita Harper aborrecía lugares tan cultos —manifestó Ethel con un humor negro que pretendía ser refinado.
Brianna frunció los labios. Lejos de aborrecerlos, pensaba que el teatro era el mejor de los escenarios, pero la presencia de Kieran marcaba una diferencia que antes no le preocupaba.
—Veo que ser displicente es sinónimo de etiqueta en este lugar —intervino Kieran, con la mirada fija en Lucius.
Ethel sonrió con nerviosismo ante el puntiagudo dardo del irlandés.
—De ningún modo, lord Callaghan. Supongo que la realidad a veces resulta un poco ofensiva —repuso la mujer.
—Mi querida Ethel tiene razón —añadió el alcalde—. Es una suerte para usted llevarse una joya tan preciada, aunque esté a punto de encarecer su valor.
Acto seguido, Lucius instó a su esposa a seguir adelante. Colette apenas miró a Brianna, regodeándose del brazo de un Albert Dale que solo dedicó una mirada de soslayo a Kieran.
—Parece que las apariencias son el único lenguaje que se habla en este recinto —replicó Brianna cuando se quedaron solos.
—¿Le molestaron sus palabras? —le preguntó él de repente, tomándola por sorpresa.
—¡Por supuesto que no!
—Entonces no hablemos de apariencia. La suya es real y perfecta —sentenció Kieran.
Brianna tragó con fuerza el nudo que se le formó en la garganta al asimilar que la estaba defendiendo con sus propios argumentos.
Kieran esbozó una sonrisa de labios apretados, como si se jactara de recordarle una lección que ella misma debería haber memorizado tras tantos escándalos.
Antes de que pudiera replicar, August Harper apareció y estrechó la mano de Kieran con una efusividad que atrajo, como un imán, las miradas de los curiosos.
El ascenso hacia el palco fue una tortuosa procesión de susurros. El teatro entero parecía haberse percatado del irlandés que acompañaba a los Harper. Al llegar al elegante cubículo, Brianna descubrió con horror que los Bronwick eran sus vecinos de palco.
Se sentó en el tercer lugar, con sus padres a un lado y Kieran justo detrás de ella, en la penumbra de la segunda fila. A pesar de la distancia social, sintió que el calor que emanaba del cuerpo de él atravesaba la fina seda de su vestido.
El telón se alzó y un actor vestido con pieles toscas e imitando un acento gaélico inentendible irrumpió en escena, provocando las risas del público.
—Vaya... ¿es así como nos ven? —susurró la voz de Kieran, rozando el lóbulo de su oreja.
Brianna se tensó, sintiendo cómo el vello de su nuca se erizaba. Se ladeó ligeramente para mirarlo.
—Sin duda. Esto es por lo que mi padre ha pagado —respondió, ganándose un chistido de reproche de su madre.
Brianna dejó de prestar atención a la obra. El colmo llegó cuando la «heredera» del escenario soltó un discurso sobre la libertad que recordaba demasiado a la Revolución Francesa, recibiendo un aplauso condescendiente que le supo a hipocresía pura.
—Supongo que es como verte en un espejo —murmuró Elena con un suspiro.
—¿Por qué no nos vamos? El autor parece haberse confabulado contra nosotros —soltó Brianna, apretando el chal contra sus hombros.
—De ningún modo, cariño. Esto no es una burla, es una lección —replicó su madre.
—¿Insinúas que el fin justifica los medios? —preguntó desconcertada.
—Siempre y cuando deje algo memorable.
Brianna sopesó las palabras de su madre y, tras inspirar hondo, se puso en pie.
—¿A dónde vas?
—Al tocador. Ya tengo suficiente con verme actuar de forma «memorable» —sentenció antes de marcharse.
Apenas miró a Kieran al salir, buscando un lugar donde poder respirar. Caminó por el pasillo desierto, admirando el fresco del teatro romano en la cúpula, cuando la voz de él la sobresaltó a sus espaldas.
—He escuchado que arriba la vista es maravillosa.
—¿Qué hace aquí? —preguntó tras recomponerse.
—Lo mismo que usted, milady —respondió él, invitándola con un gesto a seguirlo.
Kieran la guio hacia el ático del Sheldonian. El ascenso, con él siguiéndole los talones, llenó a Brianna de una extraña excitación; una mezcla de miedo y una vibrante emoción por lanzarse a una aventura temeraria. Al llegar arriba, el viento los recibió junto a una panorámica lúgubre de Oxford.
—Creo que la ciudad se aprecia mejor de día —dijo ella, soltando una risa nerviosa.
—Pero si alza la mirada, verá algo mejor.
Kieran tenía razón. Al levantar el rostro, Brianna se encontró con la luna y sonrió. Sin embargo, al notar que él se acercaba, retrocedió instintivamente.
—No lo haga —dijo, extendiendo el brazo para marcar la distancia.
—¿Que no haga qué?
—No me haga creer que va a besarme —respondió ella, sintiéndose tonta por mencionar lo que no la dejaba dormir.
Él no retrocedió. Acortó la distancia, haciendo que la respiración de Brianna se acelerara. Ella se estremeció cuando Kieran le tomó el mentón, obligándola a sostenerle la mirada.
—¿Por qué no? Si es precisamente lo que quiero hacer —declaró él antes de inclinar la cabeza.
Brianna no pudo evitar que él capturara sus labios. Tembló como una hoja seca ante el primer roce.
—No... —gimió ella contra su boca, pero él presionó con una fuerza que le hizo flaquear las piernas.
El beso fue inesperado y sublime. Su corazón palpitó con una violencia porque, en el fondo de su alma, lo había ansiado desde el primer instante.