Diecisiete
La agitación de Andrew al darse cuenta de dónde habían encontrado el cuerpo fue como la de un volcán en erupción.
—Pues esto es genial —espetó con la mirada clavada en Gray—. ¿Tienes idea del marrón que nos va a caer?
Gray se lo imaginaba, aunque sabía que era una pregunta retórica.
—Tampoco es que lo hayamos planeado.
—Pero ¿estabais dentro?
Gray asintió.
—Estábamos dormidos.
—O haciendo otra cosa —murmuró Mike entre dientes.
Gray tenía el oído fino y no se le escapó el comentario.
—Ahora no.
Andrew se pasó una mano por el pelo.
—Esto pinta muy mal, Gray.
—Para Franklin pinta bien —replicó Cecily—. Tiene coartada para la hora en que se la llevaron y la dejaron aquí.
—Creía que las cámaras no funcionaban.
—Aquí —respondió Mike—. Justo después de las once se llenaron de interferencias. Pero las del hotel siguen funcionando, y Franklin tiene coartada, sin ninguna duda. Hice que los chicos lo comprobaran dos veces mientras te esperábamos.
—Pues me alegro por Franklin. —El malhumor de Andrew era tan grande que necesitaba código postal propio—. Eso no cambia que la cosa esté fea para estos dos. —Señaló a Gray y a Hali.
—Yo diría que es peor para él que para ella —respondió Mike con total naturalidad—. Con esa cadera, es imposible que ella cargara con un cuerpo.
Gray entrecerró los ojos hasta dejarlos en dos rendijas de fastidio.
—Gracias, tío.
—No hay de qué.
—Andrew, sabes que no fui yo. —Gray empleó su tono más razonable—. No sería tan idiota como para dejar un cadáver detrás del sitio donde estaba pasando la noche.
—Ah, seguro que ese argumento le encanta a mi capitán. —Andrew apretó los labios y sacudió la cabeza—. Mal asunto. ¿Qué captaron las cámaras antes de cortarse?
La pregunta iba dirigida a Mike, que se irguió.
—No estoy seguro. Podemos ir a la oficina y comprobarlo.
—Vamos a tener que hacerlo así. —Andrew se cruzó los brazos sobre el pecho—. Esto es increíble.
—Está claro que alguien no quiere que metamos las narices en sus asuntos. El asesino nos ha elegido como distracción.
—Pues está funcionando. —Andrew chasqueó la lengua—. Supongo que empezaremos por la oficina de seguridad. Vosotros tenéis que quedaros fuera de la villa mientras el equipo esté aquí recogiendo pruebas.
—¿Van a entrar? —preguntó Hali.
Andrew arqueó una ceja.
—¿Hay algún motivo por el que no quieras que entren?
—Sí. —Hali asintió sin titubear—. Mis bragas están en el suelo del salón.
Gray se rio por lo bajo.
—Y tu sujetador.
—Ay, no seas asqueroso. —El asco de Andrew cayó como una bofetada—. Tenéis que moderaros.
—Pero estás de acuerdo en que no lo hicimos nosotros, ¿verdad? —insistió Gray.
—Por supuesto que no lo hicisteis —espetó Andrew—. Estabas demasiado ocupado tirándotela. Y, aunque no hubieras estado con ella, no hay móvil.
—Entonces, ¿cómo lo arreglamos? —preguntó Hali.
—Empezamos por el vídeo y ya veremos. —Andrew se sacó el teléfono del bolsillo—. Por ahora tenéis que largaros de aquí. Voy a llamar al equipo. No quiero que os pongáis en medio. Ya iremos viendo.
—Vamos a desayunar —sugirió Gray—. Es adonde íbamos. Cuando terminemos, podemos vernos en la sala de seguridad y mirar el vídeo juntos.
—Vale. —Andrew sacó el labio inferior en un mohín—. Solo por una vez me gustaría ser yo el que desayuna mientras los demás trabajan.
—Para eso vas a necesitar otro trabajo —señaló Hali.
—Gracias, Hali —dijo él arrastrando las palabras—. Jamás se me habría ocurrido yo solo.
—Solo era un comentario.
—Anda, ve a atiborrarla de huevos y patatas —gruñó Andrew—. Yo tengo que ocuparme de esto. En una hora, nos vemos en la sala de seguridad. No me hagáis ir a buscaros.
—Ni se nos pasaría por la cabeza —prometió Gray, y le puso la mano en la parte baja de la espalda a Hali para sacarla del patio—. Allí estaremos. Tienes mi palabra.
—ANDREW PARECE UN POCO tenso —comentó Hali mientras guiaba a Gray al interior del restaurante. Mindy estaba atendiendo las mesas, y Hali la saludó con la mano antes de señalar su mesa habitual del rincón.
La mirada de Mindy se demoró en Gray, pero asintió con una sonrisa ya preparada.
Gray le retiró la silla a Hali antes de sentarse él.
—Es un buen tipo. Solo está preocupado.
—¿Porque cree que nos van a echar la culpa?
—No. —Gray se recostó en la silla y estiró las largas piernas ante sí—. Me conoce lo suficiente para saber que no soy un asesino.
—No me conoce tan bien.
—Sí, pero tú eres pura dulzura y encanto.
—Gray le guiñó un ojo y luego se puso serio—.
También sabe que tú no lo hiciste. Su problema es que no puede controlar a sus jefes.
Me protegerá siempre que pueda —y yo haría lo mismo por él—, pero le da miedo lo que pueda pasar si pierde el control de la situación.
—¿Y cómo nos aseguramos de que eso no ocurra?
—Encontrando al verdadero asesino.
Hali inclinó la cabeza, pensativa.
—¿Y qué pasa si el verdadero asesino es del tipo de monstruo que tenemos que eliminar nosotros y no tenemos nada que ofrecerle?
A Gray se le encogió el estómago solo de pensarlo.
—No lo sé. Lo mejor sería asegurarnos de que esto termine de otro modo.
—Bueno, si eso es lo mejor, entonces es lo que haremos. —Hali le dedicó una sonrisa a Mindy cuando la camarera, siempre tan sociable, se les acercó—. ¿Te has enterado?
—¿De que tienes un cadáver detrás de tu casa? Sí. —Mindy tenía los ojos puestos en Gray—. Soy Mindy Grant. Tú eres el famoso Gray del que tanto he oído hablar, ¿verdad?
—¿Y a quién se lo has oído? —exigió saber Hali.
—Oh, a todo el mundo. —Mindy sonrió con picardía—. Carrie me contó unas cuantas cosas cuando vino ayer. Creo que se habló de arreglar tu ropa interior, porque las abuelas del mundo entero se horrorizarían con tu colección.
Hali se dio una palmada en la frente mientras las mejillas se le encendían.
Gray se rio por lo bajo.
—Esa Carrie es un tesoro —dijo.
—Mike también ha estado dándole a la lengua —añadió Mindy.
Aquello hizo que la sonrisa se borrara de la cara de Gray.
—Seguro que sí. ¿Y qué ha estado contando?
—Sobre todo que ojalá hubiera sabido que Hali estaba abierta a ofertas antes de que tú aparecieras en escena, porque ahora ya es demasiado tarde.
—Desde luego que es demasiado tarde —convino Gray—. Es mía.
Hali bajó la mano para que no se perdiera su mirada asesina.
—No soy una propiedad. Nadie puede ser mi dueño.
—Claro que no.
—¡Que no lo soy!
—Hablando de tener los nervios de punta... —Gray le lanzó una mirada de advertencia—. Era una broma, Hali. No te pongas tan... tú. —Movió un dedo en el aire—. Si tienes un defecto, es que te alteras por tonterías.
—Tú no eres el que tiene que vivir en el complejo cuando todo el mundo habla de ti —señaló Hali.
—Tampoco es que anden cuchicheando que preparas pociones de amor en tu cocina en tu tiempo libre. Simplemente se preguntan cosas sobre ti y sobre mí porque es algo nuevo. Ya se irá calmando.
Hali odiaba —odiaba con todas sus fuerzas— que tuviera razón.
—Hablemos de otra cosa. —Forzó una sonrisa radiante que no sentía en absoluto—. ¿Qué dice la gente del cadáver?
—Nadie sabe nada. —Mindy le pasó una carta a Gray—. Solo dicen que había un cadáver en tu patio y que era una mujer. Se especula con que sea la profesora desaparecida, pero no se ha filtrado nada más.
—Aun así, es bastante impresionante —comentó Gray. No miró la carta. El desayuno era prácticamente igual en todas partes—. Supongo que en este sitio los cotilleos corren que vuelan.
—Somos como una pequeña comunidad —confirmó Mindy—.
Todo el mundo sabe de la vida de los demás.
Por ejemplo... yo sé que Ted, el del mostrador de conserjería, está colado por Giovanni, el del restaurante italiano.
Se queda mirando embobado hacia allí cada vez que Giovanni se encarga de recibir a los clientes en la entrada.
Giovanni, en cambio, está loco por Brad.
—¿El socorrista que tiene esa cosa en el pecho? —preguntó Hali con el ceño fruncido.
Mindy asintió.
—¿Esa cosa que él jura que no es un tercer pezón pero que no puede ser otra cosa? Sí.
Gray se rio entre dientes. Le gustaba escuchar las conversaciones de Hali y Mindy. Tenían una complicidad natural y Hali se mostraba relajada con ella, algo que no podía decirse de todos sus conocidos.
—¿Y qué me dices de Fred, el de mantenimiento? —insistió Hali—. Está coladísimo por Beth, la de limpieza, hasta el punto de que la ayuda a hacer las camas siempre que tiene un hueco en su horario.
—A mí me parece muy tierno —dijo Mindy.
—A mí también —dijo Hali—. Es que es más que evidente.
—¿Tan evidente como las quejas de Mike porque Gray y tú volvisteis juntos a casa anoche? Por lo visto Gray te llevaba en brazos o algo así —la pinchó Mindy—. Esta mañana no ha parado de refunfuñar durante el desayuno.
—¿Y cómo se ha enterado de eso? —preguntó Gray, desconcertado.
—No lo sé. Por lo visto estaba haciendo la ronda con Greg y cruzaban el aparcamiento cuando os vieron —respondió Mindy—. Dijo algo de que Gray echó una carrera contigo hasta la casa para desnudarte.
Hali volvió a sonrojarse.
—¿Nos vieron?
—La carrera no era para desnudarla —protestó Gray—. La perseguí porque ella echó a correr y dijo que podía... da igual. —Sacudió la cabeza—. No fue exactamente una carrera.
—Y, además, no fue anoche —le recordó Hali—. Fue la noche anterior. Anoche me llevaste a caballito.
—Eso no es lo que contó Mike —replicó Mindy—. Estaba bastante amargado con el giro de los acontecimientos. Yo, en cambio, creo que sois adorables. Bueno... sin contar el cadáver.
—Sí, el cadáver nos ha fastidiado los planes a todos —se apresuró a darle la razón Hali—. Por eso tenemos que desayunar rápido. Debemos estar en la oficina de seguridad en cuarenta y cinco minutos.
—Puedo darle prioridad —dijo Mindy—. ¿Qué os pongo?
DESPUÉS DEL DESAYUNO, HALI Y GRAY se dirigieron al edificio principal. Hali tarareaba para sí y sonrió cuando Gray entrelazó los dedos con los de ella. Era un momento sencillo, y sabía que no debería estar contenta teniendo en cuenta la muerte de Emily, pero no podía evitar sonreír de oreja a oreja.
—¿Crees que todo el interés decaerá al cabo de unas semanas? —preguntó Gray.