Come, bebe y sé bruja Diecisiete #2
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Diecisiete #2

Hali parpadeó dos veces.

—¿Qué interés?

—El interés en nosotros.

—Ah. —Lo pensó un momento—. En parte, probablemente, pero no del todo. La gente es muy cotilla. No puede evitarlo. ¿Por qué? ¿Te lo estás replanteando?

—No. Simple curiosidad.

—Mi plan es ignorarlos. Si los ignoro lo suficiente, acabarán obsesionándose con otra cosa.

—Buen plan.

Hicieron el resto del camino en silencio. Cuando llegaron al vestíbulo, había varias personas —incluidos Franklin, Cecily y Andrew— en la oficina de seguridad. Todos hablaban a la vez y reinaba el caos absoluto.

—Yo creo que deberían descartarme —se quejó Franklin—. Es evidente que no soy culpable.

—Nunca pensé que lo fueras —replicó Andrew—. El localizador era una forma de protegerte. Funcionó, así que cállate.

—Ay, ojalá se callara —se lamentó Cecily.

Gray apretó la mano de Hali una vez más y luego la soltó.

—No nos peleemos, ¿vale? Discutir no nos va a llevar a ninguna parte.

—Tiene gracia que lo digas ahora —refunfuñó Franklin—. Cuando era yo el que estaba en el banquillo, no veías el momento de discutir conmigo. Ahora que tú eres el sospechoso, te pones todo amable y encantador.

—Como siempre, un placer verte, Franklin —dijo Gray arrastrando las palabras y poniendo los ojos en blanco—. ¿Tenemos la grabación preparada?

—La tenemos pausada unos treinta minutos antes de que se cortara —respondió Mike—. Nos pareció que estaba bien así.

Gray asintió.

—Veámosla.

Todas las miradas se volvieron hacia la pantalla. Hali no veía bien, así que Gray le dio una patada a la silla de Franklin, que estaba delante, y le dijo que se moviera.

—Aquí el jefe soy yo —le espetó Franklin—. Creo que merezco una silla.

—La atropellaste con un carrito de golf y ahora le cuesta estar mucho rato de pie. —Gray lo dijo sin inmutarse—. Dale tu silla, o te la quito yo.

Franklin abrió mucho los ojos y se volvió hacia Cecily.

—¿Tú te lo crees?

—Resulta que estoy de acuerdo con él —respondió Cecily—. Dale tu silla, grandísimo llorica.

Franklin masculló algo entre dientes, pero al final cedió la silla. Lanzó puñales con la mirada a Gray durante un buen rato y luego volvió a mirar la pantalla.

—Nadie me respeta.

—Igual deberías pararte a pensar por qué, en lugar de quejarte de que pase —reflexionó Hali mientras se sentaba. En otras circunstancias habría rechazado la silla por pura cuestión de principios, pero no quería darle a Franklin esa satisfacción—. Creo que algo dice de ti.

—Deja de hablarme —ordenó Franklin—. Y eso va por todos. Aquí nadie me respeta.

—Eso también es culpa tuya —dijo Gray. Las manos se le fueron automáticamente al cuello de Hali y se lo masajeó suavemente mientras veía la grabación—. Esos somos nosotros —añadió, indicando con la cabeza en un momento dado—. Ahí vamos hacia dentro.

—A jugar al Monopoly, ¿no? —dijo Franklin arrastrando las palabras.

—Cállate —le espetó Gray. No pudo evitar sonreír al ver a Hali bajarse de su espalda y colocarse delante de él para decirle algo. Sabía perfectamente lo que le estaba diciendo, y todavía se le encendía la sangre al recordar la manera coqueta en la que ella había echado a andar hacia la villa.

—Desprendéis tanto sex appeal que se podría embotellar y vender —comentó Cecily mientras veía la grabación—. En serio, es un espectáculo digno de ver.

—Esto es muy raro —se quejó Hali—. No me gusta verme cuando ya lo he vivido de verdad. Es raro.

—No te quejes —replicó Franklin—. Tampoco es que salgas desnuda. Aunque… ¿os desnudáis? —La idea pareció intrigarle.

—Cállate. —Gray le dio un cogotazo a su antiguo tío—. Deja de ser un cerdo.

—Era solo una pregunta.

—Eres un auténtico cerdo.

—Eres un cerdo, sí —convino Cecily.

Adelantaron la grabación en busca de señales de movimiento, y las encontraron en forma de un repartidor de pizza.

—¿Cena tardía? —preguntó Cecily.

Gray asintió.

—Los dos teníamos hambre.

—Ese es Eric —intervino Mike desde el fondo del grupo—. Lleva repartiendo pizzas aquí al menos seis meses.

—No creo que sea él —señaló Gray, y frunció el ceño al verse abrir la puerta para recoger la pizza. Iba sin camiseta.

—¿Pero vosotros habéis comido en la cama? —quiso saber Franklin.

—¿Quieres que te haga daño? —gruñó Gray—. Porque lo haré. Y además lo disfrutaré.

Siguieron mirando unos minutos más. Fuera del edificio no se movía nada. Dentro, lo único que llegó a distinguirse fue cómo se apagaba la luz del salón y la villa quedaba sumida en la oscuridad.

—¿Ya está? —preguntó Andrew justo en el instante en que la imagen se llenaba de interferencias—. Pues parece que sí.

—¿Cuándo se recupera la grabación? —preguntó Gray.

—No se ha recuperado —respondió Mike—. La cámara no quiere reiniciarse. El técnico está en ello, pero cree que quizá tenga que cambiar el aparato entero.

—Pues eso no es bueno. —Cecily desvió la mirada hacia Gray—. ¿Qué crees que significa?

—Bueno, es evidente que fue alguien que sabía que la cámara estaba ahí —contestó Gray—. Con suerte, el técnico podrá decirnos cómo la estropearon en un principio. Aunque puede que tarde días.

—Pero a mí ya me habéis descartado, ¿no? —insistió Franklin.

—En serio, tienes que callarte —le soltó Andrew—. Esto es grave. El forense cree que mataron a Emily después de las once de anoche. Todavía está calculando la hora exacta de la muerte.

—O sea, que fue después de que volviéramos a la villa —reflexionó Gray—. ¿Crees que quien lo hizo estuvo vigilando y supo que tenía que esperar a que estuviéramos de vuelta para matarla?

—Es posible —respondió Andrew—. Emily no tenía marcas de garras. No es exactamente el mismo escenario y, aun así, creer que tenemos dos asesinos distintos es un salto que no estoy dispuesto a dar.

—Es mucha casualidad —coincidió Gray—. Desde luego es un solo asesino. O puede que sea un grupo de asesinos. —Vaciló y luego se lanzó sin más—. Resulta que sé de un grupo de individuos que ofrece servicios muy concretos a las turistas a lo largo de toda la playa.

Andrew arqueó una ceja.

—¿Servicios muy concretos?

—Son gigolós —aportó Hali—. Ofrecen sexo y compañía a cambio de dinero.

—Ah, pues genial. ¿A quién no le gusta una historia con gigolós de por medio? —Andrew se frotó la frente.

Gray se rio entre dientes.

—Hali es la única que usa esa palabra. Los demás la evitan.

—Yo creo que es la palabra adecuada —insistió Hali.

—¿Crees que tienen algo que ver con esto? —preguntó Andrew.

—No, pero no puedo descartarlos del todo —respondió Gray—. Dos miembros del grupo se acercaron a Hali anoche en el bar tiki… y no fueron precisamente amables.

—¿Qué quieres decir?

—Que les molestaba que estuviéramos investigando sus actividades.

—¿Estás bien? —le preguntó Andrew a Hali.

—Estoy perfectamente —le aseguró ella—. Tenía la situación completamente controlada antes de que la brigada de héroes apareciera de golpe y espantara a mis nuevos amigos.

Pese a lo tenso de la conversación, Andrew sonrió de lado.

—Ya. Bueno, me alegra que estés bien. Aunque eso no nos ayuda a acotar quién está haciendo esto.

—No. Pero sí me da que pensar. —Gray dirigió su atención a Mike—. Quiero ver la grabación de todo el día del exterior de la casa de Hali.

—¿Por qué? —preguntó Mike, escéptico.

—Es solo una intuición. Doy por hecho que alguien se pasó por la villa a lo largo del día para ver si estábamos. Como mínimo, alguien estaba vigilando para saber cuándo apagábamos las luces. Esperaron hasta estar seguros de que estábamos fuera de combate para actuar.

—No es mala idea —dijo Andrew—. Puede que salgan en las imágenes de más temprano.

—Rebobina lo que ya tienes —dijo Mike—. Vas a tener que retroceder un buen rato.

—Me parece bien.

Hali soltó un leve gruñido al levantarse y clavó en Gray una mirada de advertencia que le decía que no hiciera ningún comentario.

—Mientras hacéis eso, voy a traernos café del bar del vestíbulo. Si esto va a durar más de unos minutos, necesito cafeína.

—Vale. —Gray le dedicó una sonrisa—. No hace falta que te quedes conmigo para esto si no quieres. Puedo hacerlo solo.

—Ni hablar. —Hali negó con la cabeza—. Ya estoy metida en esto. No pararé hasta que tengamos respuestas.

—Ese es el plan. —Gray estaba serio—. Quiero acabar con esto hoy.

—Todos queremos lo mismo —dijo Cecily—. Veamos las grabaciones. Cuanto antes empecemos, antes acabaremos. Solo espero que tengáis razón. Si en esas imágenes no aparece nadie, volveremos a la casilla de salida.

—Y eso no lo quiere nadie —dijo Andrew—. Necesito una pista por dónde tirar, gente. Se me está cerrando el cerco.

—Pues vamos a buscarte esa pista —dijo Gray—. Tenemos que resolver esto… y rápido.