Capítulo 11. Espinas de hierro y flores de campo
Espinas de hierro y flores de campo
—P arece que mi madre tiene mucha razón —manifestó Colette a su lado, con una voz que pretendía ser dulce, pero que escondía un finísimo filo.
No era la primera vez que Brianna se sentaba junto a ella, pero sí en la que notaba un atisbo de desdén en sus palabras.
Si por algo se destacaba la adorable hija del alcalde era por la delicadeza de sus facciones y la suavidad de su discurso; sin embargo, aquel día, el aire de Burford parecía haber afilado todas las lenguas.
—¿Te parece atractivo? —le preguntó Brianna en voz baja, inclinándose apenas hacia ella y provocando un sobresalto en la muchacha.
—¡Por qué pensaría yo algo así! —gimió Colette, atolondrada, mientras desplegaba con urgencia su abanico frente a su rostro. Se cuidó mucho de no llamar la atención de su madre, quien, al igual que lady Harper, las vigilaba con ojos de halcón desde el palco.
—Es solo un hombre —añadió Brianna con indiferencia.
—Milady parece no tener conciencia de lo que eso significa en realidad.
Brianna rio para sus adentros, disfrutando de la incomodidad ajena.
—Ni tú tampoco, me temo.
—¿Por qué dice eso?
—Porque ya deberías saber que, justo donde termina el cuento de hadas, comienzan las pesadillas.
Colette frunció el entrecejo ante aquel paralelismo tan sombrío. Sin embargo, Brianna lo pensaba con convicción; y mientras ese fuera su veredicto, seguiría empeñada en imponer su visión del mundo.
—¿Acaso cree que me voy a casar con alguna especie de monstruo? El señor Dale es un caballero en toda regla. Mis padres no permitirían mi casamiento si no estuvieran convencidos de ello.
—Pero ese es el problema, Colette: quien se va a casar con el monstruo eres tú, no ellos.
—¡Brianna! —exclamó la joven, llamando esta vez la atención de todas las damas en la grada.
Ella se limitó a reír, satisfecha por haberle hecho perder la compostura.
En el fondo, solo buscaba descolocarla para demostrarle a Ethel Bronwick que su hija no era un ángel inmaculado, sino una mujer de carne y hueso capaz de irritarse como ella.
Colette la miró con recelo mientras se forzaba a sonreír ante la mirada reprobatoria de su madre; al tiempo que Elena, la suya, observaba la escena con una cautela matizada con sospecha.
De pronto, el ambiente cambió. Un murmullo creciente recorrió las gradas y las miradas se desviaron hacia un único punto.
Se trataba de Kieran, quien avanzaba de forma imponente pero elegante, escalando las gradas hasta el lugar donde ella se encontraba.
Se presentó ante ella sosteniendo, para sorpresa de todos, incluyéndola, un manojo de cardos morados.
—Los he encontrado por el camino y he pensado que irían más acorde con usted, dado que no logré impresionarla con el elegante ramo de rosas de la señora Dalloway.
Brianna frunció el ceño al observar cómo apretaba los tallos espinosos sin inmutarse, sin que un solo músculo de su rostro delatara dolor. Kieran apenas curvó las comisuras de su boca en una sonrisa que era tanto arrogante como fría, un gesto que pareció cercenar todo el ruido a su alrededor.
Casi por instinto, ella extendió su mano enguantada y recibió el curioso ramo.
A pesar de la apariencia agresiva de los cardos, al agarrarlos no sintió ninguna espina atravesando la tela de sus guantes.
Kieran ensanchó su sonrisa, con una diversión llameante en los ojos que ella supo interpretar de inmediato: le estaba enviando un mensaje directo sobre su propia naturaleza.
—Gracias —se limitó a decir ella, sosteniendo su mirada.
Kieran inclinó la cabeza de forma leve, en un saludo comedido y muy preciso.
—Lo tomaré como un augurio de buena suerte —añadió él, antes de alejarse con la misma zancada decidida con la que había subido.
Brianna observó el manojo en su mano y tuvo que aceptar que los irlandeses poseían una forma muy particular de impresionar.
Nunca habría imaginado que un puñado de cardos silvestres pudiera poseer un atractivo tan inusual y salvaje, considerando la razón por la que había sido acogido por los escoceses.
—Parece que lo del monstruo también aplica para ti, querida Brianna —le susurró Colette al oído con una sonrisilla maliciosa, devolviéndola con brusquedad a la realidad.
Ella arrugó el gesto, volviéndose hacia la ancha espalda de su «supuesto prometido», sintiendo cómo los nervios se le tensaban. Enseguida se volvió hacia Alice, que aguardaba unos pasos atrás.
—Sostenlos y ven conmigo —le ordenó, poniéndose en pie con decisión.
—¿A dónde vas, querida hija? —le preguntó su madre con voz contenida.
—A tomar un poco de aire —respondió, provocando un nuevo revuelo de murmullos entre las damas del palco.
—Pero aquí hay suficiente —repuso lady Harper, apretando los dientes para no perder las formas frente a las Bronwick.
—No tanto como el que yo necesito ahora mismo.
—¡Brianna! —insistió su madre, seguramente temiendo que desobedeciera a August y corriera a las carpas de las apuestas.
—Estaré aquí para el inicio de la carrera —sentenció ella, agarrando la mano de Alice y arrastrándola fuera de la grada, huyendo de las miradas curiosas y el aroma asfixiante de la etiqueta.