Capítulo 7. Una tensión con aroma a rosas
Una tensión con aroma a rosas
—¿Q ué opina, señorita? ¿No le parecen preciosas? —manifestó su doncella, Alice, con una emoción que a Brianna le resultó casi insultante.
Esta frunció el ceño con horror ante el ramillete de rosas rojas y blancas que sostenía la muchacha. Lord Callaghan lo había enviado muy temprano, junto a una nota cuya caligrafía era tan perfecta que le resultaba irritante: «Espero que esto pueda embellecer su despertar» .
Ella ignoró el ramo y se hundió de nuevo en la cama, ocultándose bajo las sábanas con el firme deseo de que la disparatada idea de sus padres fuera solo una gran pesadilla.
Si algo no podía negar era que Kieran Callaghan poseía todo lo necesario para arrebatarle el aliento a cualquier mujer: una altura prominente, elegancia innata, una belleza casi salvaje y un carácter indomable que, sospechaba, rivalizaría peligrosamente con el suyo.
Sin embargo, no era su atractivo lo que la perturbaba, sino su linaje.
Que fuera extranjero suponía una afrenta directa a sus planes; una cosa era rechazar a los pretendientes locales y otra muy distinta enfrentarse a una estirpe añadida a la fuerza por pura conveniencia económica.
Había leído suficiente sobre la situación en Irlanda como para deducir que aquel hombre no estaba allí por gusto propio.
Esa deducción hizo que su mirada se iluminara con una idea tan osada como arbitraria. Saltó de la cama y se plantó frente a su doncella con una sonrisa triunfal.
—Ponlo por allí —ordenó con un gesto vago de su mano, antes de apresurarse al tocador para arreglarse con un esmero tan inusual que Alice la miró espantada.
Cuando entró en el comedor, sus padres la observaron con una sorpresa que no se molestaron en ocultar.
—Parece que hoy no ha sido necesario sacarte de la cama, querida —festejó su madre, sonriendo con complicidad a la señora Davies, que esa mañana los acompañaba en la mesa.
—Tal vez porque me ha llegado un regalo bastante... peculiar —soltó con sarcasmo mientras se dejaba caer en su silla.
—Sí, lo hemos visto desfilar por el pasillo —añadió lady Harper, complacida.
—Deberían estar ofendidos —masculló Brianna, mirando con desgano cómo su doncella llenaba su taza de té.
—¿Y por qué habría de ser una ofensa? —intervino August, dejando a un lado el periódico que estaba leyendo.
—¿Cuánto le habéis pagado? —los increpó ella de pronto, causando una conmoción instantánea entre sus padres, la señora Davies y el servicio que atendía la mesa.
Su padre se aclaró la garganta con fuerza haciendo que se detuvieran, despidiendo luego al personal, incluyendo a la compañía de su madre, con un gesto severo.
—¿Qué tonterías estás diciendo, Brianna? —la inquirió él una vez que estuvieron solos.
—Ninguna. Es obvio cuánto conoce lord Callaghan nuestra historia. Y cuánto debe necesitar el dinero —expuso ella con una calculada frialdad.
—Sería el colmo que no conociera nuestra historia —repuso su madre recuperando la calma—, pero te equivocas en lo demás.
—Quizá por eso su detalle tiene un doble sentido —insistió Brianna—. Rosas rojas y blancas, ja. Diría que es una tregua de sangre.
—Querida, ya superamos esa etapa. Si su majestad Enrique VII pudo adoptarlas como símbolo de unión y pacificación, ¿no crees que el mensaje es claro? —adujo Elena.
—Demasiado, madre. Quizá una rendición voluntaria —contestó ella con enojo.
—Lord Callaghan no ha pedido ni una libra a cambio —sentenció August, recuperando su tono de mando—. Él realmente está interesado en conocerte, y esperamos que tú hagas lo mismo.
—No quiero —se quejó Brianna enfurruñada. En el fondo, su intuición le advertía que bajar la guardia ante el irlandés sería su fin.
—Esta vez no tendrás la opción de negarte —sentenció August, con tono firme y sin una pizca de humor.
—¿Y si lo hago? ¿Y si después de conocerlo sigo pensando lo mismo? —preguntó ella, sazonando sus palabras con una evidente ironía.
—Entonces, tal vez te arrepientas de haber rechazado a tantos buenos pretendientes cuando te veas obligada a aceptar a uno peor —dijo su madre con una calma exultante.
—¡Eso jamás!
—Entonces da tu mayor esfuerzo, porque lord Callaghan ya ha empezado a dar el suyo. Le hemos advertido de lo difícil que será tratar contigo, querida.
—¿Eres mi madre o mi enemiga?
—Ambas —contestó lady Harper con un matiz de humor chispeante—. Por lo pronto, prepárate para redactar una carta de respuesta a su hermoso gesto con las rosas.
—No lo haré —refunfuñó Brianna de forma audible—. Si quiere mi atención, tendrá que esforzarse mucho más que enviando un puñado de flores.
—Son rosas, querida hija, y por lo visto las ha encargado en la florería de la señora Dalloway —alardeó Elena, provocando que refunfuñara más.
Acto seguido, se puso en pie con toda la dignidad que pudo reunir y pidió que le llevaran el desayuno a su habitación.