Como atrapar el corazón de la esquiva señorita Harper Capítulo 21. Un nuevo presagio
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Capítulo 21. Un nuevo presagio

Un nuevo presagio

A l día siguiente, en la mansión Harper, Brianna despertó con una consternación que no le había permitido conciliar el sueño.

Su mente iba y venía sobre el mismo pensamiento, atrapada en un bucle que le pareció infinito.

Se sentó en el borde de la cama y observó su vestido; la seda color verde descansaba sobre la silla, pero su espíritu seguía anclado en aquel vestíbulo, reviviendo la forma en que Kieran se había inclinado sobre ella, empequeñeciendo su mundo con su sola presencia.

Por un instante, le aterró descubrir que su «pataleta bajo el agua» ya no era un esfuerzo para mantenerse a flote, sino una lucha para no ahogarse en la mirada de un hombre que, lentamente, la había ido hechizando con una magia de tierras tanto lejanas como ancestrales.

Suspiró profundo, admitiendo que la respuesta que buscaba ya no estaba en la traducción del gaélico de su libro, sino en una voluntad que, por primera vez en su vida, cedía ante un fuego incontrolable.

Aunque Kieran no había impuesto límites ni fechas a su decisión, Brianna celebró con ironía la excesiva confianza del irlandés en que la obtendría pronto. Poco después, el suave golpe de Alice en la puerta le indicó que era hora de abandonar el refugio de su habitación.

Al bajar al comedor, luciendo más serena, se encontró solo con su madre y la señora Davies, brillando por la ausencia su progenitor.

—¿Y padre? —preguntó al tomar asiento, agradeciendo con un gesto a Alice mientras esta rellenaba su taza de té matutina.

—Salió muy temprano —respondió Elena.

Brianna aspiró el aroma relajante de la lavanda y bebió un sorbo.

—Es bueno saber que su malestar de anoche no era grave.

—Espero que no desees ver postrado a tu pobre padre —resopló su madre con mirada inquisidora.

—Cielos, madre. Jamás le he deseado nada semejante.

—Eso espero, queridita; sobre todo ahora, con el éxito de tu compromiso, que está en todas las bocas de la ciudad —festejó la baronesa, riendo en confabulación con la señora Davies.

Brianna les arrugó el ceño a ambas, sintiendo una punzada de alarma que le hizo poner la mirada en blanco por lo hilarante que eso le resultaba. La sensación era de haber echado en un saco roto todo su esfuerzo, gracias a la simple aparición de Kieran.

—Debe ser una broma —bufó, renegando de su extraña y nueva realidad.

—Para nuestra suerte, no lo es.

—Supongo que debo esperar al siguiente baile para comprobarlo por mí misma.

—Ni sueñes con que volverás a hacer de las tuyas. Ya no es necesario —la increpó su madre.

—Que ustedes me hayan «importado» un marido no significa que yo esté perdiendo mis ideales —replicó ella con firmeza.

—Ya basta, Brianna. Tus ideales solo deben cimentar las bases del hogar que construyas. ¿Estará de acuerdo conmigo, señora Davies?

Brianna refunfuñó ante su búsqueda de apoyo, creyendo que era el peor lugar, considerando que Anne era viuda.

—¿Imagino que la señora Davies está pensando en buscarse un nuevo marido? —lanzó su hilarante pregunta, en forma de azucarado dardo, haciéndola resoplar.

—¿Cómo crees, Brianna?, ya he considerado que he quemado esa etapa —adujo esta, sonriendo un poco nerviosa.

—El punto está en que aún no has quemado la tuya —prosiguió su madre.

—¿Y si mi único deseo es ser una mujer independiente?

—En ese caso, lo serás tanto como te lo conceda tu marido —respondió Elena, dejando a su hija con la mandíbula desencajada, con una sentencia de sometimiento que para ella ya bordeaba el absurdo.

Brianna puso los ojos en blanco para ocultar su frustración y desvió la mirada hacia una invitación que reposaba sobre la mesa.

—¿Hay una función de teatro? —preguntó, tomándola entre sus manos.

—Así es.

—¿Es en Oxfordshire?

—¿Y qué importa el lugar? Será una excelente oportunidad para visitar el Covered Market. Tu padre necesita una nueva casaca roja para la próxima cacería de zorros.

—Creí que ya había acabado con todos los zorros del condado en la temporada pasada —arguyó Brianna, sin rastro de discreción.

—Cariño, es una iniciativa del alcalde Bronwick en honor a su futuro yerno. Ya sabes que a los hombres les encanta festejar con deportes de alto impacto; además, ayuda a proteger los cultivos y los campesinos lo agradecen.

—Supongo —admitió ella con desgana—. ¿Y el señor Callaghan está invitado?

—Sin duda. De hecho, todos esperan comprobar qué tan hábil es en la cacería.

—En ese caso, ya ha demostrado que es el mejor jinete de la región —se mofó Brianna.

—Y es un orgullo para tu padre, quien se ganó todas las apuestas gracias a él.

—¿Solo padre apostó por él?

—Indudablemente. ¿Qué esperabas?

—¿Y el resto por quién lo hizo? —preguntó, luego imaginó que la respuesta era evidente, dado que Kieran era un advenedizo.

—Por Albert Dale, el protegido del alcalde, como era de esperarse. Lo que hizo que el final de la carrera fuera... sumamente interesante, ¿verdad, querida?

La certeza en las palabras de su madre la incomodó.

Brianna recordó cómo había gritado animando a Kieran para que ganara, impulsada por las deleznables palabras de Colette, aunque en el fondo sabía que el irlandés no necesitaba ningún empuje emocional.

Meditó en que Kieran les habría ganado incluso cabalgando con los ojos vendados sobre su semental.

Sin embargo, meditó en que la cacería era un deporte de otro nivel. Allí no bastaba con ser un gran jinete, porque entraban en juego otros ingredientes que no eran propios solo de los caballeros: la astucia, la sangre fría y hasta las alianzas para conseguir la presa deseada.