Como atrapar el corazón de la esquiva señorita Harper Capítulo 3. Una aparente rivalidad
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Capítulo 3. Una aparente rivalidad

Una aparente rivalidad

D urante las dos semanas siguientes, el silencio de su padre se convirtió en un ruido ensordecedor en la mente de Brianna, quien no dejó de pensar en sus palabras.

Por más que había indagado entre los sirvientes no había logrado descubrir qué se traía entre manos, por lo que el misterio permanecía blindado.

Al principio, se divirtió imaginando castigos estrambóticos, haciéndose ideas divertidas sobre lo que le tenía planeado como escarmiento, pero la incertidumbre empezaba a resultarle desgastante y aburrida.

—Querida, ¿podrías apurarte? —La voz de su madre la arrancó de sus cavilaciones, arrastrándola de vuelta a la calurosa mañana de sábado.

Brianna lanzó una exhalación casi como un refunfuño. Se había quedado rezagada a propósito, deteniéndose frente a cada escaparate desde que bajaran del coche, luego de obligarla a hacerle compañía en la compra de nuevos suministros para la insufrible clase de bordado.

Sin más remedio, acortó la distancia con pasos lánguidos.

—Debiste recordar que la señora Davies es mejor compañía que yo —masculló, refiriéndose a la doncella de su madre.

—Debe ser porque tú estabas disponible y ella tenía varios encargos en la casa.

—Aun así, ¿no te parece un gasto demasiado superfluo? —cuestionó—, y lo más probable es que nadie asista, además de que la colección de pañuelos bordados de padre ya es insuperable.

A falta de caballeros a quien regalárselos por las razones obvias, era su padre quien se terminaba quedando con todos ellos.

Elena Harper ni siquiera se dignó a concederle una mirada completa, y decidida a no prestarle atención, sus ojos ya estaban fijos en el anuncio de su tienda favorita, así como la de todas las señoras notables de Burford.

—El aprendizaje de una dama es un lujo muy necesario. Y no es solo seguir un patrón con hilo y aguja; es decoro —arguyó con beneplácito.

—Sé perfectamente lo que es necesario y lo que es puro ornamento —replicó ella, encogiéndose de hombros con arrogancia.

—Si lo supieras de verdad, ya me habrías dado nietos en lugar de jaquecas —masculló su madre.

—¡Cielos, mamá! —Brianna soltó una carcajada genuina ganándose una mirada reprobatoria.

Su risa era una nota discordante que atraía las miradas como un imán, aumentando así el bochorno de su madre. Esta la azuzó con la mirada apurando el paso hasta la puerta de la mercería, teniendo que seguirla sin más remedio.

Al cruzar el umbral, la ruidosa campañilla de la puerta anunció su llegada acallando de tajo el bullicioso jaleo de las compradoras, siendo sustituido por un perspicaz escrutinio ante el que su fervorosa madre no se amilanó; al contrario, irguió más la columna y alzó la barbilla con su innata soberbia aristocrática, algo que ella admiraba porque, pese a todo lo que ella causaba, Elena Harper era alguien que no se dejaba intimidar.

El título de su padre no era un nombre cualquiera, era una ley.

De allí que las palabras de la señora Pemberley tuvieran cierto peso al admitir que tomaba en cuenta sus «súplicas» para dejarla asistir a su baile.

—Bienvenida, lady Harper —cacareó la dependienta, la señora Weaver, con una sonrisa falsa y tan tensa que parecía a punto de dislocarle la mandíbula.

Brianna puso los ojos en blanco. Meditó con sorna que el poder y la riqueza eran el aceite que hacía chirriar los engranajes de la hipocresía. Estos abrían todas las puertas, así como la carencia de ambos también las cerraban. El tenso ambiente se quebró con más sonrisas y saludos forzados.

Tras mencionar la razón de su visita, la misma señora Weaver la guio hacia el mostrador, contándole que tenía una nueva gama de colores de hilos de perlé que le iban a encantar.

—¿No vienes? —le preguntó su madre, interrumpiendo la exacerbada perorata de la dueña.

—Miraré las telas —respondió sucinta.

—Recuerda guardar el decoro y no hagas ningún desastre —le murmuró como si todavía tuviera diez años, haciéndola resoplar, yéndose después con la mujer.

Con todas las miradas apuntando hacia ella de forma furtiva, Brianna se refugió en el estante de las telas, aunque sin intenciones de elegir ninguna, mientras su madre se sumergía en una prioritaria charla sobre hilos de perlé y matices de carmín.

Sus dedos rozaron rollos de lino y popelina con total desdén. Más que ponerse a bordar deseaba estar en la biblioteca inmersa en su última e interesante lectura: La riqueza de las naciones , libro que leía a escondidas.

A diferencia de lo que pensaba su madre, instruirse sobre capitalismo y manejo de la economía sí le resultaba un aprendizaje mucho más fascinante que las novelas románticas que a veces le obligaba a leer, con su intención de «contagiarla de romanticismo».

Su distracción se vio interrumpida cuando escuchó voces efusivas provenientes del vestíbulo. A fuerza se asomó para ver que la causante del grandioso jolgorio era Colette Bronwick, la hija del alcalde, en compañía de su orgullosa madre, quien se vanagloriaba de que fuera todo lo contrario a ella.

Colette era el espejo donde Burford quería que Brianna se mirara: dócil, decorosa y ansiosa por ser desposada. Brianna observó la escena con una mueca amarga. No estaba oculto que los rumores la ponían en una excelente posición por encima de la suya, que cada vez decaía de forma más estruendosa.

Esto a ella no le importaba, y su molestia venía más de la constante comparación por quién obtendría al mejor marido de la temporada. Con su sonrisa ensayada y sus modales de porcelana, Colette parecía ganarle una partida en la que ella se negaba a participar.