Capítulo 10. Una presencia que quita el aire
Una presencia que quita el aire
P ese a su renuencia a volver a toparse con Kieran de otra manera que no fuera a través de su duelo de intercambio de misivas, Brianna admitió su primera derrota al pedirle a su padre que la dejara acompañarlo.
August finalmente aceptó, aunque bajo una condición innegociable: debía permanecer sentada en la grada, guardando el decoro propio de las damas.
La carrera anual era un evento tradicional que emulaba al que se realizaba en verano en Ascot, y reservado para caballeros, pero Brianna, en los últimos tres años, se las había ingeniado para imponer su presencia llegando al recinto montada a horcajadas en su propia yegua.
Aunque no le permitían competir, se daba el gusto de provocar un pequeño escándalo al no requerir ayuda para montar ni desmontar de su briosa yegua, además de lanzar sus apuestas con la misma audacia que cualquier varón.
Aquella mañana, Brianna entró en la sala acompañada de su doncella, provocando que su madre y la señora Davies alzaran las cejas con un asombro exagerado.
—Vaya, parece que este año nuestra adorable hija no nos dejará en ridículo —emitió lady Harper con tono exultante.
—Nunca lo hago con ese propósito, pero deberían felicitarme por mi moderación —se ufanó Brianna, arrancándoles un incrédulo resoplido.
—Si fuese así, ya estaría yo acunando a mi primer nieto —arguyó su madre, sacándole un bufido de fastidio.
Brianna se contuvo de replicar; decidió mantener la compostura para que siguieran creyendo que había bajado su altanera cerviz.
En ese momento apareció su padre, vistiendo su traje de montar con una elegancia impecable.
Su alegría por contar, al fin, con un jinete que representara sus colores hizo que Brianna frunciera el ceño.
Le pareció que August daba por sentado que el matrimonio con Kieran era un suceso inevitable, una autodeclaración de compromiso sin su consentimiento, aunque aquello fuera un privilegio del que muy pocas gozaban.
Sus referentes no estaban dentro de su familia; y su madre, de quien había heredado un poco de su irreverencia, siempre terminaba ceñida a las normas.
—Queridas damas, nos vemos en el hipódromo —anunció él con entusiasmo, antes de acercarse a su hija—. Ni se te ocurra apostar esta vez, Brianna.
—¿Y por qué no? —renegó ella ante la advertencia.
—Porque perderás nuestro dinero en vano. Lord Callaghan es un excelente jinete.
—¿Y supongo que también será un excelente marido? —bufó.
—De momento no me quejo de sus buenas intenciones —adujo su padre con una sonrisa enigmática.
Tras aquello, August apuró a su asistente, el señor Warlock, y marchó a caballo rumbo a las afueras de Burford, donde se situaba el hipódromo improvisado. Como uno de los financistas honorarios e impulsador de la excelente iniciativa hípica, su presencia era infaltable.
—¿A qué esperan? Es hora de irnos también —las apuró su madre, conduciéndolas en fila hacia el carruaje.
Brianna apretó contra su costado la bolsa donde guardaba el libro.
Pese a todos sus intentos nocturnos, no había logrado descifrar ni la primera línea, y la frustración crecía al indagar en la importancia de aquella lectura.
Pero a ella le fascinaban los desafíos, y Kieran Callaghan empezaba a resultarle uno de los más formidables.
Al llegar, el recinto era un hervidero de apuestas y sombreros de copa. Mientras los caballeros se agolpaban cerca de la pista, las damas tomaban sus lugares de forma acartonada en las gradas, agitando sus abanicos con una parsimonia ensayada.
Brianna observó la escena con disgusto; era la primera vez que ocupaba su asiento como una «dama ejemplar».
—¡Milady! —exclamó Ethel Bronwick, agitando su abanico para indicarles el respectivo lugar que ocuparían a su lado, bajo la techumbre del palco superior.
Lady Harper la apremió, atrayendo las miradas de los presentes hasta que alcanzaron su sitio.
—Gracias, querida Ethel. Parece que el entusiasmo este año se ha duplicado —mencionó Elena, dirigiendo la vista hacia el punto de mayor concentración femenina.
—Quizá se deba a su futuro yerno. Sin duda, la noticia ha causado un revuelo considerable —comentó Ethel con un matiz evidente de sorna.
Brianna pensó para sus adentros que, sin proponérselo, le había arrebatado toda la atención a Colette, la hija de Ethel.
Aquello le causó un leve desasosiego, pues la aparición de Kieran parecía haber borrado su currículo de joven escandalosa de un plumazo, sustituyéndolo por el morbo que despertaba su exótico atractivo irlandés.
Él era, sin duda, el foco de todas las miradas.
Cabalgaba sobre un semental negro de proporciones hercúleas, un animal que exhalaba vapor por las ternillas y cuya musculatura espejeaba bajo el sol pálido.
Lo que más llamó la atención de Brianna fue su indumentaria: Kieran no vestía la tradicional levita ni los pantalones reglamentarios, y ni rastros del color que representaba la baronía de su padre.
Iba de cuero oscuro, desafiando el orden establecido e imponiendo el suyo propio.
Aquella petulancia provocó el recelo de los demás caballeros, que parecían pequeñas figuras de porcelana a su lado. A Brianna, sin embargo, aquel despliegue de soberbia le agradó; al menos era alguien de quien poder regodearse. Sin darse cuenta, se halló sonriendo de forma involuntaria.
Borró la sonrisa de tajo en cuanto su mirada se cruzó con la enigmática del guerrero irlandés. En ese instante, ella comprendió que aquel hombre empezaba a eclipsar todo lo que había a su alrededor.