Capítulo 2. Una sentencia anunciada
Una sentencia anunciada
B rianna se despertó muy temprano por el insoportable dolor de cabeza que le quedaba cada vez que bebía. No era asidua al alcohol y solo lo hacía para escandalizar, también sabía perfectamente lo que le aguardaba tras una noche de mal comportamiento.
Lo que ella traducía como gajes del oficio, la sociedad lo calificaba de escándalo imperdonable. Con los años, se había acostumbrado tanto a las reprimendas que ya las recibía con una calma imperturbable.
Era consciente del enojo que provocaba en sus padres, pero también que no podrían hacerlo por siempre y llegaría el momento en el que alguno de los dos bandos cedería.
Esquivar pretendientes codiciosos no era un simple capricho, sino una manera de encontrar una anomalía a su favor, en el molde social.
—Me han pedido que le informe que su padre la espera en la biblioteca —anunció su doncella personal, mientras cepillaba con esmero su larga y ondulada cabellera castaña.
—Lo sé, Alice. La he vuelto a liar —declaró Brianna sin una pizca de remordimiento, regalándole una sonrisa triunfal a su propio reflejo en el espejo.
—No debería comportarse de ese modo, señorita. Sus padres sufren por ello.
—Lo sé, pero lo seguiré haciendo hasta que entiendan que no es así como quiero casarme.
—Si continúa por ese camino, no quedará ningún caballero disponible para usted en toda la región —adujo la mujer.
Brianna se volvió para mirarla con los ojos entornados. Alice se retrajo con expresión nerviosa hasta que vio la chispa de burla en la expresión de su señora.
—Tranquila, eso mismo me advirtió la señora Pemberley anoche. Supongo que su reporte llegó antes que el pan caliente —se mofó—. ¿A qué hora apareció el mensajero?
—A las seis de la mañana, señorita.
Brianna puso los ojos en blanco, imaginando la indignación de sus progenitores.
—Padre y madre deben estar furiosos —comentó pensativa.
—En esta ocasión... parecían más calmados —murmuró la doncella con voz pausada.
Aquella revelación detuvo a Brianna. Por un momento le causó extrañeza, pero enseguida agitó la cabeza, convencida de que quizá, finalmente, estaban entrando en razón. Se puso en pie sacudiendo el faldón de su vestido con determinación.
—Veamos qué resolución toma mi padre hoy.
Salió de la habitación rumbo a la biblioteca. Aquel espacio, con sus altas estanterías abarrotadas de tratados de política, economía y clásicos latinos encuadernados en cuero, solía ser su refugio favorito, salvo cuando lo convertían en un tribunal del orden y la disciplina.
Exhaló con fuerza, preparándose para el aluvión de reproches, pero al cruzar las dobles puertas de madera se topó con un silencio tan absoluto que le hizo arrugar el ceño. Aquella silenciosa quietud no era habitual.
Se fijo con extrañeza en su padre, que aguardaba impertérrito tras su pesado e imponente escritorio de caoba, mientras su madre, Elena, recibía con soberana paciencia los primeros rayos de sol junto al ventanal que daba al invernadero, donde cultivaba con mucho mimo sus rosas y peonías.
Observó con esmero el sobre recién abierto.
—Supongo que ya llegaron las buenas noticias —soltó Brianna, rompiendo el inquietante mutismo que amenazaba con trastornarla.
—Quédate donde estás —ordenó su progenitor, deteniéndola en seco cuando ella se disponía a ocupar el sillón frente a su madre. Brianna resopló y se cruzó de brazos.
—La vergüenza que le has hecho pasar a la señora Pemberley es simplemente imperdonable —sentenció Elena, sin alterar un ápice su rígida postura.
—Qué extraño, yo siempre trato de comportarme a la altura de las circunstancias —ironizó.
—Estás excluida de su baile el próximo año y solo faltan que lo hagan de los que restan del año. Eso debería avergonzarte —continuó su madre.
—Saben que eso era exactamente lo que buscaba. No entiendo por qué me lo recriminan —expuso ella, provocando un gruñido unísono de sus padres.
—La señora Pemberley quería darte una oportunidad y la has tirado por el fango —intervino el barón.
—¿Y supongo que ya tienen una lista de sacrificados dispuestos a hacerse cargo de su insoportable hija? —preguntó con sorna.
—¡Brianna! —le espetó su madre.
—Ya lo saben, no me casaré con ningún caballero de este valle.
—Me temo, hija mía, que ya no existe tal cosa como eso. No queda nadie en todo Oxfordshire que desee perder su dignidad, ni siquiera por las treinta mil libras esterlinas que estoy dispuesto a entregar a cambio de apaciguar tu carácter.
—En ese caso, podría dármelas a mí. Las administraré con diligencia y me convertiré en una soltera millonaria —emitió con una sonrisita que hizo que su padre enarcara las cejas.
—¡Ni lo sueñes! —la riñó su madre con aspavientos—. No es propio de las mujeres de nuestra familia convertirse en derrochadoras.
Aquella última frase encendió la chispa del enojo en Brianna. Lo sabía y lo odiaba; era el recordatorio constante del molde de «esposa perfecta» que querían imponerle.
—Bien, ¿y cuál es mi nuevo castigo? —replicó desafiante.
Ambos padres compartieron una mirada cargada de un significado que Brianna no logró descifrar. Luego clavaron sus ojos en ella con una inquietante serenidad.
—Ya viene en camino. Lo sabrás en su momento —sentenció el barón con una sonrisa apretada.
Brianna lo miró con recelo, intuyendo para sí que su benevolente progenitor se traía algo entre manos y que ella desconocía por completo.