Capítulo 14. Una libertad vertiginosa
Una libertad vertiginosa
T ras la intensa carrera, Brianna se dejó caer sobre la hierba verde y fresca, sintiendo la humedad de la tierra filtrándose a través de su ropa. Observó el cielo, donde los matices naranjas se empezaban a rendir ante un marrón violáceo que presagiaba el final del día.
—Tal vez llueva pronto —murmuró, tratando de ralentizar su respiración errática.
No había planeado competir a la par con Kieran, quien parecía incansable como su animal, que en ningún momento bajó la velocidad, llevándolos al límite. El desafío le resultó excitante; tanto que ni siquiera le preocupó acabar exhausta y con el corazón martilleando contra sus costillas.
—Ya me queda claro que es usted un hueso duro de roer, señorita Harper —mencionó él.
Kieran permanecía recostado a su lado, con la mirada fija en el mismo retazo de cielo que ella, compartiendo un silencio que por primera vez no se sentía ofensivo.
—Pensé que después de mi carta ya no le quedaban dudas al respecto —acotó ella.
—Siempre queda alguna. Estoy seguro de que tiene muchas en el tintero sobre el libro que le obsequié.
Brianna giró levemente la cabeza hacia él.
—¿Por qué lo hizo? ¿Por qué ese libro en particular?
—Mencionó usted que le gustaba entender el mundo —respondió él con sencillez—. Y ese volumen contiene la esencia del mío, de cómo nos fuimos construyendo de forma mítica como sociedad.
—Ya veo por qué parece un libro valioso. No creo que su intención sea regalármelo sin más.
—En efecto. Aunque tenía otro en mente, sobre el comercio de los granos del Ulster, por si prefería algo más... pragmático.
Brianna no pudo contener una risa cristalina ante la nueva recomendación. El sarcasmo de Kieran empezaba a resultarle un lenguaje extrañamente familiar.
—Supongo que, al decir que quería entender el mundo, me refería al lugar donde vivo.
—En ese caso, se dará cuenta de que es mucho más amplio de lo que cree —repuso él, guardando un silencio denso tras sus palabras.
Brianna se ladeó justo cuando él hizo lo mismo. Sus miradas se encontraron a ras del suelo, conectadas por la proximidad de la tierra.
—Tal vez por eso sigo resistiéndome a la idea de que haya venido desde tan lejos para comprometerse conmigo, cuando ni siquiera me había visto antes de llegar a Burford.
—Es cierto —admitió él, haciéndola enarcar las cejas ante su falta de galantería—, pero no sea ingenua, Brianna. La mayoría de los matrimonios en nuestra posición no son más que alianzas de guerra o de bolsillo.
—Puedo entender que quieran una alianza con mi padre, incluso sin haber leído su tratado sobre los granos, pero no comprendo qué gana él; al contrario. Por eso me resulta más fácil pensar que usted lo hace solo por dinero.
—Mi país no goza de las mejores consecuencias tras la entrada en vigor del Acta de Unión —respondió Kieran, y su voz adquirió una densidad grave y profunda, más oscura—. Así que puede pensar lo que quiera de mis motivos. El hambre y la política suelen ser motores más fuertes que el romance.
—¿Y qué espera de este trato? ¿Me llevará a Irlanda con usted o se quedará aquí para trabajar bajo el mando de mi padre como un administrador de lujo? —lo cuestionó ella.
La pregunta causó que Kieran frunciera el entrecejo y se incorporara de golpe, quedando sentado sobre la hierba. Su mandíbula se tensó, revelando el «bloque de acero» que llevaba dentro.
—Mentiría si dijera que no hay una valiosa dote de por medio. Sin embargo, eso es algo que también debe estar claro para usted. Mi familia necesita estabilidad, y su padre necesita un heredero que sepa manejar la tierra con la misma mano.
—Por desgracia, esa es la misma razón por la que yo he roto todas las normas y me han puesto el rótulo de «mujer indeseable y escandalosa» —admitió Brianna sin una pizca de remordimiento, poniéndose luego en pie con un movimiento fluido mientras sacudía sus faldas manchadas de pasto fresco—.
Pero si busca una esposa dócil y obediente, aún está a tiempo de devolverse por donde vino, señor Callaghan.
—¡Brianna! —la llamó él con la voz vibrante de una advertencia contenida.
Ella se detuvo justo cuando le daba la espalda para ir en busca de su yegua. Se quedó allí, respirando con fuerza, cuando sintió que Kieran se ponía en pie tras ella. No necesitó verlo para saber que estaba cerca; su presencia cubría su espalda con una enormidad que la hacía estremecer.
—No voy a marcharme —declaró él cerca de su nuca, haciendo que los latidos de Brianna se aceleraran hasta hacerle sentir taquicárdica.
Ella tragó con fuerza, respirando lento y recomponiéndose. Se volvió solo cuando dejó de sentir su sombra sobre ella. Kieran ya se había acercado a su propio caballo y comenzaba a ajustar la cincha con movimientos expertos.
—Si se queda... —empezó ella, con la voz temblorosa.
—Si me quedo es porque ya sabe mi razón —completó él, sin mirarla, terminando de asegurar la montura.
Brianna frunció el ceño colocándose el sombrero.
Mientras él terminaba su tarea, ella subió a su yegua con la mente revuelta y el cabello enredado con rastros de hierba de la pradera.
No obstante, en el fondo sintió que aquella había sido la conversación que ambos necesitaban para poner sus cartas sobre la mesa.
Cuando estuvo sobre la silla, tiró de las riendas para volverse hacia él. Kieran ya estaba sobre su caballo, erguido y formidable bajo la luz mortecina del sol. Se marchó de allí antes de que todo sucumbiera a la oscuridad.