Capítulo 12. Levantando el polvo
Levantando el polvo
—¿A dónde vamos, señorita? —preguntó Alice, mientras la joven la arrastraba con paso apresurado entre la multitud.
Brianna deseó, por un instante, que aquello fuera realmente un escape para desobedecer a su padre y entregarse al vicio de las apuestas, pero su propósito era otro, uno más inquietante: sacudirse la extraña sensación que Kieran Callaghan le había dejado grabada en la piel.
—Quédate aquí —le ordenó a su doncella, recuperando el manojo de cardos mientras fijaba la vista en la zona de los establos.
—¿Señorita?
—Tranquila, volveré enseguida —replicó ella sin detenerse.
—¿Va a buscar al señor Callaghan? —le soltó Alice con una franqueza que la dejó espantada.
Brianna suspiró hondo, sintiéndose presa de sus propias contradicciones, pero no se detuvo.
—Ya vuelvo —masculló, encaminándose hacia el epicentro del movimiento ecuestre.
Aunque por lo general no le importaba llamar la atención, en aquella ocasión trató de comportarse con una altura fingida frente a los caballeros que la veían pasar.
—¿Brianna? —La voz de su padre la detuvo. August se hallaba junto a Kieran, quien cepillaba con parsimonia la crin de su magnífico y, en apariencia, dócil ejemplar—. ¿Buscas la carpa de las apuestas?
Ella esbozó una sonrisa comedida, una máscara de hierro.
—Era mi intención, padre, pero en realidad solo venía a agradecer el gesto de las flores. Además de desearle suerte en la carrera a mi futuro marido —declaró con voz clara, provocando un revuelo inmediato entre los hombres presentes.
August pareció a punto de intervenir, pero se detuvo al ver que Kieran se adelantaba hacia ella. Brianna se sintió pequeña y frágil por un segundo, tal como ocurrió la primera vez que se vieron; sin embargo, tragó saliva y mantuvo la barbilla en alto.
—No era necesario, pero me halaga el gesto —dijo él. Ella percibió en su voz el mismo tono petulante y majadero que impregnaba la impecable caligrafía de sus cartas, y arrugó el ceño.
—Veo que le ha quitado las espinas a los cardos.
—Le advertí que poseo una excelente navaja —se regodeó él, con un brillo peligroso en la mirada.
—Ni crea que se saldrá con la suya, milord —murmuró ella con osadía, solo para sus oídos.
Kieran le sonrió sin llegar a entreabrir los labios. No pronunció palabra; solo le dio la espalda y regresó junto al padre de la joven, quien permanecía de pie como una estatua vigilante.
—Cariño... —gruñó August, haciéndole un gesto imperativo para que volviera a su lugar.
Brianna se marchó de allí sintiéndose extrañamente tonta, con la sospecha de que solo había ido hasta los establos para confirmar que su prometido era, al menos, tan testarudo como ella misma. Ganada por la confusión, le devolvió los cardos a Alice y la apuró para regresar al palco.
Su madre no le perdió detalle hasta que ocupó su asiento.
Tal como había augurado, instantes después se anunció el inicio.
Brianna evitó buscar la figura de Kieran, manteniendo la vista fija en la pista que se extendía frente a los jinetes, entre los cuales el irlandés resaltaba como una alborotadora promesa de caos.
La bandera cayó y, de inmediato, el estruendo de los cascos sobre la tierra seca levantó un polvorín que solo el viento logró despejar.
Kieran apareció a la cabeza con una ventaja que dejó a los espectadores atónitos, mientras los demás corredores mordían el polvo que levantaban los cascos de su semental.
Sin embargo, el prometido de Colette decidió darle caza, famoso por ser de los mejores jinetes. A su lado, la hija del alcalde comenzó a gritar con una emoción que la hizo olvidar todo decoro. Aquel arrebato sorprendió a Brianna.
—¿Por qué tendría que ganar él? —le preguntó, aprovechando que el bullicio les confería cierta privacidad.
Colette se volvió hacia ella con el rostro encendido.
—Porque es mi prometido —aclaró.
—¿Solo eso? —siguió preguntando, haciendo suspirar con fuerza a la joven.
—Simple, tiene que hacerlo.
—¿Y por qué no puede ganar lord Callaghan?
Su cuestionamiento la indignó aun a ella misma.
—No porque él sea el futuro yerno del barón debe llevarse el premio —alardeó Colette.
—¿Y eso qué tiene que ver? —resopló.
Colette la miró con un horror genuino, como si Brianna fuera una ignorante.
—Los irlandeses lo único que poseen es su dignidad; por lo demás, son inferiores a nosotros —le explicó con una suficiencia que la dejó muda.
—¿Por qué dices algo así?
—No lo digo yo, lo dice mi padre... y creo que todos los demás.
—¿Y tú piensas igual?
—Por supuesto —respondió Colette con jactancia, volviendo la vista a la competencia donde el señor Dale, en efecto, parecía alcanzar a Kieran.
De inmediato un ardor se instaló en su pecho, y sin pensarlo dos veces, se puso en pie y, cuando el caballo negro galopó a toda marcha frente a su posición, gritó con todas sus fuerzas:
— An té a lorgaíonn Éire, fuair sé í! [1]
Era una de las líneas que había anotado en su cuaderno, parte de una lista que aún no lograba descifrar por completo.
Aunque la mayoría de los presentes pensaron que había caído en la incoherencia producto de la excitación, Kieran sí la miró.
Pareció apreciar el gesto, pues tras espolear a su caballo con una ferocidad renovada, no permitió que nadie más lo alcanzara hasta cruzar la meta.
Brianna, ignorando las miradas de reproche de Colette y su madre Ethel Bronwick, de repente se encontró a sí misma aplaudiéndolo con un entusiasmo que no recordaba haber sentido jamás.