Capítulo 18. La guerra de los granos
La guerra de los granos
L a cena comenzó bajo la atenta vigilancia de lady Harper, quien observaba el intercambio de miradas entre ambos con una mezcla de triunfo y sospecha.
El tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana de Meissen era el único sonido que competía con la vibrante tensión entre Brianna y Kieran; una cuerda que se tensaba hasta tal punto que amenazaba con romperse ante el más mínimo suspiro.
—Espero que el rodaballo sea de su completo agrado, lord Callaghan —dijo su madre, quebrando el silencio con una sonrisa radiante.
—Elena tiene razón. En Burford nos enorgullecemos de nuestro Windrush, un río apto para la buena pesca —secundó su padre.
Kieran dejó el cubierto sobre el plato con una precisión que sorprendió gratamente a Brianna. Con el avance de la cena, ella se convencía de que aquella noche estaba frente a un caballero de modales intachables, y no era la única en notarlo.
—Sin duda está exquisito, lady Harper. Pero he de alardear que en nuestro Blackwater también se puede pescar un excelente salmón —respondió él, antes de desviar su mirada de inmediato hacia Brianna—.
Aunque admito que, a veces, los manjares más refinados carecen del carácter que se encuentra en lo silvestre. ¿No está de acuerdo, lady Brianna?
—Tengo que darle la razón; jamás en la vida me había sentido tan cautivada por un sencillo ramillete de cardos —soltó ella con sarcasmo, arrancando risas forzadas de sus padres.
—Que mi hija acepte cardos en vez de rosas es un indicio de que vamos por buen camino —arguyó su madre, provocando que los jóvenes se miraran con una intensidad renovada.
Brianna apretó el tallo de su copa, sintiendo que el «aire» de la pradera volvía a colarse con fuerza en el comedor.
—Yo creería que solo estamos congeniando un poco —repuso Kieran con seriedad.
—¡Quién lo diría! Eso amerita un buen brindis —festejó August, rompiendo la conexión de sus miradas y obligándolos a alzar las copas.
Brianna observó el jerez en su cristal, apenas la mitad de lo que se le permitía beber en casa, mientras que el licor de Kieran y su padre brillaba con un dorado intenso. Meditando en ello, decidió lanzar el dardo que había estado afilando durante días.
—He seguido su recomendación, milord —soltó, captando la atención inmediata de su padre.
—¿Y qué descubrió? —preguntó Kieran, mientras el barón y la baronesa los miraban de hito en hito.
—¿Podemos saber a qué recomendación te refieres, Brianna? Quizá también nos interese —intervino August.
Kieran apretó los labios antes de fijarse en el barón, pero Brianna se adelantó antes de que él pudiera mediar palabra.
—El asunto trata sobre el comercio de granos del Ulster, padre.
La información hizo que August frunciera el entrecejo, mirando a Kieran con un recelo repentino.
—Creí que sus tierras no estaban en el norte —manifestó el barón.
—No lo están, pero tengo parientes allí —respondió Kieran con brevedad.
—Para responder a su pregunta, milord —continuó Brianna, ignorando la advertencia en el rostro de su padre—, he leído que en el Ulster prefieren exportar su trigo a Londres antes que alimentar a sus propios campesinos.
—¡Brianna! —exclamó August, forzando una risa nerviosa hacia su invitado.
—Querida, no creo que ese sea un tema adecuado para esta cena —advirtió su madre con una calma tensa.
—¿Por qué no? Tengo derecho a conocerlo todo sobre mi prometido. ¿O no pensaron en las consecuencias de haberlo traído desde tan lejos?
—Tiene razón —la voz de Kieran se alzó firme, acallando la silenciosa protesta de la baronesa—, pero ese es el peso de una corona que aprieta el cuello de quien cultiva la tierra.
El grano no se va por voluntad, lady Brianna; se va por decreto.
Lo único que nos queda es intentar que se pague un precio justo por el sudor de nuestra gente.
—¿Y supongo que mi padre ha contribuido a ese «precio justo»? —atacó ella—. De otro modo, no tendría sentido todo este teatro.
—Brianna, por favor... —rogó su madre.
—Lord Callaghan está interesado en comprometerse conmigo para salvar sus graneros, padre. Ya me ha quedado claro —sentenció ella.
Aunque aparentaba molestia, en el fondo Brianna sentía la adrenalina de la batalla. Kieran le había lanzado un desafío y ella estaba respondiendo golpe por golpe. Necesitaba descubrir la verdad detrás del hombre sentado a la mesa de quien representaba aquel sistema que asfixiaba a su pueblo.
Elena se aclaró la garganta y miró a todos con una sonrisa impostada pero inquebrantable.
—Creo que es hora de servir el postre —anunció, dando por finalizado el asalto.