Capítulo 13. Un respiro en la pradera
Un respiro en la pradera
E l día resultó ser muy diferente a lo que Brianna había planeado.
Cada vez que recordaba aquel loco instante en el que decidió animar a Kieran en mitad de la carrera, terminaba riéndose de sí misma, aunque poseída por una sensación nueva y a la vez desconcertante.
Aquello la llevó a observar con detenimiento los cardos morados que su doncella había dispuesto en un delicado jarrón de cristal sobre su cómoda.
Le resultaba extraño que algo tan simple poseyera un enorme significado gracias a sus espinas.
Rememoró cómo Kieran se había impuesto a todos en la pista; sin embargo, el único en felicitarlo con sincera alegría había sido su padre. Para el resto de los caballeros, el triunfo del irlandés solo había merecido apretones de manos obligatorios y sonrisas gestuales cargadas de reserva.
Por obvias razones, ella no pudo acercarse a él tras la meta, y lo que presidió al triunfo fue el festejo propio de los hombres, ese espacio vedado para las damas decentes.
Ante el apacible silencio que se adueñó de la casa, debido al cansancio de la faena, Brianna se refugió en la biblioteca buscando la soledad necesaria para concentrarse en su lectura; sin embargo, no lo consiguió.
Su cabeza estaba ocupada por un irlandés cuya presencia parecía acapararlo todo.
La puerta se abrió en medio de su perturbación y Alice apareció con una bandeja.
—Creí que le gustaría tomar un poco de té con su lectura, señorita —le dijo, colocando con cuidado la taza sobre la mesa. De inmediato, el aroma de la canela sobre la manzanilla impregnó el aire, invadiendo su nariz.
—¿Ha llegado ya mi padre? —preguntó Brianna, aspirando el dulce vapor.
—Hace un momento.
—¿Vino solo? —prosiguió ella, observando que Alice permanecía de pie, con la mirada puesta en el suelo, como si guardara un secreto pesado.
—Lo trajo el señor Warlock.
—Alice, ¿sucede algo?
—No sé si debería decirle, pero le han dejado esto —confesó la doncella, sacando un papel doblado de su bolsillo—. Lord Callaghan me pidió que se lo entregara. Él también vino a traer a su señor padre.
Brianna lo tomó y corrió hacia la ventana, donde la tarde comenzaba a languidecer. Desdobló la nota con rapidez: «Estaré en la pradera por si desea cabalgar o despejar alguna de sus dudas».
Alzó la mirada hacia su doncella, con los ojos encendidos.
—Creo que llevaré a mi yegua a pastar —determinó.
—¿Habla en serio, señorita?
Su doncella la miró inquieta.
—Ya sabes que sí —respondió, dejándose embargar por una súbita emoción—. Encárgate de que preparen la montura; nos vemos en los establos.
Se bebió el té de un trago y, con el libro en la mano, voló a su habitación por un sombrero y un saco que se cerró hasta el cuello. En el camino se topó con la señora Davies.
—¿A dónde vas, Brianna, a estas horas?
—A la pradera. Aún hay sol y mi yegua necesita aire —respondió ella con una sonrisa esquiva.
La señora Davies negó con la cabeza, resignada.
—Supongo que te has quedado con las ganas de cabalgar.
—Yo creo que me lo merezco por haberme portado bien —soltó orgullosa.
No consideraba a Anne Davies su enemiga, por lo que era consciente de que no la detendría.
—Cielos, Brianna. Tu deber es comportarte como una dama.
—Pero eso hago, solo que no me creen.
—Regresa antes de que se pregunten por tu ausencia —le dijo cuando ella ya había retomado su camino.
Una vez en el establo, Brianna tomó las riendas de su yegua y, acostumbrada a montar sin ayuda, se dirigió hacia el camino boscoso que conectaba la propiedad con la pradera abierta. Al salir al paisaje libre, encontró a Kieran recostado sobre la hierba.
Su semental pastaba cerca, desprovisto de toda montura, disfrutando de un descanso y una libertad merecida, similar a la de su dueño.
— An té a lorgaíonn Éire, fuair sé í —pronunció él, incorporándose con parsimonia mientras hablaba en su natal irlandés.
—¿Qué significa exactamente? —preguntó ella tras desmontar, manteniendo una distancia prudente, sosteniendo su sombrero mientras el viento le mecía el cabello con suavidad.
—El que busca a Irlanda la encuentra.
Brianna rio al escuchar la declaratoria de la traducción, sintiendo el peso de sus propias palabras en el hipódromo.
—Supongo que eso fue lo que grité a todo pulmón.
—Y me di por aludido.
—Debe ser porque era propiamente para usted, salvo que no imaginé que tuviera un gran peso. Acaso... ¿en serio iba a perder?
—Jamás evadimos los desafíos, lady Harper —declaró orgulloso.
—¿Y ya encontró uno que esté a la altura de su paciencia? —inquirió ella, desafiándolo con la mirada.
La forma en que Kieran la observó, examinándola de arriba abajo con una intensidad que carecía de decoro y parecía desnudar sus pensamientos, la hizo tragar saliva con fuerza.
—Lo tengo justo enfrente —respondió él, grave y firme, arrancándole de paso una risa nerviosa.
—Creo que yo también lo estoy viendo —adujo ella, sosteniéndole la mirada.
—¿Deseaba cabalgar, milady?
—Pensaba que despejaría mis dudas.
—Esa era la segunda opción —repuso él, haciéndola negar con su cabeza.
Con la invitación imaginó que buscaría la montura de su caballo, pero no lo necesitó.
Se impulsó sobre el lomo del animal con una destreza tan natural que la dejó pasmada y boquiabierta.
En su mente impetuosa la escena se desarrollaba sin la camisa, esto hizo que se abofeteara mentalmente para recobrar la lucidez.
—¿Necesitaba que la ayudara? —preguntó él con un tono que se le antojó irónico y burlesco.
—De ningún modo —respondió ella, acomodándose a horcajadas en su silla ante la mirada sorprendida de Kieran—. ¿¡Qué!?
—Nada. Solo espero que su montura sea tan ágil como su pluma —soltó él al emparejarse con ella, fijando la vista en la vasta extensión verde que se abría ante ambos. Brianna no necesitaba condescendencia, pero notó que, incluso montados, Kieran seguía marcando una presencia arrolladora.
—Mi montura es perfecta para mí, lord Callaghan. Y mi pluma no se anda con rodeos.
—Me ha quedado claro. Casi me corto los dedos al abrir su carta —manifestó él con un poco de socarronería.
—¿Corrió por algo más que por simple orgullo? —preguntó ella apretando las riendas con firmeza, recuperando la seriedad.
Brianna se ladeó y esta vez él sí se volvió, dedicándole una sonrisa que ella aceptó como un desafío.
—Como buen irlandés, siempre hay algo más en juego. Así que no crea que permitiré que me lleve la delantera.
—Eso dependerá de quién marque el ritmo primero, y le aseguro que hoy lo haré yo —se jactó ella, espoleando a su yegua antes de que él pudiera siquiera formular una respuesta.
Aquella treta fue bien recibida por Kieran, con una carcajada seca que se fundió con el viento, mientras ambos se lanzaban al galope, y este les azotaba en la cara, bajo el cielo del atardecer.