Come, bebe y sé bruja Trece
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Trece

Gray se reunió con Hali a la sombra de las palmeras, junto al río lento, un rincón que casi nadie conocía salvo los que trabajaban en el complejo turístico.

—Hola —dijo ella al saludarlo, dispuesta a soltar todo lo que había averiguado. No tuvo oportunidad, porque él se lanzó a besarla y la dejó muda.

—¿Y eso? —preguntó ella cuando él se separó. El beso había sido tan a conciencia que se le había olvidado lo que iba a decir.

—Te echaba de menos —respondió él sin más.

—Pero si me has visto hace dos horas.

—Eso no significa que no te haya echado de menos. —Su sonrisa era pura travesura—. Ahora es cuando tú tienes que decir que también me echabas de menos.

—Ah, mira, tú siempre estás aquí. —Ella se dio unos golpecitos sarcásticos justo encima del corazón y bufó—. No te pongas cursi. Puede resultar mono de vez en cuando, pero si sigues así tendré que darte un puñetazo.

—Tomo nota. —Se tomó un momento para observarla y se dio cuenta de que evitaba apoyar el peso en la cadera.

Quiso sentarla en una silla, pero no lo hizo.

Sabía que no podía mimarla. Si se pasaba, ella pondría distancia entre ellos.

El tema de la cadera tendría que manejarlo con estrategia…

y no hoy—. ¿Qué pasa? Tu mensaje era muy vago.

—Una de las profesoras ha desaparecido.

Él frunció el ceño.

—¿Estás segura?

—Todo lo segura que puedo estar. Mike vino al bar tiki.

—Cómo no —murmuró Gray.

Hali frunció el ceño.

—Lo envió Cecily.

—Ah, bueno, pues retiro mi queja. —Gray no podía dejar de sonreír. A pesar de que estaba intentando limpiar el nombre de su antiguo tío, un hombre al que despreciaba, la vida le iba francamente bien en ese momento—. ¿Con qué mensaje lo mandó Cecily?

—Acabo de decírtelo. Una de las profesoras ha desaparecido.

—Tiene que haber algo más.

—Por lo visto, no apareció en las sesiones de la mañana.

Sus amigas se preocuparon lo suficiente para avisar a seguridad.

Mike y Cecily subieron a su habitación —Cecily fue lista y grabó en vídeo cómo entraba él para que no hubiera represalias— y no estaba allí.

Dijeron que no parecía que hubiera dormido allí, pero el bolso y la cartera estaban sobre la cómoda.

—O sea, que no puede haber ido muy lejos. —Gray se había puesto serio—. ¿Había señales de forcejeo?

—No que yo sepa. Cuando te localicé, le dije a Mike que probablemente querríamos verlo.

—¿Por qué no me llamó directamente?

—Dijo que lo intentó. Le conté que estabas en mi casa trabajando en un proyecto. Supuse que verías la llamada perdida al terminar.

Gray sacó el teléfono del bolsillo y frunció el ceño.

—El único mensaje que me ha llegado es el tuyo. Aunque no estuve en tu casa todo el tiempo.

—Ya me lo imaginaba. Hueles a cerveza. ¿Le has sido infiel a mi bar?

A Gray le hizo gracia la pregunta.

—Volví a bajar a ese bar de la playa con la esperanza de encontrar a Ray.

—¿Y lo encontraste?

—Sí. —Gray se pasó una mano por el pelo—. Hablamos de unas cuantas cosas. Le pedí que se mantuviera alejado de ti y de tu bar.

Hali se cruzó de brazos y adoptó una postura de reprimenda.

—Estoy segura de que ya te has dado cuenta, pero sé cuidar de mí misma.

Él se rio entre dientes.

—Lo creas o no, no intentaba proteger tu honra. Sé perfectamente que puedes cuidarte sola, y nada me gustaría más que verte destriparlo si se atreviera a tirarte los tejos. Me preocupaba más que usara tu bar para captar clientas.

—Ah. —Hali se quedó momentáneamente desconcertada—. Bueno, supongo que te debo un gracias.

—No te preocupes. —Le guiñó un ojo—. Rusty aún no me ha contestado para confirmar la historia de Ray y su hermana. Me sentiría mucho mejor si supiera que es verdad.

Hali se quedó pensativa.

—Quieres creerle —dedujo ella—. Su historia se parece a la tuya, sin la parte del gigoló, y quieres que sea cierta.

—Estoy dispuestísimo a jugar al gigoló más tarde, si te apetece.

—Le dio un toquecito juguetón en la barriga—.

Solo contigo, eso sí. Y en cuanto a querer que Ray diga la verdad…

, pues sí, eso es lo que quiero. Siempre lo he considerado un tío decente.

Si me está engañando, significa que mi criterio falla estrepitosamente.

—A mí también me cae bien, la verdad —admitió Hali—. Esperemos que tu hermano te responda. Aunque la historia no sea cierta, los dos vimos esas marcas de garras. Nunca he visto que un cambiaformas deje algo así.

—Un cambiaformas lobo sería capaz de dejar esas marcas —matizó Gray—. No se me ocurre ningún motivo…, salvo quizá algún tipo de ritual de apareamiento.

A Hali se le quedó la boca abierta.

—A mí no me vas a hacer eso, ¿verdad?

—No, mal pensada. —Gray le dio un golpecito suave en la oreja y sonrió con suficiencia—. Eso no sería un ritual de apareamiento normal. Aunque en los viejos tiempos algo así podría haberse considerado normal.

Hali arqueó una ceja con escepticismo.

—¿En los viejos tiempos?

—Eso he dicho. Hubo una época en la que los cambiaformas macho dominaban a las hembras de todas las maneras posibles…, incluida esa.

—Qué asco. —Hali hizo una mueca—. Para que lo sepas, la que va a dominar aquí soy yo.

—No me provoques.

Le puso un momento la mano en la cadera y se la frotó sin dejar de mirarle la cara, atento a su reacción. Por un instante Hali puso una cara de puro placer, tanto que a él le dio pena retirar la mano. Sin embargo, tenían una investigación que resolver y debía concentrarse.

—Luego ya te daré un masaje de los buenos. Por ahora, tenemos que registrar la habitación de esta mujer. Si hay algo ahí… hay que encontrarlo.

—Mike nos está esperando en la tercera planta. Ya tengo el número de la habitación.

—Pues vamos.

Gray no le cogió la mano, aunque se moría de ganas. El tiempo corría en su contra. Tardaron cinco minutos en encontrar a Mike y, cuando Gray saludó al guardia de seguridad con un gesto de cabeza, lo único que recibió a cambio fue un gruñido.

—Cecily quiere saber si deberíamos llamar a la policía —le dijo Mike a Hali mientras abría la puerta y los hacía pasar.

Entró detrás de ellos y dejó que la puerta se cerrara—.

No quiere llamar la atención sobre lo que estamos haciendo si no es necesario —explicó, en respuesta a la pregunta que Gray no había llegado a formular.

—Por ahora me parece lo más sensato —reconoció Gray—. Empecemos por el armario y la cómoda. Tiene pinta de ser de las que deshacen la maleta del todo.

—Yo vivo de la maleta cuando me voy de vacaciones —comentó Hali mientras abría el cajón de arriba—. Aunque, claro, hace años que no me voy de vacaciones.

—Eso tiene arreglo. —Gray rebuscó entre la ropa colgada en el armario—. ¿Adónde te gustaría ir?

—No podemos irnos de vacaciones —replicó Hali—. Llevamos cinco minutos saliendo… casi literalmente.

—Señal de alarma —tosió Mike contra la mano mientras esquivaba la mirada asesina de Gray.

—No es ninguna señal de alarma —replicó Hali—. Es solo que… todavía no hemos llegado a ese punto.

—Vale.

Gray se negó a entrar en la discusión. No dudaba de que volverían a picarse y a discutir en algún momento, pero de momento estaba la mar de contento flotando en el remanso de ñoñería que sentía.

—¿Y adónde te gustaría ir cuando llevemos más de cinco minutos saliendo?

—Fui una vez al Mardi Gras, cuando tenía veinte años —respondió Hali—. Fui con unos amigos y nos pasamos todo el tiempo bebiendo y de fiesta. Pero algún día me encantaría ir a Nueva Orleans para ver la ciudad de verdad.

—Yo he estado, aunque hace mucho tiempo. Nueva Orleans es factible… y se puede ir en coche.

—¿No habíamos decidido que su empeño en irse de vacaciones contigo tan pronto era una señal de alarma? —gimoteó Mike.

Hali le lanzó al guardia de seguridad una mirada divertida.

—No te alteres. No hace ninguna falta.

Se acercó al bolso que había encima de la cómoda y rebuscó dentro. Hasta el momento no había encontrado nada fuera de lo normal. Sin embargo, cuando abrió la cartera, todo cambió.

—Ay, mierda.

Gray captó el cambio de tono y se irguió al instante.

—¿Qué pasa?

Hali tuvo que esforzarse para no soltar una palabrota… y puede que también para no darle una patada a algo.

—La conozco. —Levantó el carné de conducir que había encontrado en la cartera—. Hablé con ella al día siguiente de que mataran a Rachel. Era la que se sentía culpable porque creía que no se sentía lo bastante culpable.

—Ah, es verdad. —Gray miró el carné por encima del hombro de Hali—. Me acuerdo de ella de la noche en que Rachel montó el numerito y dijo que iba a buscar al gerente. Era una de las que se reían.

—Emily —dijo Hali—. Era simpática, aunque un poco dramática. Me pareció que se estaba tomando la muerte de Rachel demasiado a pecho, dadas las circunstancias, pero en general me caía bien.

—¿Qué muestran las cámaras? —le preguntó Gray a Mike.

—Anoche la seguimos hasta el bar tiki —respondió Mike—. Estuvo allí hasta las diez más o menos (Hali no estaba) y luego un grupo de ellos se marchó a pasear por la playa. Eran al menos veinte y parecía que se lo estaban pasando bien.

—Habíamos salido —respondió Gray.

—¿Quién había salido? —preguntó Mike sin entender nada.

—Hali y yo. —Gray movió el dedo señalando alternativamente a Hali y a sí mismo para dejarlo claro—. Teníamos una cita.

—No he preguntado —dijo Mike con frialdad.

—Has dicho que Hali no estaba en el bar tiki —insistió Gray—. Había un motivo.

—Ay, ¿podemos dejarlo ya? —Hali soltó un sonido de hastío—. En serio, si os vais a poner así, sacadlas de una vez y buscad una regla.

—Te estaba defendiendo —replicó Gray.

—Sé perfectamente lo que estabas haciendo. —Pese al tono de reprimenda, Hali le sonrió de oreja a oreja—. No seas raro. —Se volvió otra vez hacia Mike—. ¿Y los demás profesores? ¿Emily fue la única que faltaba cuando volvieron?

—No volvieron en grupo —respondió Mike—. Bueno… al menos no en un grupo grande. La mayoría volvió de dos en dos o de tres en tres. Un par volvieron solos. Por lo que he podido ver, Emily no volvió en ningún momento.

—Pues eso no es nada bueno. —Gray se frotó la mejilla—. No es bueno en absoluto. ¿Y Franklin? Por favor, dime que sabemos dónde estuvo toda la noche.