Como atrapar el corazón de la esquiva señorita Harper Capítulo 8. Un olor a tinta y mucho sarcasmo
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Capítulo 8. Un olor a tinta y mucho sarcasmo

Un olor a tinta y mucho sarcasmo

B rianna sabía que, si un caballero quería sorprender en su cortejo a una dama, recurrir a los sofisticados ramos de la señora Dalloway era una estrategia infalible.

Aquella mujer se había hecho acreedora de su fama desde que tuviera el honor de exportar las hermosas y delicadas rosas de su vivero para colocarlas como arreglos florales en una de las tantas fiestas de jardín del palacio de Buckingham.

Hubo tanta notoriedad que no existió nadie que no deseara sus flores, lo que la florista aprovechó para que sus precios fueran al alza, tanto que ni las flores del jardín de su madre estaban tan cotizadas.

Sin embargo, el hecho de encargarle un arreglo no solo demostraba el buen gusto de un caballero, sino su elevado poder adquisitivo.

Brianna pensó mucho en ello mientras intentaba redactar su carta de respuesta.

Deseó no hacerlo, pero se arriesgaba a que su madre la escribiera por ella.

Sabía que, en el fondo, lady Harper danzaba de felicidad porque, con ese gesto, Kieran estaba sentando un nuevo precedente en su vida: no obstante sus escándalos, seguía siendo merecedora de rosas tan finas.

Muy a su pesar, aceptó que eso lo convertía en un contrincante tanto combativo como interesante.

Aquello solo le provocaba más ganas de descubrir cuáles eran sus verdaderas intenciones.

Pensando en ello, una sonrisita maliciosa asomó en sus labios como un gran impulso para escribir la dichosa carta.

Milord,

Sepa usted que agradezco su magnífico detalle, el cual no dudo que me hará bastante popular en los próximos días, y supongo que tengo que darle las gracias por refrescarme la memoria con el mismo entusiasmo con el que me envió las flores muy de mañana.

Sobre si tuve un buen despertar, admito que lo hice bajo el espanto de tan majestuoso ramo. No obstante, me temo que las rosas rojas y blancas son tan efímeras como las intenciones que se compran entre acuerdos de caballeros.

Si su caligrafía es tan perfecta como se muestra, espero que la use para algo más productivo que «embellecer mi despertar», pues mi intelecto suele estar despierto mucho antes que mis ojos, por lo que prefiero los libros a las rosas, cuya belleza está condenada a marchitarse.

Le deseo una estancia... cómoda en Burford.

Se despide,

B. Harper

La sonrisa de Brianna se intensificó al poner el punto final a su ingeniosa respuesta.

Con aquello estaba segura de que al señor Callaghan le quedaría claro que no era una mujer fácil de impresionar, aunque muy en el fondo tuviera que admitir que, hasta ese momento, ningún caballero le había obsequiado un ramo de la señora Dalloway.

Con ello dio por sentado que su mal augurio sobre estar de boca en boca en los siguientes días era un hecho.

Aquello le generó cierta molestia, pero no la suficiente como para retractarse de sus palabras.

Por lo menos, le dejaría claro que no le sería tan fácil conquistarla solo con sus bonitos detalles.

Una vez sellada la carta, pidió a Alice que la entregara a uno de los criados para que la llevara sin demora y la pusiera directamente en manos de Kieran, reafirmando con ello su irreverencia al saltarse los protocolos.

Después, se acercó al estante y agarró el libro que estaba deseando terminar para poder elegir el siguiente.

Su madre entró en la biblioteca justo en ese momento y se acercó a ella con cautela.

—¿Por fin terminaste la carta?

—Ya la he enviado —respondió ella muy ufana.

Lady Harper arrugó el ceño al mirar el libro que tenía entre manos y que Brianna no se molestó en ocultarle. Enseguida se acercó y se lo arrebató, cerrándolo y dejándolo sobre la mesa ratona del centro. Después fue hasta el estante y sacó un libro de poemas que le hizo arrugar la cara con hastío.

—Esto te vendrá mejor.

Brianna mostró su desagrado cuando lo puso en sus manos.

—No estoy para poemas cursis, prefiero algo que me ayude a entender el mundo.

—Cariño, nuestro mundo está dentro de lo único que podemos gobernar. Y eso es nuestra propia casa —reafirmó su madre.

—Pero mi «hogar» se vislumbra bastante lejos —arguyó Brianna, socarrona.

—Donde quieras que esté será decisión tuya —repuso su madre ignorando su burla, mientras ella miraba el título del libro con recelo—. Tal vez deberías aprender algunos para sorprender con tu buena lírica a lord Callaghan.

Brianna resopló con fuerza ante esa insinuación. La idea de siquiera pensar en hacerlo le resultaba hilarante.

—¡Ni lo sueñes! —exclamó tirándolo sobre la mesa. Después rio, añadiendo—: Creo que lo sorprenderé bastante con mi más sincera y entusiasta respuesta.

Sus palabras hicieron fruncir el ceño a su madre, quien solo negó con la cabeza antes de marcharse. Una vez que se quedó sola, agarró de nuevo su libro y buscó la página en la que se había quedado para continuar con su entretenida lectura.