Como atrapar el corazón de la esquiva señorita Harper Capítulo 5. Una sentencia cumplida
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Capítulo 5. Una sentencia cumplida

Una sentencia cumplida

B rianna seguía sin dar crédito a lo que le tenían reservado sus padres, mientras caminaba por el jardín sintiendo que el mundo se había vuelto un lugar ajeno.

A su lado, la figura de Kieran Callaghan se erguía con una naturalidad insultante, empequeñeciéndola no solo con su estatura, sino con una presencia que aplastaba de forma implacable cada brizna de hierba que pisaba.

Era su «marido importado», como una sentencia de carne y hueso traído directamente desde las indómitas tierras irlandesas.

Ni en sus sueños más salvajes imaginó que esto sucedería o que se atrevieran a tanto. Lo observó de reojo, tragando con fuerza. Sus facciones eran duras, talladas con la severidad de quien ha lidiado con tormentas, y esa mandíbula cuadrada le confería un aire de inamovible determinación.

Se sintió muy recelosa por la confusión que le causaba en su cabeza solo con apenas haberlo visto. De inmediato odió esa sensación. Detuvo su paso de manera abrupta y se aclaró la garganta para hablar.

—Mi padre amenazó con darme una lección si no me casaba pronto —murmuró, con un deje de amargura—, pero parece que esta vez su mano ha llegado demasiado lejos.

—Supongo que esto obedece a su renuencia a casarse como se debe —replicó él. Su voz era un eco grave que pareció vibrar en los huesos de Brianna.

Ella se detuvo en seco, encarándolo con el fuego de la indignación en la mirada.

—¿Y qué tiene que ver con usted, lord...?

—Callaghan. Kieran Callaghan, por si aún no le queda claro —completó, y el nombre sonó como una advertencia en su cabeza.

Brianna sintió como un traicionero hormigueo le recorría la nuca.

Reconoció con un poco de resquemor que ningún caballero de Burford había logrado jamás acelerarle el pulso de aquel modo tan infantil, y le resultó una tontería que la disgustó sobremanera.

Se sacudió el pensamiento de su cabeza con rapidez.

—Ya lo tengo claro —replicó con algo de desdén.

—Para responder su pregunta, mucho, señorita Harper, puesto que mi único interés en este país es desposarla a usted —sentenció él con una firmeza que no dejaba espacio a la duda.

—Esto tiene que ser una broma —bufó ella, arrugando el ceño.

—¿Y por qué habría de serlo?

—Porque nadie en su sano juicio cruza el canal de San Jorge solo por una mujer con mi historial.

—Tendrá que empezar a creer que yo no soy un hombre que busque la cordura en sus negocios —repuso Kieran.

Brianna retomó la marcha, acelerando el paso para alejarse de esa mirada azul que parecía leer sus secretos.

—¿Dudo que no haya escuchado los ecos de mi mala fama?

—Cork está demasiado lejos para que los chismes sobrevivan al viaje —respondió él con un asomo de sonrisa que le sacó un resoplido.

—Aun así, no tiene sentido —insistió ella, apelando a la lógica que tanto le gustaba—.

Un irlandés buscando una esposa inglesa.

.. es un chiste, dado que somos mundos en colisión, no en alianza —expuso, conociendo un poco de la situación política, gracias a que su padre se mantenía muy bien informado.

—Tal vez —adujo él, suavizando el tono, pero manteniendo la intensidad— me he dejado cautivar por la idea de poseer una hermosa rosa inglesa.

Brianna se cruzó de brazos, sintiendo que la rabia era lo único que la mantenía a salvo de la curiosidad.

—Le advierto que soy una rosa con demasiadas espinas, milord.

—Y yo —se ufanó él, inclinándose apenas hacia ella— poseo una excelente navaja para podarlas.

Sus palabras la hicieron refunfuñar, causándole un involuntario sonrojo que atribuyó a la rabia por la sorpresa de la que aún no se reponía. Su mirada se ensanchó de puro espanto. Le estaba quedando claro lo convincente que deseaba mostrarse su futuro marido irlandés.

—Ya lo veremos; y mientras, espero que desista de seguirle el juego a mis padres —bromeó sin nada de humor.

Sin esperar respuesta, dio media vuelta y huyó hacia la casa, dejando a Kieran a medio camino del invernadero. Cruzó el porche como una exhalación, ignorando los llamados de sus padres, y no se detuvo hasta que escuchó el sonido del cerrojo.

Pero la curiosidad es una traidora persistente, y no pudo aguantar la curiosidad por ver si se marchaba de la propiedad.

Se asomó a la ventana, oculta tras el visillo, para ver cómo Kieran se despedía de sus padres tras mantener una breve charla que terminó cuando le llevaron su caballo oscuro y lo montó con una destreza animal.

Justo antes de partir, Kieran ajustó su sombrero y clavó la mirada exactamente en su ventana. El pánico por ser descubierta la golpeó con la fuerza de un rayo. De inmediato se dejó caer al suelo de forma estrepitosa, escondiéndose como una chiquilla atrapada en una travesura.

Allí la encontró Alice, minutos después, con el corazón galopándole contra las costillas.

—¿Ya se marchó? —preguntó algo avergonzada.

Alice asomó la cabeza por la ventana y asintió con una sonrisa cómplice.

—Sí, se ha ido, señorita; pero no dude en que volverá.

Brianna arrugó el ceño resoplando con fuerza ante esa nueva realidad.