Capítulo 16. Dalias y crisantemos
Dalias y crisantemos
T ras el éxito rotundo de la clase de bordado, el ánimo de la baronesa mejoró notablemente; tanto que había vuelto a dedicarse con devoción a consentir a sus flores.
—Debo admitir que ha sido una buena jugada la idea de un marido de «exportación» —expresó Brianna a su madre, mientras esta se debatía entre las dalias y los crisantemos del jardín para engalanar el jarrón del comedor.
—Si crees que esto es tan solo una sosa jugada, deberías aprender mucho más de tu padre —repuso Elena, examinando sus flores con un rigor casi quirúrgico.
Brianna puso los ojos en blanco, impaciente por la indecisión materna.
—Da igual por cuál te decidas, madre. Al final terminarás cortando alguna de las dos.
—Ese es el punto, Brianna. Lo haré, pero no por ello debo tomar mi elección con ligereza.
Tras un momento de silenciosa evaluación, Elena se decidió por las dalias rosadas.
—¿Y a quién deseas impresionar con tanto esmero? —inquirió la joven.
—No se trata de impresionar —respondió la baronesa, colocándolas con delicadeza en su canasta.
—¿Entonces?
—Cariño, la elección puede parecer fácil, pero no lo es. He escogido las dalias porque quedarán preciosas en el jarrón; los crisantemos estarían bien, pero tal vez desentonen con el ambiente de la cena. Son flores de exhibición, y quiero que esta noche todo se vea perfecto.
Elena dejó los guantes y las tijeras de podar a un lado tras terminar la cosecha.
Acto seguido, le hizo un gesto a la señora Davies para que se llevara la canasta; ella sería la encargada de arreglarlas en el comedor.
Una vez que quedaron solas en la tranquilidad del jardín, Brianna se aventuró a romper el velo de las indirectas.
—¿Creen que Kieran será «perfecto» para mí?
Su madre dejó de sonreír. Se acercó a ella y extendió la mano para acariciarle la mejilla con una ternura inusual.
—Como diría tu padre, eso debes considerarlo tú, querida hija. Es lo que has deseado, ¿no? —repuso antes de recuperar su tono práctico—. Ahora ve a arreglarte; tenemos un invitado a cenar.
—¿Al señor Callaghan? —preguntó Brianna con un sarcasmo impostado, luchando por ocultar sus ansias de confirmación.
—Así es —asintió su madre, marchándose con una sonrisa triunfante.
Brianna respiró profundo, tratando de desentrañar la metáfora de las flores. Llegó a la conclusión de que no importaba si ambas opciones eran hermosas; lo único que contaba era cuál de las dos encajaba mejor en el comedor de los Harper.
Lanzó un chasquido de lengua, frustrada al sentir que estaba perdiendo su poder de disuasión.
Todo, aparentemente, empezaba a funcionar según el plan de sus padres, lo que le generaba una duda punzante: ¿de qué habían servido sus años de escándalos?
Aquellas transgresiones la hacían esquiva a los matrimonios convenientes , pero, en el fondo, ella solo buscaba uno que fuera acorde a sus ideales .
Sin embargo, se halló estrellándose contra una pregunta fundamental: ¿cuál era ese ideal?
¿Estaba ligado al amor o al dinero? El primero le implicaba renunciar a su posición; el segundo, sacrificar sus sentimientos.
Suspiró de nuevo, sintiéndose turbada por su propia dilación.
Era como si de repente comprendiera que llevar el mote de «mujer escandalosa» era, al fin y al cabo, como hacer una pataleta bajo el agua: un esfuerzo frenético que todos confundían con un simple intento por mantenerse a flote.
Aquella deducción la hizo reír por lo bajo; le resultaba tan alocada como las metáforas botánicas de su madre. Sacudió aquellos pensamientos y se apresuró hacia su habitación. De repente, la emoción por la cena la embargó, porque necesitaba a esa persona para empezar a aclarar su propia confusión.
Pasó la tarde frente al espejo, debatiéndose sobre el color del vestido.
Siguiendo la extraña lógica de su madre, eligió finalmente una seda en tono verde musgo.
El color resaltaba la palidez de su piel y la determinación de su mirada, sabedora de la impresión que causaría en su elocuente y temperamental prometido.