Catorce #2
—¿Alguien les aceptó la oferta?
—Que yo viera, no. Aunque tampoco estaba muy atento. Hacemos nuestro círculo nocturno a las once y después de eso… bueno… —Bod extendió las palmas de las manos—. Ya sabes cómo va la cosa.
—Sí, os ponéis hasta las cejas de maría y os laméis unos a otros —respondió Gray—. Sé perfectamente cómo va la cosa.
—No seas aguafiestas —lo reprendió Bod—. No le hacemos daño a nadie.
—Precisamente por eso no te doy más guerra de la que ya te doy.
—¿Y esto es contenerte? No tenía ni idea.
Gray se tragó una réplica de lo más florida.
—Hazme un favor y no quites el ojo de la playa, ¿vale?
—Siempre vigilo la playa. Es mi trabajo.
—Vigila también a tus amigas. —Gray bajó la voz—. No sé si serían objetivos —ahora mismo nuestro enemigo parece centrado en los profesores—, pero eso no significa que no ampliara el radio si se le presentara la ocasión.
—Las vigilaré —prometió Bod—. ¿Y tú qué vas a hacer?
—No lo sé. —Gray abrió las manos—. Tengo la sensación de que la respuesta debería ser obvia y, sin embargo, no dejo de dar vueltas.
—Querrás decir que no dejas de volver a Hali porque no puedes mantenerte alejado.
—Soy capaz de hacer mi trabajo y de salir con alguien a la vez.
—Por supuesto que sí. Pero ella no es una distracción cualquiera. Es algo más.
Como Gray no podía rebatirlo, se limitó a alzar la mano a modo de medio saludo y echó a andar de nuevo por la playa en dirección a Paradise Lodge.
—Recuerda lo que te he dicho. Ten cuidado. Mantén los ojos abiertos y llámame si ves algo.
—¿Te vas a quedar en el resort?
La pregunta iba con segundas, pero Gray se limitó a encogerse de hombros.
—Todo es posible.
—Enhorabuena —exclamó Bod—. Me gusta ver esa sonrisa en tu cara y oírla en tu corazón.
—¿Puedes dejar de decir esas cursiladas raras? Eso de ahí —lo de oírla en el corazón— es justo por lo que nadie te toma en serio.
—Me parece bien.
De algún modo, Gray sabía que era cierto.
HALI ESTABA SENTADA EN EL TABURETE PREPARANDO copas detrás de la barra mientras se reprochaba en silencio haberse hecho daño lo suficiente como para que Tanya tuviera que llevar todas las copas a las mesas.
No le parecía justo, y estaba calculando mentalmente cuánto extra debería darle cuando dos sombras enormes pasaron por delante de la ventana del bar tiki.
Al levantar la vista, Hali tuvo que luchar contra el impulso de fruncir el ceño cuando vio a los dos hombres plantados frente a ella.
Los reconoció —aunque no tenía nombres que asociar a esas caras— como dos de los compinches de Ray de la noche anterior.
Tenían «cambiaformas» escrito en la frente, y Hali sabía que no estaban allí por un arranque de altruismo ni para ofrecer su ayuda.
—¿Puedo ayudaros en algo? —preguntó con voz neutra cuando ninguno de los dos abrió la boca de inmediato.
—¿Qué tienes de barril? —Uno de los cambiaformas, el más grande, apoyó un codo en la barra y le lanzó una sonrisa coqueta—. Soy Cal, por cierto. Creo que nos conocimos anoche.
—No creo que nos conociéramos —replicó Hali—. Estabas allí cuando hablábamos con Ray, pero no intercambiamos nombres.
—Bueno, pues lo arreglo ahora mismo. —Su guiño fue exagerado—. Yo soy Cal y este es Dylan. Somos muy fans de tu bar.
—¿Ah, sí? —A Hali le molestó la suficiencia engreída que desprendían los dos—. No recuerdo haberos visto nunca por aquí.
—Es la primera vez que venimos —respondió Dylan. Tenía unas patillas que a Hali le chirriaban por varios motivos—. Aunque lo habíamos visto al pasear por la playa.
—Tiene sentido, supongo. —Hali llenó dos vasos de cerveza y se los tendió—. Son doce pavos.
—Ay. —Cal hizo una mueca, pero rebuscó la cartera en el bolsillo—. Supongo que tener el local en primera línea, dentro del resort, da sus frutos, ¿eh? Así puedes clavar unos precios de escándalo.
—Algo así. —Hali cogió el dinero y se lo metió en el delantal en lugar de en la caja. No creía que los cambiaformas fueran tan estúpidos como para intentar robarle a plena luz del día, pero no tenía ninguna intención de abrir la caja y darles la oportunidad—. ¿Necesitáis algo más?
—Pues sí, la verdad. —Dylan dio un sorbo a la cerveza antes de continuar—. Estamos buscando a Gray. Antes estaba en el bar de la playa, pero se marchó bastante rápido. Parecía tener prisa. Supusimos que venía hacia aquí.
—Creo que Gray está trabajando. Si queréis dejarme un mensaje, me aseguraré de que lo reciba.
—¿Ah, sí? Ya me había parecido que había tema. Bien por Gray.
Hali esperó. Cuando ninguno de los dos hizo ademán de marcharse, tuvo que obligarse a mantener la calma.
Seguridad podía plantarse en el bar en dos minutos.
Por desgracia, como sus invitados indeseados eran cambiaformas, a fin de cuentas aquello acabaría dándole más problemas de los que estaba de humor para gestionar.
—¿Qué queréis? —preguntó Hali al fin—. Está claro que tenéis algo en la cabeza. Soltadlo. Tengo un negocio que atender.
—De eso se trata precisamente —dijo Cal—. Tienes un negocio que atender… y a nosotros nos han advertido de que no nos metamos en ese negocio. Al proteger el tuyo, perjudicamos el nuestro. Queremos saber por qué.
Hali parpadeó varias veces.
—¿Quieres saber por qué qué?
—Queremos saber por qué eres tan especial como para que ahora nos hayan prohibido la entrada en Paradise Lodge. No tiene ningún sentido. Ray no te debe nada, ni a Gray tampoco. Está claro que algo le preocupa, y nos morimos por saber qué es.
—Sí. —Dylan se acercó más—. ¿Estás jugando a dos bandas con Ray y con Gray? Oye, mira, sus nombres riman. Si yo me llamara Jay, ¿podría unirme a la fiesta?
—Ni aunque fueras el último hombre del mundo —replicó Hali—. Y en cuanto a Ray, lo conocí anoche por primera vez. Lo que tenga con Gray es cosa de ellos dos.
—¿Y no tienes ni idea de qué se trata? —la desafió Cal.
—No, ni idea.
Los dos hombres se miraron con escepticismo.
—Verás, yo creo que estás mintiendo —dijo Cal tras varios segundos de silencio—. Creo que aquí te traes algo entre manos, y cuando descubra de qué va, le pondré fin.
—¿Es una amenaza? —lo retó Hali.
El pulso se le había acelerado un poco, pero se negaba a dejar que los cambiaformas vieran que la estaban afectando.
—Es simplemente una declaración de intenciones —respondió Cal—. Necesitamos dinero. Nuestras vidas han cambiado drásticamente en los últimos meses, y lo único en lo que estamos de acuerdo es en que necesitamos reunir un buen colchón. Y tú nos estás estorbando.
—Yo no os estoy estorbando en nada —le espetó Hali.
Mantuvo la voz baja porque sabía que sus clientes habituales llegarían de un momento a otro y no quería que percibieran la tensión.
—Será mejor que tengáis cuidado —advirtió—. Mucho, mucho cuidado.
—¿Por qué? ¿Vas a mandar a Gray a por nosotros? —preguntó Dylan—. Si es así, no le tenemos miedo. Nunca se le dio bien pelear. Y, además, ir por libre lo deja expuesto. Lo mataremos si se enfrenta a nosotros.
Un escalofrío le recorrió la espalda, pero Hali no se inmutó.
—No necesito a Gray para encargarme de vosotros dos. Puedo hacerlo yo sola.
—Exacto —recitó Cal—. Es una bruja. Se supone que deberíamos estar aterrados solo por eso.
—No tenéis que estar aterrados de mí. Lo que sí tenéis que hacer es mostrar un poco de respeto. Y eso significa largaros de mi bar ahora mismo.
—¿Y si no lo hacemos?
—Entonces comprobaréis de primera mano lo de la brujería… y no os va a gustar.
A Cal se le tensó un músculo de la mandíbula y Hali estuvo convencida de que iba a presionarla hasta hacerla reaccionar. En cambio, se terminó la cerveza de un trago y se apartó de la barra, y Dylan lo imitó.
—Supongo que nos veremos por ahí —dijo con sorna—. Quiero decir… no es una playa muy grande. Parece inevitable que volvamos a vernos pronto.
Hali se negó a mostrar miedo.
—Supongo que sí.
—Así que… hasta entonces.
—Sí, hasta entonces.