Capítulo 17. Un contrincante en la mesa
Un contrincante en la mesa
C uando Brianna bajó al comedor, el aroma a madera encerada la recibió junto al murmullo de las voces masculinas.
Bajo la intensa luz de los candelabros de plata, August y Kieran mantenían un serio debate sobre el comercio de granos, que cesó en el acto al notar su presencia.
El tiempo pareció detenerse, y con él, todas las miradas se clavaron en ella.
Kieran permanecía de pie junto a la chimenea.
Vestía una levita oscura conforme a la más estricta etiqueta, una prenda que le confería una elegancia tanto llamativa como peligrosa.
Brianna tuvo que admitir que, a pesar de su tosquedad intrínseca, aquel hombre sabía moverse entre la nobleza con la misma destreza que sobre un brioso semental.
Inspiró profundamente para recuperar el aliento; era ella quien pretendía sorprenderlo, pero el efecto parecía habérsele vuelto en contra.
—Parece que la puntualidad se está convirtiendo en un «defecto» recurrente en mi querida hija —mencionó su padre, provocándole a Brianna una tos involuntaria.
Kieran se volvió hacia ella esbozando una sonrisa.
Sus ojos recorrieron el vestido verde con una lentitud tan deliberada que a ella volvió a faltarle el aire.
Trató de recobrar la compostura apoyándose en el chiste de su padre, quien recordaba con ironía cómo Brianna solía convertir su falta de puntualidad en una forma de protesta.
Una vez recompuesta, mantuvo el mentón en alto.
—Tal vez la ocasión lo amerite —repuso, caminando hacia Kieran. Se detuvo frente a él y le dedicó una leve inclinación—. Milord.
El salón quedó en un silencio expectante hasta que Elena aplaudió, llamando la atención de todos con un júbilo casi teatral.
—No solo ha recobrado la puntualidad, sino también los buenos modales —exclamó la baronesa—. ¿Por qué no pasamos al comedor? Mi marido y yo deseamos que lord Callaghan se lleve la mejor impresión de nuestra casa.
—Mi dulce Elena tiene razón —secundó August—. No todas las noches tenemos a un buen irlandés sentado a nuestra mesa.
Brianna frunció el ceño ante la expresión de su padre, que le recordó con un deje de amargura la metáfora de las flores de su madre: Kieran era, para ellos, otra cómoda pieza de exhibición.
Se fijó en el irlandés esperando encontrar algún atisbo de disgusto por el comentario, pero él se limitó a inclinar la cabeza, dibujando una línea recta y hermética con sus labios.
Con un gesto de la mano que rozaba la irreverencia, Kieran le indicó que marchara adelante. Sus padres ya se habían adelantado para ocupar sus lugares; aquella noche serían solo ellos cuatro, lo que significaba que Anne tomaría su cena en el dormitorio para no interferir en la «alianza».
—Después de usted —dijo él, al notar que ella no se movía.
—¿Es que no le molesta nada de lo que ellos digan? —le susurró ella.
—¿Sigue buscando grietas en esta sociedad, lady Brianna?
—No dejaré de hacerlo, lord Callaghan —adujo ella, esperando a que él diera el primer paso.
Cuando Kieran avanzó con las manos entrelazadas a la espalda, ella caminó a su lado imitando su postura. Él se ladeó ligeramente, dedicándole una sonrisa con un matiz jocoso que, por primera vez, le resultó genuina.
—Espero que estos días... hayan sido provechosos para sus estudios —dijo él mientras se acercaban a la mesa, donde Elena dirigía con rigor el desfile de los primeros platos.
—Lo han sido, milord —mintió ella sin parpadear—. Pero he descubierto que algunas lenguas son tan tercas como quienes las hablan.
En esta ocasión, Kieran esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible, que Brianna identificó de inmediato como un canto de victoria.
—Eso es porque aún no ha comprendido que, para entender ciertas lenguas, no hace falta un diccionario, sino buena voluntad —repuso él cuando se detuvieron frente a sus asientos.
Acto seguido, le retiró la silla. Brianna le obsequió un gesto de apreciación como agradecimiento, consciente de la curiosidad palpable con la que sus padres los observaban. Una vez sentada, él ocupó su lugar justo enfrente.
Al verlo allí, Brianna sintió que, por primera vez, tenían a un invitado bastante singular y que distaba de ademanes ensayados.
A su mente acudió la imagen de un enorme león sentado ante una delicada y minúscula mesa de té.
La idea la hizo sonreír; bajó el rostro riendo recatadamente, pero tuvo que levantarlo ante el carraspeo de su padre, quien presidía la mesa con la satisfacción del hombre que cree haber domesticado el caos de su hogar.
Entonces lo encontró a él: Kieran observaba la porcelana de Meissen de su madre con un desdén que la hizo estremecer. Resultaba evidente que Elena había ordenado sacar la cubertería de plata labrada y los manteles de hilo reservados para visitas de Estado.
Brianna comprendió entonces que aquella cena no era solo una atención para agradarlo, sino un riguroso examen de civilización.