Como atrapar el corazón de la esquiva señorita Harper Capítulo 19. La seducción del norte
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Capítulo 19. La seducción del norte

La seducción del norte

—M e da la impresión de que la comida que preparé con tanto esmero para nuestro invitado te está causando un daño estomacal —sentenció lady Harper.

Brianna resopló con sorna ante las conjeturas de su madre. Se hallaban en la cocina disponiendo los platos del postre para cerrar una velada que había resultado un tanto accidentada debido a su perspicacia.

—No digas sandeces, mamá.

—Eso mismo digo yo, querida. Pareces empeñada en provocar una nueva revolución.

—Ya hay una muy cerca: Liberté, Égalité, Fraternité —arguyó Brianna descolocándola.

Hizo que la baronesa entornara la mirada ante su perfecta pronunciación francesa.

—No repitas eso —la riñó—. Y vamos, espero que este delicioso budín de verano termine por endulzar esta noche tan amarga.

—Si no sucede es porque tal vez debiste preparar un postre más otoñal.

Elena arrugó el ceño con su sátira, azuzándola de inmediato para que llevara la bandeja de plata con la porción destinada a su prometido.

En el fondo, dudó que fuera un hombre que se dejara endulzar con facilidad.

Al entrar en la biblioteca, encontraron a Kieran y a August enfrascados en una seria conversación sobre caballos.

Madre e hija dispusieron el dulce y se sentaron a comer.

Brianna suspiró profundamente al notar la mirada amenazante de Elena; la baronesa parecía dispuesta a impedir que su hija pronunciara una sola palabra más, que iniciara un nuevo debate «incendiario» —según sus propias conjeturas—, asintiendo y riendo con complacencia ante la oratoria de su esposo hasta que llegó la hora de despedir a la visita.

Sin embargo, Brianna no estaba dispuesta a irse a la cama sin hablar de nuevo con Kieran.

Durante el postre, solo había podido observarlo en silencio, pues cada vez que intentaba abrir la boca, su madre la esquivaba con una implacable elegancia.

La oportunidad surgió de forma inesperada: August comenzó a sentirse indispuesto del estómago y Elena tuvo que socorrerlo, dejando a Brianna al frente de la despedida.

—Trata de comportarte —le advirtió Elena antes de retirarse junto a Anne, tras haberla llamado por ayuda.

Una vez que se hubieron marchado, Brianna soltó una risa contenida.

—¿Le hace gracia que su padre se enferme? —preguntó Kieran, tomando su sombrero de fieltro.

Brianna notó que en la cinta llevaba atada una pequeña hoja de trébol seca.

—De ningún modo —respondió ella recomponiéndose. Aunque se esforzaba por conocerlo a fondo, odiaba admitir cuánto le gustaba fijarse en esos pequeños detalles—. Lo acompaño.

Sin más demora, guio a Kieran por el pasillo hacia la salida. El eco de sus pasos era el único sonido que rompía el monótono silencio en que había quedado la casa.

—¿En serio le resultó interesante mi recomendación? —preguntó él, reabriendo la conversación.

—¿Cree que me inventé lo que dije en la mesa?

—No es lo que creo.

—¿Entonces? —lo encaró al detenerse en el vestíbulo.

Su siguiente movimiento la hizo retroceder hasta toparse con el tapiz de la pared. Kieran bajó la mirada hasta encontrarla con la suya.

—Es agradable ver que se lo toma en serio —dijo él, haciéndole soltar un chasquido, irritada por la evidente superioridad corporal del hombre.

La joven se retrajo de manera instintiva cuando Kieran invadió su espacio de forma casi deliberada, acorralándola contra la pared.

—¿¡Qué hace!? —preguntó ella, abriendo los ojos de par en par.

—Solo le doy mi respuesta —repuso él, alzando sus anchos hombros.

Brianna tragó saliva con fuerza, negando levemente con la cabeza.

—¿Está tratando de intimidarme? Espero que sepa que, aunque sea pequeña, no soy fácil de amedrentar. —Su respuesta le sacó una convulsa risa.

—No creo que lo sea. Es solo que soy muy alto —se ufanó él, arrancándole a ella un resoplido de indignación, frunciendo la mirada.

—¿Todos los irlandeses son tan engreídos como usted?

—No diría engreídos, lady Brianna. Más bien, somos orgullosos —declaró él con firmeza.

Ella se quedó mirándolo. No era la primera vez que lo hacía, pero sintió que, con cada encuentro, la impresión que le causaba era distinta. Sobre todo cuando la provocaba.

—No pretendía atacarlo en la mesa —confesó con un bajo refunfuño—. La verdad es que el comercio de granos en el norte no es un asunto menor. Si me dice que el dinero que espera obtener de mi dote es para ayudar a conseguir un precio justo para su gente... le juro que le creeré.

Su conjetura causó que Kieran ensanchara la mirada, con la llama de los candelabros danzando en sus pupilas.

—¿Quiere que admita que hago esto por un dinero que cubrirá una necesidad mayor? —la inquirió él.

Brianna volvió a tragar saliva despabilándose, al notar que el rostro de Kieran estaba demasiado cerca, provocándole un espontáneo y ardiente sonrojo en sus mejillas.

Él se había inclinado, doblando su imponente estatura para quedar a la altura de ella.

En ese momento, Brianna se sintió doblegada por una sensación mucho más poderosa que su propia rebeldía.

—Yo...

Las palabras murieron en su garganta cuando Kieran colocó un dedo largo sobre sus labios, acallando cualquier argumento restante.

Presa de una emoción embriagadora por la áspera yema que le presionaba, el corazón de Brianna se saltó un latido, y por un instante creyó que él la besaría.

Pero solo fue un ademán; él volvió a erguirse, dejando a Brianna con el ceño fruncido y una decepción que se reflejaba en su rostro como en un espejo.

—Dejaré que medite su respuesta —dijo él, encaminándose hacia la puerta, provocando que soltara de golpe el aire contenido en sus pulmones.

Salió a la noche en busca de su caballo, dejándola atrás con el corazón recobrando su ritmo de forma frenética y latiéndole a mil por hora.