Como atrapar el corazón de la esquiva señorita Harper Capítulo 1. Un escándalo necesario
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Como atrapar el corazón de la esquiva señorita Harper

Como atrapar el corazón de la esquiva señorita Harper

Por Juliana Cartland

© inepub.com

Capítulo 1. Un escándalo necesario

Un escándalo necesario

Brianna batía su abanico con una rapidez que delataba su impaciencia, mientras miraba con un fastidio poco disimulado a los danzantes que llenaban el gran salón de las Gardenias.

No se encontraba en el afamado baile de verano de la señora Odette Pemberley por gusto, sino por la gravosa obligación de un nuevo ultimátum de su padre.

Cada baile era un nuevo dictamen sobre su escandaloso comportamiento, y asistir solo alimentaba su reputación de casadera indeseable , un mote que le resultaba indiferente.

Sabía que su verdadero atractivo no residía en sus delicadas facciones y menos en su docilidad, sino en su dote de treinta mil libras, una cifra que la convertía en un botín codiciable para cualquier cazafortunas con título o abolengo.

Sin embargo, Brianna aborrecía la idea de ser tratada como una simple moneda de cambio.

A punto de cumplir los veinticinco años, lejos de amedrentarse por las quejas de su padre —quien la acusaba de ser el origen de todas sus canas—, junto a las advertencias de su madre sobre convertirse en una deshonra para la familia si no le conseguían pronto un marido, ella, por su parte, solo lo celebraba.

Deseaba casarse, sí, pero con alguien que la deseara a ella antes que a su fortuna, una utopía que la hacía reír para sus adentros, pues hasta ese momento no había conocido a un solo caballero que no fuera una decepción vestida por el mejor sastre de todo Burford.

También anhelaba la independencia, aunque como mujer estaba condenada a una cadena de dependencias que empezaba por la de su progenitor. Suspiró profundo, cerró el abanico con un golpe seco y se dirigió a la mesa de bebidas.

Fiel a su costumbre de no esperar a que nadie la atendiera, tomó una copa y la bebió de un solo tirón bajo la mirada atónita de los presentes.

Los murmullos que sobrepasaban la sobriedad de la música que llenaba el salón no se hicieron esperar, alimentando con gusto su fama de maleducada y bebedora.

—Qué bien bebe usted, mi adorable señorita Harper. Espero que el ponche sea de su agrado —dijo la señora Pemberley a sus espaldas.

Brianna se volvió, sosteniéndole la mirada con una lánguida sonrisita.

—Apenas es la primera copa, y hace un calor sofocante —repuso con ligereza, volviendo a abanicar su escote.

La anfitriona detuvo la mano de Brianna justo cuando iba a tomar la segunda, mirándola con un desdén que no lograba ocultar tras su aparente cortesía.

—Está aquí porque su padre me lo ha suplicado como un inmenso favor. No debería arruinar tan pronto sus escasas oportunidades —siseó forzando una irónica sonrisa.

—Lo sé, pero ya le he dicho que no encontraré lo que busco entre estas paredes.

—¡Oh, vaya! Le aseguro que no lo encontrará en ningún lado si persiste en esa actitud incorregible.

—¿Mi padre también le pagó para que me sermonee? —soltó Brianna, arqueando una ceja.

—¡Por Dios, no! —exclamó la mujer, llevándose una mano al pecho cubierto de tela de fino brocado.

—En ese caso, qué alivio —concluyó Brianna con una mueca burlona. Aprovechando el espanto de la mujer, tomó la copa y la vació en su boca en el acto.

La señora Pemberley arrugó el ceño, con un movimiento que evidenciaba que estaba perdiendo la paciencia.

—El barón Harper es un hombre desafortunado. Usted es su mayor vergüenza.

—Si lo soy, ¿por qué pierde su preciado tiempo conmigo?

—Porque está en mi casa y en mi fiesta y no permitiré que su falta de decoro la arruine —replicó, conteniendo el enojo que la embargaba.

—Creí que se preocupaba por mi reputación —resaltó Brianna con un sarcasmo que cortaba el denso ambiente a su alrededor.

—¡Será la última vez que lo haga! —estalló la anfitriona, apretando los dientes.

La joven sintió una chispa de satisfacción al ver que la mujer perdía los modales, sellando así su destino de no volver a invitarla jamás. Eso era un problema menor comparado con la libertad de no tener que fingir interés por caballeros mediocres.

—No sabe cuánto agradezco no tener que obligarme a asistir a estos «encantadores» bailes, señora Pemberley —adujo exultante, provocando que la mujer ensombreciera la mirada.

—Honor que nos hace —replicó la mujer con voz lacónica—. ¿Pero cómo piensa conseguir un marido? Después de hoy, nadie se atreverá a acercársele ni con un bastón.

—Bueno, ese será mi problema. Prefiero guardar las distancias como dicta el buen decoro.

Pensaba que esta vez sí la sacaría de sus cabales como lo hizo en el baile del mes pasado en casa de la señora Garber. Pero la honorable anfitriona recobró su compostura más rápido de lo que imaginaba, sonriéndole con gelidez.

—Yo creo que el de su pobre padre —agregó la mujer con malicia y mucha satisfacción.

Brianna sopesó el salón con su mirada coincidiendo en que era cierto: los caballeros la evitaban como si tuviera lepra.

Eso le hizo recordar las propuestas vacías que recibía desde su debut a los diecisiete años, cuando era considerada una «joya codiciable», y reafirmó su decisión de no terminar como las otras mujeres de su familia.

Tenía demasiados ejemplos que no le gustaban, y todavía quería comprobar si sucedía lo contrario y encontraba un caballero que se rindiera por completo a sus pies.

—En ese caso, yo misma tomaré la responsabilidad.

—¿Por la muerte de su padre? —arguyó la mujer con astucia.

—No, para encontrar mi propio marido —alardeó con evidente descaro.

—Dudo que lo logre. Ya no queda ningún caballero en la campiña que desee su mano.

—Quizá es porque no se encuentra en estos lares.

—¿Y cree que alguien vendrá de fuera para pedir expresamente su mano? —preguntó la anfitriona con altanería.

—Tal vez —ironizó Brianna solo para seguir irritándola.

Ni siquiera estaba convencida de que fuese posible; pese a ello, tampoco le preocupaba.

—Ya lo veremos —sentenció la señora Pemberley con una risita adusta y maliciosa antes de alejarse con rapidez.

Brianna dejó la copa vacía sobre la mesa y, con la cabeza alta, atravesó la pista de baile abriéndose paso entre las parejas. Era el momento de largarse y dejar que los rumores hicieran el resto del trabajo.