Capítulo 15. El salón de los favores
El salón de los favores
B rianna miró pensativa el libro que aún seguía sin descifrar.
El ejemplar del Lebor Gabála Érenn permanecía siempre abierto sobre su regazo, pero las palabras en gaélico continuaban burlándose de su intelecto, recordándole a cada minuto que el dueño de aquel saber se encontraba a solo unos cientos de metros de su casa.
Las comisuras de su boca se alzaron al imaginar cuán difícil resultaría mantener su testarudez y traducir cada palabra sin que perdiera su esencia.
Tras meditarlo largamente, determinó que no era solo la traducción lo que necesitaba; al pensar en ello, el atractivo rostro de Kieran afloró en su mente, provocándole un estremecimiento que no pudo ignorar.
No había vuelto a verlo después del escape a la pradera, un recuerdo que la perseguía aun transcurridos cuatro días. Habían sido jornadas en las que evitó toda clase de invitaciones de su madre, recluyéndose en la biblioteca con una determinación que, hora tras hora, iba perdiendo su fuerza.
Sin embargo, aquel encierro no logró apagar el fuego de su curiosidad; necesitaba hallar una respuesta a la altura del desafío de Kieran.
Reconoció, finalmente, que había encontrado la horma de su zapato, y solo le quedaba calzársela para descubrir si aquello era una ilusión pasajera o si, por el contrario, se estaba topando de frente con la felicidad que siempre había anhelado.
—¿Señorita? —La voz de Alice la sacó de su profunda cavilación.
Brianna cerró el libro de golpe y se volvió hacia ella.
—Su madre la espera en el salón de bordado —anunció la doncella.
Brianna lanzó un hondo suspiro mientras se ponía en pie.
—Creí que madre había abandonado esa idea. Dudo que alguien se presente —mencionó, recordando que en la última reunión solo había asistido la señora Pemberley, de quien se decía que había viajado a Londres por un prolongado asunto familiar.
En el fondo, Brianna sabía que la mujer solo se había alejado para evitar que la señalaran por obligarse a invitarla a su baile y tolerar sus «malos comportamientos».
—Le aseguro que se llevará una sorpresa —adujo la muchacha, arrancándole una risa cargada de renuencia.
—Está bien, vamos —cedió. Al fin y al cabo, no podía negarse tras habérselo prometido a cambio de que no la molestaran durante su retiro.
Se sacudió las faldas y se dirigió a la sala de bordado. Su asombro fue mayúsculo al escuchar no una, sino varias voces provenientes del salón. Aquello la hizo apresurar el paso y abrir la puerta de par en par, mientras escuchaba a sus espaldas la risita queda de su doncella.
En efecto, la sala estaba llena, como si acabaran de inaugurar la clase de bordado más concurrida de la baronesa Harper, emulando los días de antaño cuando arribaron a aquellas tierras.
—Vamos, cariño, ¿no piensas saludar? Todas estaban esperando por ti —exclamó su madre, acercándose para tomarla por los hombros y presentarla ante las damas como si fuera su iniciación.
Brianna forzó una sonrisa que quedó congelada en sus labios tiesos.
—Vaya..., no esperaba que volvieran todas —soltó.
—Por supuesto que sí, querida —intervino la señora Garber, a quien Brianna no creía volver a ver jamás por allí.
Recordó que las invitaciones de aquella mujer siempre habían tenido la intención oculta de emparejarla con su ilustre hijo, un oficial de la marina.
También reparó en la presencia de la señora Castille, cuyo hijo era abogado y trabajaba en un bufete de renombre.
Todas estaban allí con un propósito cristalino: emparentar con la familia más prominente de la localidad ahora que el viento soplaba a su favor.
—¿Por qué están de nuevo aquí? —le susurró Brianna a su madre, quien mostró una sonrisa de soslayo.
—Qué dices, querida..., todas están aquí porque valoran nuestra amistad —respondió la baronesa con tono jactancioso.
Aunque Brianna buscó un rastro de ironía, su madre representaba su papel con una maestría absoluta, alardeando de su importancia.
—Por supuesto, no queremos descuidar las buenas prácticas —declaró Norma Castille con una inclinación de cabeza.
—¿Por qué no empezamos? O el té y las galletas de la señora Davies se enfriarán —sugirió Elena, y el grupo de mujeres la secundó de inmediato.
Mientras se servía el refrigerio, Brianna se unió al grupo de las más jóvenes: Clara Castille, Loretta Brum y Talula Colter. Sin embargo, notó dos ausencias fundamentales: Colette y Ethel Bronwick. Las tres muchachas la miraron con sonrisas un tanto incómodas.
—Mi madre las obligó a venir, ¿verdad? —las increpó Brianna sin rodeos.
—¡Por supuesto que no! —exclamó Clara, mirando de reojo a las demás.
—Aquel día en la mercería ninguna me saludó —les recordó ella con acidez.
—Lo sentimos si estás resentida, pero no fue nuestra culpa —expuso Loretta.
—¿De quién fue, entonces? —cuestionó con evidente aburrimiento, y de nuevo las jóvenes intercambiaron miradas de duda.
—Fue idea de Colette, y es la razón por la que no la verás por aquí —respondió Clara tras soltar una larga exhalación.
—Entonces, Ethel les declarará la guerra desde hoy. ¿No les preocupa que Colette no las invite a su boda? —las provocó Brianna, tratando de fastidiarlas.
—Es la hija del alcalde, pero todas sabemos que son los barones quienes impulsan las buenas obras en Burford —declaró Talula con pragmatismo.
Brianna las miró con recelo mientras ellas se encogían de hombros.
Aunque deseaba preguntarles si aquel cambio de bando tenía que ver con su prometido irlandés, no necesitó hacerlo.
Sabía que en Burford todos se arrimaban al árbol que más sombra daba, y ese era su padre, por mucho poder que ostentara el alcalde.
Brianna se echó a reír para sus adentros.
Sin buscarlo, sus padres habían orquestado un escándalo de proporciones superiores y con una sutileza que ella misma no esperaba.
Resultaba obvio que ninguna de aquellas familias estaba dispuesta a dejar su buena fortuna al azar de una suerte quebrantada en sus cimientos y venida de muy lejos.