Dieciséis
—Ni se te ocurra salir de esta cama.
A la mañana siguiente, Gray atrapó a Hali en cuanto empezó a removerse y la abrazó contra sí antes de que pudiera escapar del calor de su capullo.
Divertida, Hali lo miró por encima del hombro.
—Iba a comprobar cómo tenía la cadera.
—Ah. —Gray le escrutó el rostro un largo instante—. ¿Eso puede esperar cinco minutos?
—Supongo. —Hali se giró con cautela hacia el otro lado, de modo que quedaron cara a cara. No sintió ninguna punzada en la cadera, lo que interpretó como buena señal—. No me duele. Al menos eso creo.
Gray le apartó el pelo alborotado de la cara y le dio un beso rápido.
—Quédate ahí y gírate hacia el otro lado.
Confusa, Hali lo observó salir de la cama de un salto y correr al otro lado. Cuando volvió a meterse bajo las mantas, la atrajo hacia sí. Ahora la cadera que tantos problemas le daba era la que quedaba arriba, y él se la buscó de inmediato y empezó a masajeársela.
—¿Mejor? —preguntó él, y ella soltó una risa.
—Mejor —convino ella, con los ojos chispeantes.
—Bien. —Tenía los dedos fuertes y apretaba a conciencia. No le hacía daño, pero era un masaje para notarlo, no para ignorarlo—. Así que ya no estás enfadada, ¿verdad?
Ella alzó un hombro con desgana.
—En realidad no estaba enfadada.
—No es así como yo lo recuerdo.
—Pues es la verdad. No estaba tan enfadada… al menos no con vosotros.
—¿Significa eso que estabas enfadada contigo misma?
—Más o menos. Que sintierais la necesidad de lanzaros al rescate como lo hicisteis da a entender que no se me da demasiado bien eso de ser una tipa dura.
—Venga ya. —Gray hizo una mueca—. Por supuesto que eres una tipa dura. No reaccioné así por eso. Y, además, yo no me lancé al rescate. Yo nunca me lanzo al rescate.
La risa de Hali fue tan cálida y ligera que Gray sintió que veía el sol por primera vez.
—Capté su olor cuando estaba en el túnel que hay junto a la piscina infantil —dijo él, rememorando—. Supe al instante que algo iba mal.
Hali le recorrió con las puntas de los dedos las facciones recias del rostro.
—Me imaginé que habías venido por el túnel. Estaba pensando en ti justo antes de que aparecieran, y puede que escudriñara la acera buscándote.
—¿Puede que lo hicieras, eh? —Gray le besó las puntas de los dedos cuando le rozaron los labios.
—Puede —convino Hali.
—Anoche no te lo pregunté porque no quería forzar las cosas, pero mencionaste que habían pasado por allí antes, durante el día. ¿Por qué no me mandaste un mensaje o algo?
—Porque no fue para tanto. Se mostraron alterados, pero pensé que solo se quejaban por el gusto de oírse quejar. No tenía ni idea de que iban a volver.
—Aun así, ojalá me hubieras llamado.
—Puedo cuidarme sola. —Hali fue tajante—. Llevo muchísimo tiempo cuidándome sola, y eso no va a cambiar solo porque de repente seamos pareja.
Gray le agarró la muñeca cuando ella fue a retirar la mano y le colocó la palma contra la mejilla. Fue un gesto de una intimidad desgarradora.
—No quiero que cambies. Si no pude quitarte de la cabeza desde el primer momento fue precisamente porque eres tú.
—Entonces no veo dónde está el problema.
—Sabes perfectamente cuál es el problema.
—No quería discutir, pero tampoco sentía que pudiera echarse atrás en aquella discusión que se avecinaba—.
Ayer la cadera te estaba dando guerra, Hali.
Eres fuerte como nadie, pero no habrías podido correr si hubiera hecho falta. No te molestes en fingir que sí.
Hali soltó un suspiro largo y profundo.
—No quiero admitir que tienes razón.
—Sé que no.
—Me fastidia admitir algo así.
—Lo sé de sobra.
—Pero tienes razón.
Él sonrió con suficiencia.
—Eso es justo lo que pensé cuando me di cuenta de que estaban allí —dijo ella—. Sabía que no podía correr. Así que tenía que colocarme en un sitio desde donde pudiera lanzar magia y donde nadie pudiera acercarse por detrás a hurtadillas.
»No soy idiota —continuó, con la mirada clara—. Incluso cuando estoy lesionada, sé cómo protegerme. Tienes que entenderlo, porque esto no va a funcionar si sientes constantemente la necesidad de protegerme. Necesito ser capaz de protegerme yo misma.
Ella estaba siendo sincera con él, así que Gray supo que tenía que responder de la misma manera.
—No puedo evitar preocuparme de vez en cuando. Te tengo bastante cariño, y me da que te lo voy a tener aún más con el tiempo. ¿Podemos al menos hablar de la cadera?
Hali frunció el ceño.
—No quiero.
—Lo sé, y no tienes ni idea de cuánto siento que te duela tan a menudo. Pero si es algo que se puede arreglar… —Dejó la frase a medias.
—¿Y si la operación lo empeora?
—¿Puede ir a peor?
—Sí.
Gray siguió masajeándole la cadera mientras le daba vueltas al problema.
—Entiendo por qué tienes miedo —dijo al fin—. En tu lugar, yo estaría aterrado. Pero también estaría valorando mis opciones. Tú ni siquiera quieres hablar del tema.
—Porque se me revuelve el estómago. Tardé muchísimo en recuperarme del accidente. Todavía lo tengo muy reciente. Si algo saliera mal…
—Vale. —Él la estrechó contra su pecho—. No tenemos que hablar de eso hoy. Me siento como un imbécil por insistirte con esto. Es que odio verte sufrir.
—Lo sé. Y no soy tan mandona ni tan sabelotodo como para no reconocer que lo de anoche también fue consecuencia directa de que me doliera la cadera. Tienes razón. No podría haber corrido. Pero sí habría podido enfrentarme a dos cambiaformas sin problema.
—¿Y si a la mezcla le añadimos lo que mató a Rachel Champion?
Hali vaciló.
—No lo sé —dijo por fin—. ¿Crees que nos enfrentamos a algo nuevo?
—Creo que sería más acertado decir que puede que nos enfrentemos a algo nuevo para nosotros —aclaró él—. Si hay algo que no reconocemos cazando por los terrenos, probablemente sea antiguo. Por eso no lo reconocemos. No quedan muchos de esos… o al menos esa es mi impresión.
—Sí. —Hali apoyó un lado de la cabeza contra su pecho desnudo y sonrió cuando él le besó la coronilla—.
Me pregunto qué podrá ser. No se me da bien la parte de la investigación —es una de las mayores quejas de mi abuela respecto a mis habilidades brujeriles—, pero quizá podría encargárselo al aquelarre.
—¿Y qué harían? —preguntó Gray.
—Revisar los libros y hacer una lista de criaturas que podrían encajar. Eso no resuelve nuestro problema principal, pero si conseguimos reducir las posibilidades, solo puede venirnos bien.
—¿Crees que a tu abuela le parecería bien?
—Nunca sé muy bien qué piensa, pero probablemente sí. Con esas cosas suele portarse bien.
—Bueno, en ese caso, yo diría que no hay nada que perder.
—Entonces le escribo antes de salir.
Gray esperó un instante y luego frunció el ceño.
—¿Salir? ¿Adónde vamos a salir? Yo aquí estoy muy a gusto.
Ella se rio de sus quejas.
—Estaba pensando en llevarte a mi sitio favorito del complejo para desayunar. Nunca se llena, porque está en un rincón rarísimo, y uno de los camareros siempre tiene buenos cotilleos.
—Ya, mira, me has dado en dos puntos débiles a la vez. No quiero salir de esta cama. O sea… nunca. Pero el desayuno suena bien.
—No está lejos del bar tiki, así que también puedo probar la cadera.
Gray soltó un suspiro.
—Vale. —Volvió a acurrucarse contra ella—. Dos minutos más.
—¿De qué?
—De esto. —Le pasó las manos por la espalda, arriba y abajo, sin soltarla—. Ojalá pudiéramos centrarnos en nosotros y no en un posible monstruo.
—Podremos centrarnos en nosotros cuando hayamos matado al monstruo. Todo saldrá bien.
—Sí. Supongo. Aun así, en algún momento quiero un día entero en la cama.
—Ah, eso se puede arreglar sin problema. Los domingos me vienen mejor, porque es cuando el bar tiki está más muerto.
—¿Porque la gente deja las habitaciones?
—Básicamente.
—Pues que sea el domingo.
—Todavía tenemos que averiguar qué está pasando aquí, en el complejo.
—Lo averiguaremos.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque yo sé cosas.
—Ojalá yo tuviera tu fe.
—La tienes. Solo que todavía no lo sabes.
—Qué cosa tan rara de decir.
—Soy un tío raro. Tendrás que acostumbrarte.
—Supongo que podré soportarlo.
—Me alegra saberlo.
UNA HORA MÁS TARDE, HALI YA LE HABÍA ESCRITO a su abuela sobre la investigación, y los dos se habían duchado y vestido para el día. Iban de la mano y riéndose cuando salieron al patio de atrás. Toda la diversión se les esfumó en un instante en cuanto vieron lo que había en el patio.
—¡Ay, por todos los demonios! —Gray agarró a Hali por la cintura y la levantó en volandas antes de que pudiera pisar el cadáver despatarrado en el suelo. Lo hizo sin pensar; solo quería asegurarse de que no tropezara y acabara encima del cuerpo… y se hiciera daño en la cadera otra vez sin querer.
—Es Emily —dijo Hali ya sentada sobre la mesa, con los ojos desencajados de horror.
—La profesora desaparecida —convino Gray, llevándose las manos a las caderas—. Bueno… mierda. ¿Cómo ha llegado hasta aquí?
—¿Cómo es que no hemos oído nada?
Gray sabía perfectamente por qué no habían oído nada. Habían estado demasiado absortos el uno en el otro. El frenesí de una relación recién empezada habría ahogado cualquier cosa que pasara fuera.
—¿Dónde está tu pájaro? —Miró hacia la cama que le había montado a Wayne en la esquina del patio, pero estaba vacía.
—Casi nunca duerme aquí —respondió Hali—. La mayoría de las noches cae redondo en la playa… o en el aparcamiento… o en el nido de algún flamenco. Fue pura casualidad que ayer me tropezara con él.
—Pues genial. —La irritación de Gray asomó sin disimulo—. La única vez que lo necesitábamos de verdad.
Hali se encogió de hombros.
—De todos modos, no habría hecho nada para impedirlo.
—Puede que no, pero podía habernos avisado.
Gray se agachó con calma, cuidando de no apoyar las manos en el suelo para no dejar huellas. Inclinó la cabeza para estudiar los rasgos de Emily y arrugó la nariz.
—No creo que lleve mucho tiempo muerta —dijo al cabo de unos segundos.
Ahora le tocaba a Hali fruncir el ceño.
—¿Cómo es posible? ¿La tenían cautiva? —Le dio un vuelco el estómago—. ¿La estaban torturando mientras nosotros ya la dábamos por muerta?