Come, bebe y sé bruja Dieciocho
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Dieciocho

La mente de Hali bullía de posibilidades mientras esperaba su café con leche en la barra.

Tenía que ser alguien que trabajara en el resort.

No dejaba de volver a esa idea. Que la cámara hubiera caído significaba que era alguien que conocía el sistema.

Solo había una cámara orientada hacia su villa.

Una… de más de cincuenta. Alguien lo sabía y lo aprovechó.

Tenía que ser alguien que supiera que estaba investigando. Así que… ¿quién?

—¿Puedes decirles que vuelvo en unos minutos? —preguntó Mike a su izquierda, y ella se sobresaltó. Ni se había dado cuenta de que la había seguido al salir de la sala de seguridad.

—Claro. —La respuesta le salió automática—. ¿Pasa algo?

—Por lo visto hay dos huéspedes discutiendo en el aparcamiento que está al otro lado de la zona de fumadores. Tengo que ir a ver.

—¿Se están peleando?

Se encogió de hombros.

—No tengo ni idea. Solo me han avisado de un altercado.

Hali se decidió en el acto.

—Voy contigo. De todas formas, tengo unas preguntas sobre las cámaras de seguridad. Creo que eres la persona más indicada para responderlas.

—¿Seguro? Creo que te esperan en la sala de seguridad.

—Son cinco minutos. Seguro que sobreviven sin mí. Además, van a tardar horas en revisar todas esas grabaciones.

—Si quieres venir, no voy a impedírtelo. —La sonrisa de Mike era amplia y radiante—. De todas formas, eres mejor respaldo que cualquiera de los que están en esa sala.

—Soy un auténtico encanto —convino Hali con una risa—. Vamos a ver qué pasa.

—ESTO SÍ QUE ES RARO —DIJO ANDREW mientras Gray pausaba, por quinta vez en menos de diez minutos, la grabación de la villa de Hali—. ¿Por qué no deja de volver allí?

—Podríamos preguntárselo. —La expresión de Gray era grave mientras recorría con la mirada la sala de seguridad—. Aunque se ha ido.

—No lo entiendo —intervino Cecily—. Mike forma parte del equipo de seguridad. ¿No es su trabajo hacer rondas periódicas por el resort?

—Sí, pero se ha parado delante de la casa de Hali cinco veces y apenas hemos empezado con las grabaciones —se quejó Gray—. Eso son cinco veces en… déjame ver. —Hizo las cuentas—. Cinco veces en dos horas. No deja de volver a ese aparcamiento. ¿No te parece raro?

Cecily se encogió de hombros.

—Las villas están reservadas para los clientes de alto nivel, ¿verdad? A lo mejor entra dentro de sus funciones vigilar esas zonas más a menudo.

—No es así —intervino Franklin. Por primera vez desde que habían entrado todos juntos en la sala, parecía pensativo—.

De hecho, es justo lo contrario. Nuestros clientes de alto nivel esperan más privacidad.

No debería pasar por allí más de un par de veces al día. En ese aparcamiento nunca ocurre nada.

—Entonces, ¿por qué no deja de volver? —preguntó Cecily, desconcertada.

Gray tenía una teoría, y no le gustaba nada.

—Que alguien saque el expediente de personal de Mike.

Ben, otro guardia de seguridad, asintió.

—Vale, pero a estas alturas lleva casi dos años en el resort. No pensarás que es él.

—A estas alturas no sé qué pensar. —Gray optó por la sinceridad—. Es posible que no deje de volver allí por Hali.

—¿Porque cree que se trae algo entre manos? —preguntó Cecily.

—No, porque está colado por ella.

—Desde luego que está colado por ella —confirmó Ben—. Habla de ella sin parar, sobre todo desde que se enteró de que salía contigo. Aunque ya hablaba de ella antes de eso. Decía que estaba buenísima.

—Está buenísima —dijo Franklin—. Fue lo primero que me llamó la atención la noche que la atropellé. Hasta retorciéndose como un pez fuera del agua era imposible no fijarse en lo buena que estaba.

—Estás pidiendo a gritos que te haga daño —gruñó Gray.

—Aquí está. —Ben señaló su pantalla.

—Léemelo —ordenó Gray. Seguía mirando las imágenes de la villa de Hali, y cada aparición de Mike le daba un vuelco en el estómago—. En algunas de estas visitas ni siquiera está de servicio. Pasa por allí incluso cuando debería estar en su casa.

—La está acosando —observó Andrew—. Eso es lo que parece.

—Sí. —A Gray se le revolvió el estómago—. Cecily, ¿puedes ir a buscarla y traerla, por favor? Tiene que saber esto.

—Claro. —Cecily se dirigió hacia la puerta—. No quiero ser agorera ni nada, pero que la esté acosando no significa que esté matando a las otras mujeres.

—Puede que no —concedió Gray—. Aun así, no me gusta nada. ¿Puedes ir a buscarla, por favor?

—Claro. —Cecily se marchó justo cuando Mike aparecía una vez más en la grabación.

—Lo voy a matar —murmuró Gray—. Voy a…

Hizo el gesto de partirle el cuello a alguien.

—Cálmate —lo reprendió Andrew—. Un enamoramiento no es motivo para matar a nadie.

—La estaba acechando —espetó Gray—. Tú mismo lo has dicho. Te apuesto lo que quieras a que, si sacamos las grabaciones del bar tiki, allí también se pasaba el día vigilándola.

Lo que más desgarraba a Gray era lo que venía después.

—Ella no se daba ni cuenta porque él pasaba desapercibido. Se suponía que era una presencia protectora en el complejo y, en lugar de eso, estaba tramando cómo hacerle daño.

—Vale, eso es sacar conclusiones precipitadas —replicó Andrew—. No ha sido agresivo con ella ni lo más mínimo.

Eso era verdad, reflexionó Gray. Incluso se había mostrado bastante cordial al enterarse de que Hali estaba metida en el asunto. Aun así, algo no encajaba.

—Aquí solo hay lo básico —apuntó Ben—. Tiene veintinueve años. Creció en Sweetwater. Parece que vivió allí hasta que se mudó a la costa del Golfo. Trabajó en el Reef Resort, que está aquí cerca, antes de conseguir este puesto hace dos años.

—¿Sweetwater? —Gray levantó la barbilla de golpe, con la mente a mil por hora.

—¿Eso es importante? —preguntó Franklin.

—Es que… eso está muy cerca de los Everglades —respondió Gray.

—Sigo sin entender qué importancia tiene.

—Los Everglades son tierra de muchísimas leyendas —explicó Andrew—. Según dicen, allí viven unas cuantas criaturas paranormales.

—¿Como el Skunk Ape? —preguntó Ben, con un desconcierto genuino pintado en la cara.

—Yo pensaba más bien en los cambiaformas pantera —respondió Gray—. Tienen una manada enorme allí… y no les da ningún reparo expulsar a los suyos.

—¿Las marcas de garras? —Franklin se irguió en la silla—. Crees que las hizo una pantera.

—Creo que es totalmente posible. —Gray desvió la mirada hacia la puerta cuando Cecily regresó… sola—. ¿Dónde está?

—No te alarmes —advirtió Cecily.

—Vaya manera de empezar una conversación. —Gray ya estaba de pie—. ¿Dónde está?

—No está ahí fuera. —Cecily tenía el gesto grave—. Laura está en la barra. Dice que Hali pidió un café y que luego se entretuvo con alguien antes de volver.

—¿Con quién? —A Gray se le aceleró el corazón antes de que Cecily respondiera. Sabía perfectamente lo que iba a decir.

—Con Mike. —La expresión de Cecily se torció—. Laura no oyó la conversación. Solo sabe que Mike le dijo algo a Hali y que se marcharon juntos por la puerta lateral.

Gray pasó junto a ella como una exhalación y salió por la puerta.

—Gray, no hagas esto solo —le gritó Andrew a su espalda—. Déjanos acompañarte.

Gray no estaba escuchando. El corazón le martilleaba un canto de guerra que ahogaba todo menos el ruido de su propia cabeza. Hali estaba en apuros y lo más probable era que ni se hubiera dado cuenta. Tenía que llegar hasta ella… y rápido.

—NO VEO A NADIE. —Hali dio un sorbo al café y estudió el aparcamiento lateral con ojos indescifrables—. Si alguien se estaba peleando aquí fuera, ya se ha ido. Eso son buenas noticias para ti.

—Supongo. —Mike le daba la espalda, con los hombros en tensión, y la frustración emanaba de él en oleadas mientras contemplaba el aparcamiento. Estaba abarrotado de vehículos y, sin embargo, no había ni un movimiento, lo que significaba que los huéspedes se estaban divirtiendo en otra parte.

—¿Tienes que hacer algo? —preguntó Hali—. Si hay que recorrer el aparcamiento, te acompaño, por si acaso. No deberías ir solo. Si no, me vuelvo.

—Tengo que recorrer el aparcamiento —respondió Mike con desgana—. Es el procedimiento.

—Me lo imaginaba. —Hali soltó un suspiro cargado—. Voy a acabar empapada en sudor, pero vamos allá.

—Sí. —Mike guardó silencio mientras dejaban atrás las habitaciones.

Ninguna tenía balcón con vistas al aparcamiento, así que no había movimiento en las ventanas.

Aun así, esperó hasta que llegaron al extremo más alejado del aparcamiento, desde donde se veía el mar al otro lado del complejo, para volver a hablar—.

Tu novio lo ha fastidiado todo. Creo que merezco una disculpa.

El tono de Mike la desconcertó y Hali volvió la mirada hacia él muy despacio.

—¿Qué? —Estaba comprensiblemente confundida—. ¿Quién ha fastidiado qué?

—Gray. Ese… chucho. ¿Qué narices le ves? —Los ojos de Mike estaban llenos de furia cuando los volvió hacia Hali—. Está muy por debajo de ti.

Por primera vez desde que habían salido del vestíbulo, Hali intuyó el peligro.

Le entraron ganas de darse una bofetada por no haber comprendido hasta ese preciso instante que se había metido ella misma en una situación delicada, pero no estaba lo bastante asustada para entrar en pánico.

En lugar de eso, tomó aire y le ofreció una sonrisa cordial.

—Entiendo que Gray no te caiga bien —empezó.

—Lo ha arruinado todo. ¿Por qué iba a caerme bien?

—Nadie dice que tenga que caerte bien. —Hali optó por ser razonable—. Es un buen hombre, pero es comprensible que choquéis. Los dos sois alfas.

Mike soltó una risa sin pizca de humor mientras flexionaba los dedos.

—Yo soy alfa. Él no. Y se lo voy a demostrar.

Hali se puso rígida y se quedó quieta. La situación era increíblemente extraña y no tenía ni idea de qué se suponía que debía hacer al respecto.

¿Intentar calmarlo? ¿Atacar y echar a correr?

Esta segunda posibilidad la incomodaba. La cadera no le dolía ni de lejos tanto como el día anterior, pero no estaba segura de que le aguantara al correr.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Hali mientras intentaba centrarse—. ¿Me has atraído hasta aquí a propósito?

—Creo que te ofreciste tú. —Mike inclinó la cabeza—. Si no me equivoco, fuiste tú la que se ofreció a acompañarme cuando estábamos en el bar.