Come, bebe y sé bruja Quince
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Quince

Gray se pasó el día hablando con profesores, recorriendo la playa y parando cada poco en el Salty Cauldron.

Hali le tenía un té helado preparado en cada visita y, aunque no llegaron a meterse mano, hubo flirteo de sobra para que los dos se quedaran con ganas de verse al salir del trabajo.

Acordaron que Gray la recogería a la hora del cierre y que luego pedirían una pizza a la tienda del resort. A los dos les sonó a velada perfecta.

Como era mitad de semana, Hali cerró el bar a las diez.

Iba canturreando mientras repasaba la barra y miró tres veces el reloj de la pared.

Gray llegaría en cinco minutos y quería tenerlo todo listo para no entretenerse en el bar.

Si se sentaba en un taburete, temía no ser capaz de volver a levantarse.

Estaba bajando las ventanas correderas para poder cerrarlas con llave cuando un ruido en la playa le llamó la atención. Al mirar por encima del hombro, al principio no vio nada; luego percibió movimiento entre los árboles y se le tensó todo el cuerpo.

Un silbido largo y grave llenó el aire de la noche. No era un sonido amistoso. Al contrario, le heló la sangre.

—¿Quién anda ahí? —exigió saber, apartándose del bar tiki y clavando la vista en los árboles—. No tengo tiempo para jueguecitos.

—¿Es porque viene tu novio? —gritó una voz. La reconoció.

—¿Necesitas algo, Cal? —preguntó con su voz más gélida.

Un rápido vistazo a uno y otro lado del tramo que rodeaba el bar tiki —una piscina por un lado, el paseo hacia el edificio principal por el otro— le confirmó que era la única persona allí fuera.

Gray llegaría de un momento a otro, por supuesto, pero no quería ponerlo en peligro. Mejor se encargaba ella sola.

—Solo quería terminar nuestra conversación de antes. —Por fin se dejó ver. Llevaba los hombros tensos y los puños apretados a los costados—. No creo que dejáramos el mensaje lo bastante claro. ¿No es así, Dylan?

A Hali no le sorprendió que el otro cambiaformas saliera de otro grupo de árboles.

Cada uno la tenía cubierta desde un ángulo distinto, y estaba en apuros…

al menos en lo físico. Corrían más que ella y eran más fuertes.

Sin embargo, ella tenía algo que ellos no: su magia la había sacado de más de un aprieto.

—Creo que antes se hacía la tonta a propósito —replicó Dylan—. Era como si nos entendiera, pero no quisiera entendernos. Una de esas profecías autocumplidas sobre las que tanto he leído.

—¿Tú lees? —contraatacó Hali con escepticismo. Sabía que no le convenía abrir la boca, pero era una de esas cosas que no siempre podía controlar—. Me dejas de piedra. Eso sí que es una novedad.

Los ojos de Dylan destellaron amarillos bajo la poca luz de la terraza cuando dio un paso al frente. Parecía a punto de transformarse, lo que significaba que ella no tendría más opción que usar su magia. No había otra forma de protegerse de un lobo en plena embestida.

—Qué boquita tienes. Estoy pensando que debería enseñarte a usarla para otros menesteres.

No había dado más que un paso cuando un gruñido lo dejó clavado en el sitio.

—Te conviene andarte con mucho cuidado —gruñó Gray—. Con mucho, mucho cuidado.

Hali se sobresaltó. No lo había oído acercarse, lo que significaba que probablemente había cortado por la zona del túnel que mantenía la piscina infantil a la sombra.

Conocía bien el terreno y se sabía todos los atajos.

La ferocidad de su voz hizo que Hali se preguntara si aquello iba a acabar en sangre.

—Gray. —Le tembló la voz.

—Cariño, necesito que te quedes ahí. —La voz de Gray fue más suave al dirigirse a ella, pero cuando apareció a la vista parecía listo para la guerra. Por su postura, Hali supo que iba a protegerla con todo lo que tenía, incluso con su vida.

Para Hali, eso era inaceptable, sin más.

—Ni de broma —espetó—. No voy a dejar que pelees solo contra ellos. Además, puedo prenderles fuego desde diez metros. Limpio y sin complicaciones.

Dylan y Cal se quedaron petrificados al oírla. Se miraron, como si estuvieran calibrando si decía la verdad, y luego Cal dio otro paso vacilante hacia delante.

Era una prueba, así que Hali decidió que decepcionarlos no era una opción.

—Luego no digas que no te avisé.

Lanzó una ráfaga de magia en su dirección e hizo una mueca cuando el fuego impactó y le llegó el olor a carne quemada. Cal soltó un aullido y cayó de espaldas, rodando de un lado a otro en la arena para apagar las llamas, mientras Dylan emitía un gruñido.

—Si nos atacas, mataré a tu novia —amenazó el cambiaformas que seguía en pie—. Puede que no sea esta noche, pero pasará. Y antes la haré sufrir de todas las formas posibles.

—¿De verdad crees que soltar amenazas te va a ganar puntos con nosotros? —replicó Gray—. Lo único que consigues es cavarte una fosa más honda. Voy a disfrutar cuando te mate.

Antes de que Dylan pudiera responder, otra figura apareció en la playa. La silueta del recién llegado era oscura, pero Hali lo reconoció de inmediato.

Vinson Vin Madden era un estereotipo con patas.

Tenía el pelo largo y oscuro, la piel de una blancura enfermiza y unos labios que resaltaban en aquella palidez tenebrosa porque parecían rojo sangre contra su piel cadavérica.

No se aventuraba a salir de día y estaba más que encantado de enseñarle los colmillos a quien se molestara en pedírselo.

Interpretaba el papel de vampiro a la perfección porque le encantaba abrazar el estereotipo…

pero su lealtad no conocía límites, y era leal a Hali.

—¿Qué tenemos aquí? —gritó. No sonaba nada contento—. ¿Hay desfile de mascotas y nadie me ha avisado?

—¡Oye! —espetó Gray.

Vin soltó una risita grave.

—En realidad no pretendía insultarte. Aunque sí tengo curiosidad por saber por qué este está en el suelo y huele como si debiera ir en un panecillo cubierto de kétchup, mientras el otro sigue lanzando amenazas.

—Yo tampoco tengo muy claro qué está pasando —reconoció Gray—. Acabo de llegar.

—Estuvieron aquí antes —explicó Hali—. Vinieron a protestar porque Ray les había dicho que Paradise Lodge era zona prohibida para sus juegos de gigolós.

—¡No somos gigolós! —ladró Cal desde el suelo.

—Ni siquiera sé qué está pasando, pero me habéis conquistado solo con oír la palabra «gigoló» —declamó Vin—. Me muero por oír esta historia.

—Creo que primero hay que sacar la basura.

Gray se dirigió hacia Dylan con paso decidido.

—No sé qué tenías planeado aquí, pero de eso nada.

Lo agarró por la pechera de la camisa y lo sacudió con fuerza, mientras el cambiaformas forcejeaba sin demasiada convicción por apartarlo.

—¡No vuelvas a acercarte a ella nunca más! ¿Me oyes?

Dylan asintió sin decir nada. Parecía derrotado, con los hombros hundidos.

—Necesitamos dinero, tío. Nos está quitando una de nuestras mejores zonas. No es justo.

—La vida no es justa —espetó Gray—. Buscaos un trabajo de verdad. Si volvéis por aquí, que sepáis que os mataré.

—Si ella no lo hace antes —añadió Vin, que inclinó la cabeza hacia Hali—. Quiero decir… parecía tenerlo todo bajo control antes de que llegáramos nosotros a echar una mano.

—Eso ni se discute —convino Gray—. No dudo ni un segundo de que podría haberse ocupado ella sola de la situación. Aunque se supone que esta es mi gente.

Parecía asqueado.

—¿Sabe Ray que estáis aquí?

—Ray está demasiado ocupado plegándose a tus exigencias para prestarnos la menor atención —gruñó Dylan—. Ray no quiere ponerse a malas contigo, perjudique o no a nuestro negocio.

—Pues parece que Ray y yo vamos a tener otra conversación mañana —dijo Gray—. Hasta entonces, recoge a tu amigo y largaos de esta propiedad. Si volvéis, os mataré. Y no me temblará el pulso al hacerlo.

—¿Por ella? —Dylan señaló con el pulgar en dirección a Hali.

—Porque es lo correcto —respondió Gray—. Aunque, para que quede claro, no hay nada que no sea capaz de hacer para protegerla. Será mejor que te vayas haciendo a la idea.

—Y si él falla, aquí estaré yo —añadió Vin—. Os superamos en categoría y en potencia de fuego.

Gray hizo una mueca exagerada.

—¿Y por qué iba a fallar? Soy mucho mejor que ellos.

—Anda, no te pongas dramático. —Vin se cruzó de brazos y esperó—. Tenéis treinta segundos. Es lo que va a durarme la paciencia.

A Dylan no hubo que decírselo dos veces. Agarró a Cal por las axilas y lo puso en pie. Se alejaron hacia el agua en lugar de hacia la acera.

—No volveremos —prometió.

—Si volvéis, será la última vez —advirtió Gray.

—Entendido.

Vin permaneció donde estaba y siguió con la mirada a los dos durante unos segundos, mientras se alejaban por la playa. Sonreía cuando volvió a centrar la atención en Gray y Hali.

—Esa es la frase más cursi que he oído en mi vida. Si volvéis, será la última vez. —Imitó la voz de Gray—. Sacada directamente de un culebrón.

—Anda, cállate.

En lugar de saludar a Vin, Gray se acercó a Hali. Le posó los dedos en la mejilla con delicadeza.

—¿Estás bien?

—Estoy bien. —Las palabras salieron antes de que Hali fuera consciente de lo que iba a decir. Entonces frunció el ceño—. En realidad, no estoy bien. Lo tenía todo controlado.

—Lo tenías. —Gray la cogió por la cintura antes de que pudiera protestar y la plantó en uno de los taburetes exteriores—. Yo termino de cerrar. —Lanzó una mirada a Vin—. ¿Quieres tomar algo?

—No me vendría mal. —Vin lo miró con curiosidad mientras se acomodaba en el taburete de al lado de Hali. Le divirtió ver que Gray abría la ventana corredera que ella había bajado y cogía la batidora.

—¿Qué va a ser?

—¿Se puede saber qué está pasando? —refunfuñó Hali.

—Eres guapísima —soltó Gray al encontrarse con su mirada asesina—. ¿Te he dicho ya lo guapa que eres?

—Increíble. —Hali alzó las manos al cielo.

La sonrisa de Vin fue rápida y espontánea.

—Veo que habéis decidido que ya no hace falta fingir que no os gustáis. Me alegro, porque ese juego iba a cansar enseguida.

—Somos pareja oficial —confirmó Gray mientras echaba hielo en la batidora—. En serio, ¿qué quieres?

—Sorpréndeme —respondió Vin.