Capítulo 20. Un carácter insobornable
Un carácter insobornable
«¿Q ué diantres trataba de hacer?», se recriminó Kieran en cuanto desmontó de su caballo y se apresuró al interior de la villa donde se hospedaba.
Sean, su empleado, apareció para ayudarle a quitarse la levita y recibir su sombrero, notando de inmediato la tormenta que su señor traía en la mirada. Fue él quien colocó la hoja de trébol seco en la cinta y que llamó la atención de Brianna.
Kieran lo pasó por alto, en el fondo le alegraba que ella reparara en esos pequeños detalles.
—Sírveme un trago —gruñó al entrar en la sala.
—Ah, señor...
—Que sean tres —interrumpió la voz demandante del alcalde Lucius Bronwick.
El hombre se puso en pie desde el sillón donde lo aguardaba en compañía del señor Dale, a quien Kieran había vencido recientemente en la carrera. Este último lo observaba con el ceño fruncido y una envidia poco disimulada.
—¿Quieres explicarme esto? —increpó Kieran a Sean, ignorando a los presentes.
—Lo estábamos esperando, milord —manifestó Bronwick con suficiencia.
—Eso es evidente, tanto como la razón por la que permitieron que entraran en mi casa sin invitación —masculló Kieran. No le agradaba ninguno de los dos; olían a rancio poder local.
—Eso se debe a que no hay puerta que se me cierre en toda esta región, Callaghan —alardeó el alcalde.
—¿Qué es lo que quiere?
—Hablar de negocios —le respondió, aprensivo.
Sin perder tiempo, Albert Dale colocó sobre la mesa una pesada bolsa de monedas que aterrizó con un tintineo metálico y rotundo.
—Con esto será suficiente para que se marche, ¿verdad? —Dale lanzó sus palabras como puntiagudos dardos.
Kieran alzó las cejas. Le sorprendió, casi gratamente, que ninguno de los dos anduviera con rodeos.
En ese instante, no supo si alegrarse de tratar con gente cuyas intenciones eran tan transparentes como el agua o si debía preocuparse por no poder descifrarlas, tal como le sucedía con Brianna; aquella mujer a la que se prometió no tocarle ni un cabello y que, para su desgracia, le estaba costando un esfuerzo sobrehumano mantener la distancia.
Pese a su dilación, no pudo evitar regodearse en ese recuerdo.
—Recojan su dinero y lárguense —masculló con un humor sombrío.
—Hay cincuenta mil libras aquí. Veinte mil más de las treinta mil que el barón le ofreció por hacerse cargo de su deshonrosa hija —insistió Lucius Bronwick, prescindiendo de cualquier sutileza.
—¿Tiene razones para afirmar tal cosa? —inquirió Kieran, sintiendo cómo la sangre empezaba a hervirle. Cerró su puño haciendo traquear sus nudillos.
—De sobra —soltó Dale con sorna, de quien no se dudaba que ya hubiera intentado cortejarla de forma infructuosa.
Admitió que tanto lady Harper como él eran indomables a su manera.
Ambos hombres soltaron una risa burlona.
A Kieran le resultó irritante que hubieran reunido semejante suma solo para sacarlo del camino.
Comprendió que, más allá del mal comportamiento de la muchacha, lo que les escocía era que un irlandés —proveniente de una tierra a la que ellos desangraban— terminara quedándose con la heredera de los Harper.
Entonces fue el turno de Kieran para reír, mofándose de lo ridículo que le resultaba la situación.
—No quiero su soborno. Tampoco tengo un trato con el señor Harper sobre el que les interese especular. Estoy interesado en su hija y eso es lo único que me importa, pese a los rumores.
—No mienta, conocemos su necesidad —arguyó Lucius, haciendo que Kieran entornara la mirada con fijeza.
—¡Largo! —bramó con una fuerza que hizo vibrar los cristales de la sala, y poner en guardia a su fiel sirviente.
—Se arrepentirá si no lo hace —ladró Dale, cuya inquina parecía alimentada por la humillación de la carrera perdida.
«Si buscan a un irlandés, lo encuentran», se alabó con diversión para sus adentros.
—He dicho mi última palabra.
—Podría regresar a su isla con las manos vacías, solo piénselo —agregó el alcalde en tono de amenaza.
—Ese será mi problema —dictaminó Kieran, provocando un resoplido de disgusto en sus interlocutores.
—Supongo que los irlandeses son tan tercos como sus animales —farfulló Bronwick con displicencia.
Kieran, lejos de ofenderse, sonrió dándose por aludido.
—La terquedad, a veces, puede parecer una rara virtud si lo que se desea es hacer una buena elección.
Lucius y Dale lo miraron sin comprender la profundidad de sus palabras. Kieran las había pronunciado pensando en Brianna, de quien ya no creía que hiciera nada por simple capricho.
—Sandeces —escupió Bronwick.
Kieran llamó de inmediato a su sirviente, quien apareció sin demora.
—Sean, enséñales la salida a estos ilustres caballeros.
—No se preocupe, ya la conocemos —ladró Bronwick.
—La próxima vez, anuncien su visita con antelación —añadió Kieran.
—¿Cree que habrá otra? Piense que ha echado por el caño una oportunidad de oro —insistió el alcalde en un último intento por marcar su autoridad.
El gesto le resultó irrisorio. Aquellas patrañas solo le confirmaban una cosa: el barón Harper buscaba crear un escándalo que eclipsara todos los anteriores de su hija, y lo había logrado en menos del tiempo pactado. Esto amenazaba que su estadía de tres meses quizá se redujera a mucho menos.
Ese hecho lo fastidió.
—Lo tendré en cuenta —dijo, plantándose frente a ambos.
Se dio el gusto de encararlos desde su superioridad física, ensombreciendo la mirada hasta mostrarse absolutamente inflexible e intimidante. Con tal despliegue innato de autoridad, los dos hombres no tuvieron más remedio que retirarse de inmediato, escoltados por Sean.
Kieran se quedó allí, con el eco de los pasos desvaneciéndose en el pasillo.
El silencio que siguió era pesado, cargado con el aroma del tabaco caro impregnado en las solapas del alcalde y la amargura de Dale por un soborno rechazado.
Se acercó a la ventana, observando cómo los dos caballos se alejaban a toda prisa, perdiéndose en el camino iluminado de forma precaria por faros cuyas lumbres de velas de sebo empezaban pronto su agonía hasta ser consumidas por la noche.
Meditó en las cincuenta mil libras, mientras se sirvió un trago de Bushmills.
Una fortuna que podría haber salvado sus tierras sin necesidad de tratar con el orgullo de los Harper.
Pero al beber su trago, Kieran se dio cuenta de que lo que le quemaba por dentro no era la ambición, sino la forma en que esos hombres hablaban de Brianna, llamándola «deshonrosa» como quien etiqueta una mercancía defectuosa.
El meollo era que nadie sospechaba que, tras esa fachada rebelde, se escondía una mente brillante y asertiva, capaz de cuestionar al mismo imperio, y esto lo fascinaba.
—Parece que ha despertado a un nido de avispas, milord —comentó Sean, regresando a la estancia.
—Debe ser porque las avispas solo pican cuando temen perder su panal, Sean —repuso sin apartar la vista de la oscuridad exterior—. Es obvio que estos hombres temen que un irlandés les arrebate lo que creen que les pertenece por derecho de nacimiento.
Kieran de inmediato pensó en el dedo que había puesto sobre los labios de Brianna apenas una hora antes. Respiró hondo, todavía podía sentir el calor de su aliento que lo dejó extasiado y lo obligó a huir antes de cometer una locura sin retorno a la cordura.