Como atrapar el corazón de la esquiva señorita Harper Capítulo 9. Una treta inesperada
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Capítulo 9. Una treta inesperada

Una treta inesperada

L a respuesta de Kieran llegó al día siguiente y, al contrario de lo que Brianna esperaba, no apareció con el cantar de los pájaros por la mañana.

Se presentó a las cuatro de la tarde, envuelta en el murmullo de los grillos, justo cuando ella se disponía a tomar el obligado té con su madre y la señora Davies.

Tampoco vino acompañada de un nuevo ramo de rosas, sino de un paquete toscamente envuelto y que exacerbó su expresión.

—¿A qué esperas para leerla? ¿O es que te asusta el resultado de tus propias travesuras? —comentó lady Harper, antes de probar, con una delirante parsimonia, su infusión de amapolas importadas.

Brianna frunció el ceño y puso los ojos en blanco.

—De ningún modo —renegó, apartándose hacia el ventanal para leer, en la intimidad de la luz de la tarde, lo que él había escrito con su impecable caligrafía.

Milady,

Confieso que su carta me ha resultado tan refrescante como el rocío de la madrugada.

Supongo que pequé de ingenuo al pensar que le encantarían las rosas, pero me alegra saber que su intelecto despierta muy temprano.

Le confieso que el mío también lo hace, y por lo general, buscando un desafío que esté a la altura de mi paciencia.

Lamento que mi caligrafía le resulte irritante por su perfección, pero en mi tierra aprendemos que, si se va a empuñar una pluma —o una espada—, debe hacerse con precisión absoluta.

En cuanto a su preferencia por los libros por sobre las flores, comparto su pragmatismo: las rosas mueren, pero las palabras bien escritas tienen la mala costumbre de sobrevivir a quienes las lanzan.

Puesto que prefiere entender el mundo, quizá quiera descifrar el mío.

Por ello, me encantaría recomendarle el Lebor Gabála Érenn ; es uno de mis favoritos.

Ah, y no se preocupe por mi comodidad en Burford; soy un hombre de gustos sencillos y poseo una voluntad tan dura que resulta muy difícil de incomodar.

Suyo con la misma irreverencia,

K. Callaghan

Brianna apretó el papel en su mano, sin saber si lo hacía porque le molestaban las palabras infladas de sarcasmo o porque Kieran utilizaba su mismo tono jocoso y lleno de sátira para contraatacar.

No pudo llegar a un consenso mental cuando, al destapar el paquete, se encontró con una copia un tanto desgastada del libro recomendado, con el cual terminó soltando una risa involuntaria.

—Parece que lord Callaghan te ha escrito algo muy gracioso —opinó su madre, cruzando una mirada cómplice con la señora Davies.

—Me voy —anunció Brianna, sorprendiéndolas a ambas.

—¿A dónde vas? Tu té se enfriará.

—A la biblioteca —contestó, marchándose sin demora.

Mientras caminaba haciendo resonar sus pasos en el pasillo, admitió para sí misma que la curiosidad le estaba ganando la partida a su orgullo.

Al entrar, encontró a su padre sentado en el sofá, revisando la correspondencia de la tarde.

—¿Leyendo mis libros a escondidas otra vez? —le preguntó August sin siquiera apartar la vista de sus papeles.

—Esta vez no, padre. Este es un regalo del «prometido» que me conseguiste —respondió a la fundamentada acusación de su padre.

Con esto sí logró perturbar su atención. August dejó las cartas a un lado, clavándole la mirada.

—¿De qué se trata?

Brianna le acercó el ejemplar. Su padre se mostró genuinamente sorprendido al examinarlo.

—¿Y crees que podrás entenderlo?

La pregunta ensombreció su mirada llevándola a ojear el interior del libro por primera vez, lo que la hizo fruncir el ceño al instante.

—¿Es irlandés? —preguntó recelosa.

—Gaélico irlandés —corrigió su padre—, ¿no te habías percatado de ello?

—Supongo que esa es la razón por la que no te enojará que lo tenga —refunfuñó ella.

—Confieso que es una buena jugada de lord Callaghan.

—¿Acaso le sugeriste que me regalara esta clase de libro? —preguntó.

Fue idea suya mencionar su gusto por la lectura provechosa, mas no esperaba que fuera tan en serio con lo de «descifrar su mundo». El pensamiento la hizo resoplar.

—Para nada, hija, pero parece que se le ha ocurrido entregarte uno que no podrás comprender sin que él mismo tenga que explicártelo.

—¡De ningún modo le pediré tal cosa!

—Entonces tendrás que devolvérselo.

—¡Tampoco!

—¿Y qué harás? —cuestionó fijando en ella toda su atención.

Brianna frunció los labios.

—Traducirlo por mí misma, tal como he hecho con algunos de tus libros en francés —gruñó apretando los dientes.

—Vaya..., parece que acabo de descubrir lo astuta que puede llegar a ser mi hija.

—Así es, padre. Si con esto lord Callaghan cree que logrará acercarse a mí, acaba de errar de forma estrepitosa.

—¿Entonces te empeñas en no tratar con él?

—¡Por supuesto! Así que ya verás como pronto desiste de su interés por este compromiso —exclamó ella, empezando a buscar febrilmente un diccionario entre los estantes.

—En ese caso, parece que estarás muy ocupada y no podrás acompañarme el sábado a la carrera benéfica anual de caballos organizada por el alcalde —mencionó su padre, distrayéndola de su búsqueda infructuosa.

En la biblioteca solo había diccionarios en inglés y francés.

—¿Por qué? Por supuesto que puedo —masculló ella, girándose hacia él con la mirada encendida.

—Porque de todos modos este año te será difícil hacer de las tuyas, Brianna. Lord Callaghan será nuestro jinete —anunció, causándole una consternación con la sorpresa.