Capítulo 22. El bárbaro y la heredera
El bárbaro y la heredera
L a entrada en la ciudad de Oxford fue marcada por el estruendo de los cascos de los caballos contra el empedrado. Mientras atravesaban las calles, Brianna contemplaba fascinada la arquitectura gótica que se alzaba bajo los faroles recién encendidos.
Esta contrastaba grandemente con la calle más pintoresca y representativa de Burford, que desembocaba en el río Windrush, del que se vanagloriaba su padre.
—Vamos, querida, cambia esa cara. Esta noche volverás a estrenarte en sociedad y es tu deber dar una buena impresión —la instó su madre mientras descendían ante la casa donde se hospedarían durante el fin de semana.
Fueron recibidos con la eficiencia del personal que August mantenía para sus eventuales visitas a la ciudad; en especial, aquellas que estaban destinadas al teatro.
—¿Y si no quiero ir? —porfió Brianna, encaminándose a su habitación.
—Deja de ser tan mimada y ve a cambiarte —le ordenó Elena como si fuera una niña, dirigiendo una mirada significativa a Alice para que la escoltara.
Brianna hizo una mueca antes de encerrarse en su dormitorio con vistas a la bulliciosa calle. Apenas entró, se refugió en la ventana.
—¿No está emocionada por venir, señorita? —le preguntó Alice mientras organizaba el equipaje.
—¿Se me nota? —replicó ella con ironía.
Alice negó con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa.
—Tal vez solo le inquieta no ver al señor Callaghan.
—¡Por qué dices eso! —exclamó Brianna, espantándose de su propia reacción defensiva.
Alice se retrajo, haciéndola sentir un poco culpable por su irascibilidad.
—No... no intentaba molestarla, milady.
Brianna suspiró con fuerza, obligándose a mejorar su humor.
Quizá su doncella tenía razón. No había visto a Kieran desde la cena y temía que los chismes sobre aquel encuentro hubieran corrido más rápido que su próximo reencuentro.
Sabía que él se hospedaba en una zona desde la cual podría haber llegado a su casa con un simple trote de caballo.
Luego recordó que era él quien esperaba una respuesta, aunque, en su distracción, se descubrió incapaz de recordar cuál había sido la pregunta exacta. Aquel olvido la hizo sonreír para sus adentros.
—Tienes razón —dijo, mirando a Alice.
—¿Lo dice por... la ausencia de lord Callaghan? —preguntó la doncella, atolondrada.
—No. Lo digo porque ya era hora de ver una obra que no sea aburrida —sentenció, decidida a disfrutar la noche a su manera—. Ayúdame a elegir el vestido.
—Con gusto, señorita —aplaudió Alice.
Tras rebuscar entre el equipaje, descubrió que su madre se había asegurado de que luciera regia.
Se debatió entre un beige discreto y un azul profundo, pero finalmente escogió la muselina color crema.
Fiel a su espíritu rebelde, apreció ante el espejo el corte justo bajo el pecho y el escote cuadrado, que dejaba caer la tela en una línea recta y fluida hasta sus pies.
Se calzó los guantes largos de cabritilla y se envolvió en el elegante chal de cachemira. Por último, Alice le abrochó el collar, un obsequio de su madre.
—¿Me veo bien? —preguntó con una inusual parsimonia.
—Usted siempre se ve hermosa, milady.
—Ahora esperemos que la obra esté a la altura —mencionó, recordando el título: El bárbaro y la heredera . Aquel detalle la había hecho detestar la idea de asistir, pero, paradójicamente, terminó siendo lo que más la animaba.
Al bajar a la sala, sus padres y una elegante señora Davies ya la aguardaban.
—Veo que por fin te decidiste a lucir el collar que te regalé —manifestó Elena, arreglándole un mechón que escapaba de su tiara.
—Debe ser porque lo metiste en mi valija a propósito —soltó Brianna jocosa, arrancándole una risa socarrona a su madre.
—Te queda perfecto. Ya verás como todos lo envidian esta noche.
—Dudo que pase —añadió, poniendo los ojos en blanco.
—Damas, es hora de marcharnos —las apremió su padre, Brianna suspiró hondo, obedeciéndolo sin rechistar por primera vez.
Al llegar al Sheldonian, la luz de las antorchas creaba una atmósfera de claroscuro que dibujaba sombras largas bajo el pórtico. Al bajar del carruaje, Brianna se sintió observada. El frío de Oxfordshire le mordió las mejillas, obligándola a ceñirse el chal sobre los hombros.
Mientras su padre caminaba insuflado de orgullo, saludando a los conocidos, ella buscó entre la multitud una sola figura: la de aquel irlandés imponente que resaltaría con su solo exotismo entre las levitas negras y los sombreros de copa.
Sonrió tonta, al imaginar que aparecería por allí.
Sintió una punzada de desazón al constatar la realidad y, por un momento, se sintió fuera de lugar.
Estuvo a punto de dar media vuelta para regresar al carruaje, pero al intentarlo, se topó de frente con la silueta materializada del hombre que buscaba.
Kieran lucía una extraña combinación entre la elegancia formal y la rusticidad de su sombrero de fieltro negro, con la hoja de trébol como un tributo —o insulto silencioso— a la sofisticación inglesa. Su presencia bastaba para que el resto de los caballeros parecieran simples maniquíes de sastre.