Capítulo 4. Una latente sorpresa
Una latente sorpresa
E n Burford, el éxito no se medía en simples peniques, sino monedas de alto valor y encajes finos, al igual que en las grandes metrópolis. Mientras ella ahuyentaba pretendientes como quien espantaba moscas, Colette los coleccionaba en masas, para orgullo y beneplácito de sus padres.
Brianna observó con aburrimiento cómo las damas de la tienda revoloteaban alrededor de la joven, cuyas mejillas encendidas por el reluciente anillo en su mano eran el trofeo de guerra de su madre, Ethel.
Justo en ese momento volvió lady Elena de su inspección sobre hilos y agujas, atraída quizá por el bullicio.
—Parece que la señora Bronwick tendrá una celebración digna de recordar este año —comentó. Su voz, como seda líquida, pero sus ojos tenían el brillo del acero que hacía contener las respiraciones.
—Así es, milady. Mi querida Colette se ha comprometido —respondió Ethel, exultante, sus palabras acariciando el aire con una suficiencia casi agresiva—.
Es una verdadera lástima; pensamos que la señorita Harper sería la siguiente; y como en años anteriores, la suerte.
.., bueno, no parece ser una invitada habitual en su casa.
Brianna sintió una oleada de calor subirle por el cuello, al notar como su madre hacía un gran esfuerzo por mantener su compostura ante la innecesaria expresión.
Esperó que guardara silencio, que no respondiera a su provocación.
Ethel Bronwick tenía fama de mujer competitiva desde que su marido asumiera como alcalde.
Por su parte, le resbalaban sus comentarios maliciosos, y al parecer tenía otros planes.
—No se apene, querida. Ni ninguna de ustedes —dijo Elena con una sonrisa enigmática que hizo que Brianna frunciera el ceño—. La suerte de mi hija está mucho más cerca de lo que todas imaginan.
El silencio que siguió fue absoluto, roto apenas por la risa incrédula de Ethel Bronwick y su sonido seco que resonó entre los rollos de tela y las madejas de hilo de perlé. Brianna apretó los dientes, sintiendo que el suelo se le volvía inestable.
—En efecto, no hay nadie en todo Burford que no desee la enhorabuena para su adorable hija, aunque en esta ocasión será para la nuestra —se ufanó Ethel.
—En eso estoy de acuerdo —repuso Elena.
Brianna deseó que ambas se callaran.
—¿Encontraste lo que buscabas, madre? —le preguntó, urdiéndose un escape.
—Sí, querida —respondió la señora Harper.
—¿Entonces, podemos irnos? —continúo, casi apretando los dientes.
Su madre asintió, y enseguida Brianna arrastró a su progenitora hacia la salida antes de que todo terminara en una guerra de egos. Aun con las puertas cerradas, ninguna dejó de escuchar la algarabía de dentro.
La mercería de la señora Weaver era uno de los sitios que congregaba a la mayoría de las damas, tanto para comprar implementos y materiales para tejidos así como un centro de concentración de chismes.
—No tenías que decir eso. Sabes que solo quería provocarte —masculló Brianna alejándose hacia el carruaje.
—Lo sé —respondió Elena, con una secreta diversión bailándole en los labios.
—¿Me das la razón?
—De ningún modo —bufó.
—Bien, porque si alguien cambiará su suerte seré yo misma —sentenció Brianna, aferrada a su autonomía.
—Me temo, hija mía, que en eso tienes más razón de la que crees.
Montaron en el carruaje en un regreso a casa silencioso.
Al llegar a la propiedad, el aire cambió.
Brianna descubrió con recelo que tenían un invitado.
Un caballo de raza desconocida, robusto y de pelaje oscuro, descansaba en el antejardín.
No era un animal de la región; tenía la estampa de las tierras indómitas.
—Parece que padre tiene visita —mencionó frunciendo el ceño contra el animal.
Su madre atendió sus palabras con una expresión de sorpresa que rayaba en la satisfacción.
—Ya está aquí —exclamó encendiendo de nuevo la chispa de la alegría.
De inmediato la apremió para que descendieran rápido. Brianna fue arrastrada hacia el interior de la casa, cruzándose con una señora Crave que irradiaba una alegría sospechosa. El secretismo de su madre le martilleaba las sienes.
—¿Puedo saber por qué tanta urgencia? —preguntó con cautela, tratando de seguirle el paso.
—Debes de verlo por ti misma —respondió su madre.
Cuando llegaron a las puertas del despacho, el murmullo de una voz grave, profunda y con una cadencia extranjera, proveniente del interior, hizo que Brianna se detuviera en seco.
Después de que la señora Crave anunciara su llegada, la charla que se estaba llevando a cabo dentro se interrumpió para darles la entrada.
Una vez que el ama de llaves abrió la puerta, su madre le apretó la mano y la empujó al interior.
Allí, junto a su padre, se alzaba un hombre que parecía haber sido tallado en roca y tormenta.
Era robusto, de porte imponente y una elegancia salvaje que desentonaba con la pulcritud inglesa del despacho.
August Harper levantó la vista, y Brianna se quedó sin aliento observando al caballero, sintiendo que el tiempo se detenía entre los dos.
—Llegas en el momento oportuno —dijo su padre.
—¿Para qué? —preguntó ella, incapaz de romper la conexión, con la garganta seca, mientras el forastero le clavaba una mirada azul acero que parecía leerle hasta el último de sus rebeldes pensamientos.
—Para conocer a tu prometido —anunció su madre con un aplauso, dejando a Brianna suspendida en un abismo de espanto y consternación.