Como atrapar el corazón de la esquiva señorita Harper Capítulo 6. Un prometido importado
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Capítulo 6. Un prometido importado

Un prometido importado

—¿E s de su agrado la propiedad, lord Callaghan? —preguntó Sean, su ayudante personal, rompiendo el hilo de sus pensamientos.

Lo había llevado consigo desde Cork por petición de su padre, para afrontar toda esta locura.

Ambos acababan de concluir el recorrido por la residencia que ocuparía durante los próximos tres meses.

Noventa días en los que debería fingir ser el prometido ideal para una señorita traviesa y esquiva, una joven que, según el propio padre de Brianna, necesitaba ser corregida con urgencia antes de que su reputación terminara por descarrilarse y lo enviara frustrado a la tumba.

La estancia era modesta, ubicada en una zona céntrica de Burford; discreta pero funcional, el escenario perfecto para el papel que le tocaba desempeñar.

Kieran sonrió para sus adentros al recordar el rostro de la señorita Harper, encendido por una furia que, lejos de amedrentarlo, le había resultado intrigante.

Más cuando lo dejaba con la palabra en la boca.

La percibía esquiva, sí, pero no imposible de domar.

Al instante, negó con la cabeza, cuestionándose por haberse prestado a semejante despropósito.

Tuvo que recordarse que aquello no era más que un negocio; un intercambio de favores que ayudaría a mantener a flote el orgullo de su propia familia en Irlanda.

Si no hubiera sido por la insistencia de su anciano padre, jamás se habría acercado a una mujer que en su tierra considerarían como caprichosa y malcriada.

Sean carraspeó, reclamando su atención.

—Lo es —contestó de forma escueta.

—Puedo buscar un lugar más privado. Sé que no le gusta el bullicio —añadió el hombre.

Kieran lo miró.

—No es necesario. Nos quedaremos aquí —sentenció.

Sean lo conocía muy bien, lo suficiente como para saber que detrás de su fachada de hombre fuerte y robusto se encontraba un alma tímida.

Su padre lo había puesto a su disposición como una especie de tutor desde que tenía diez.

Era angloirlandés, otra de las razones por la cual había sido arrastrado a ese viaje.

Caminó con las manos entrelazadas a la espalda hacia el ventanal. Desde allí divisó el coche del barón entrando en la propiedad. August Harper llegaba puntual para finiquitar los detalles del asunto .

—Ya llega el barón —anunció.

—Me encargaré de recibirlo de inmediato —anunció su sirviente con solicitud.

—Tráelo hasta aquí y destapa la botella de Bushmills —le ordenó. Siendo un hombre de tradiciones férreas, se negaba a que una gota de burdeos o jerez tocara sus labios. Para ello se había abastecido de su propio whisky irlandés.

Mientras esperaba, Kieran intentó sacudirse la imagen de Brianna.

La carta con la petición del barón había llegado a comienzos de año y, al principio, no la había tomado en serio.

No creyó que su padre lo hiciera tampoco, pero la promesa de una alianza que oxigenaría su economía familiar terminó por convencer al viejo Callaghan.

La tarea recayó en él por ser el único hijo soltero, una soltería que mantenía por decisión propia, al menos hasta el año entrante, cuando debería elegir esposa de la lista de tres candidatas que su madre ya le tenía preparada.

En su mundo, el matrimonio no era una cuestión de amor, sino una férrea resistencia para mantener puro el linaje frente a un colonialismo impuesto.

—Lord Harper está aquí, milord —anunció el mayordomo.

Kieran se giró para encontrarse con August Harper, a quien la vejez parecía haber encogido, por lo que de aquel hombre inglés, esbelto y antipático que Kieran recordaba haber visto una vez en Cork apenas quedaban rastros. Lo mismo pensaba a menudo de su propio padre.

—No olvides traer el whisky —le recordó a Sean.

Este asintió mientras el barón se acercaba con el golpeteo rítmico de su bastón.

—Parece que ha encontrado un lugar a su gusto, Callaghan.

—Me agrada aquí, es ideal para la temporada que permaneceré en estas tierras —repuso Kieran con una distante cortesía.

—Bien, pero puedo brindarle una estancia mejor.

—No es necesario, milord —rechazó tajante su oferta.

Pese a la imperante necesidad del trato, prefería mantener su orgullo.

—Créame que sí —insistió el viejo Harper—. Sería poco para lo que debe enfrentar con mi Brianna.

—En ese caso, ¿no habría sido más fácil comprarle un marido directamente? —comentó Kieran. No pretendía sonar desdeñoso, pero la franqueza irlandesa a veces se confundía con la insolencia.

Se quedó atento a la reacción del barón, que luego de fruncir su ceño rompió a reír.

—Por supuesto que podría hacerlo, pero algunos deben conocer, antes que nada, su lugar. —Se jactó August, manteniendo su dignidad intacta a pesar de la hilarante chanza.

—¿Eso aplica para mí?

—No, puesto que usted no se casará con mi hija —sentenció August con un rezago de sonrisa cargada de advertencia.

—Eso es algo que está bastante claro —repuso Kieran con tono mesurado.

Le pareció una respuesta razonable; el acuerdo versaba acerca de un compromiso ficticio , no sobre un sacramento real. No obstante, la firmeza con la que el barón descartaba la remota posibilidad en el fondo le causó una leve y extraña molestia sobre la que prefería no ahondar.

Su ayudante regresó justo cuando se sentaban en la sala, y les sirvió el licor con el que sellarían el trato y darían comienzo a la primera fase del plan.

—Aun así, ten presente algo, muchacho: jamás le tocarás un solo cabello a mi hija —advirtió el barón, examinando el color ámbar de su bebida.

Kieran rio para sus adentros. No lo tenía planeado y tal cercanía le resultaba impensable.

.. o eso quería creer. Aun así, la misión de cortejar a Brianna empezaba a resultarle extrañamente divertida, aunque solo fuera por el placer de ver rabiar a su preciada rosa inglesa para hacerla más apetecida.

No era ajeno a las verdaderas razones del barón.