Come, bebe y sé bruja Doce #2
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Doce #2

—No. —Gray negó con la cabeza—. Solo dije que habíamos hablado. No dije dónde. De todas formas, Rusty no contaría nada de eso.

—Probablemente no, pero aun así preferiría que la información no llegara a mi padre. —Ray casi parecía estar suplicando—. Aunque no estés de acuerdo con lo que hacemos, tienes que admitir que no nos aprovechamos de ellas. Son ellas las que nos buscan.

Gray soltó un sonido parecido al de un globo al deshincharse.

—Me incomoda muchísimo hablar de esto. Cambiemos de tema.

—¿Quieres hablar de tu novia?

—Siempre, pero algo me dice que esa conversación no me gustaría más que esta, porque no vas a ser respetuoso. Vas a ponerte grosero y a preguntar cómo pasamos las noches.

Ray se llevó la mano al corazón con falso dramatismo.

—Oye, qué cosa tan horrible de decir sobre mí. Crecimos juntos.

—Eso no quiere decir que no sea verdad.

Esta vez, cuando Ray se echó a reír, fue de verdad.

—No te haré preguntas groseras sobre tu novia. Parecía bastante simpática. Y vaya carácter cuando amenazaba con repartir maldiciones.

—Carácter le sobra —coincidió Gray—. Fue una de las primeras cosas que noté en ella.

—Siempre te gustaron las complicadas. Nunca ibas a ser de los que eligen una esposa dócil de la manada y sientan cabeza.

—Nunca lo fui —reconoció Gray al instante—. Supongo que fue bueno que me echaran cuando me echaron. Si me hubiera quedado, habría decepcionado aún más a mi madre cuando me hubiera escaqueado del emparejamiento que se le ocurriera concertarme.

—Tu madre es todo un personaje. ¿Cuándo fue la última vez que la viste?

—Hace años.

—Eso es duro, tío. Yo solo llevo unos meses lejos de mis padres y ya lo noto. El problema es que no sé muy bien qué es lo que siento. No es tristeza. No es sorpresa. Es solo esta constatación sorda de que siempre supe que iba a pasar.

—Lo siento. —Gray sabía mejor que la mayoría lo que era eso—. Lo entiendo.

—Pero sigues sin querer que me acerque a tu novia.

—No, no quiero. Ya tiene bastante encima. No necesita que vosotros hagáis… lo vuestro… en su terreno.

—Me parece justo.

Los dos dieron un trago a sus cervezas al mismo tiempo. Gray decidió romper la tensión con una sonrisa.

—Os ha estado llamando gigolós —dijo entre risas.

Ray soltó un bufido.

—¿En serio? ¿Quién usa esa palabra hoy en día?

—Ella, y está adorable cuando la dice.

—Tío, estás pilladísimo.

—Lo estoy.

—Supongo que eso significa que no quieres unirte a nosotros, ¿eh?

Gray tardó veinte segundos largos en darse cuenta de lo que Ray le estaba proponiendo.

—¿Quieres que sea un gigoló?

Ray se rio tan fuerte que se atragantó.

—¡No uses esa palabra! —Señaló a Gray con el dedo—. Suena rarísima en tu boca.

—Pero es lo que me estabas preguntando, ¿no?

—Te preguntaba si querías unirte a nuestra causa. Creo que tienes una cara que le gustaría a más de una señora.

—Voy a rechazarlo educadamente.

—¿Porque tu novia no lo aprobaría?

—Porque yo no lo apruebo. Tengo trabajo. No necesito otro. Y menos… ese.

—Vale. —Ray levantó las manos—. Era solo una sugerencia.

Gray se terminó lo que le quedaba de cerveza.

—Estamos de acuerdo, ¿verdad? No vais a llevar el negocio cerca de Hali. No quiero que tenga que lidiar con nada más ahora mismo.

—Pasaré el aviso. No puedo garantizar lo que harán los otros. Pero haré lo que pueda.

—No pido más.

HALI FUE ESTRATÉGICA CON LA CADERA una vez que llegaron los refuerzos en forma de Tanya Crosby.

Era una de las empleadas a tiempo parcial de Hali —estaba estudiando Administración de Empresas—, pero era competente y trabajaba duro.

Cuando Hali le explicó que tenía «un problemilla de cadera», Tanya se puso manos a la obra e insistió en que se sentara en un taburete y preparara las bebidas detrás de la barra mientras ella se encargaba de llevarlas a las mesas.

A Hali le fastidiaba que hiciera falta, pero si llegaba al punto de no poder caminar en absoluto, estaría fuera de juego más de una noche.

—Bueno, cuéntame lo del tío bueno —la picó Tanya en cuanto hubo un momento de calma.

—¿Qué tío bueno? —Hali evitó con habilidad el contacto visual mientras echaba ingredientes en la batidora para un daiquiri.

—Ay, ni se te ocurra. —Tanya se rio con sorna—. Anoche estuve en el bar de la playa y Carrie me contó lo de tu cita con el tío que lleva meses apareciendo por aquí de vez en cuando. No te molestes en negarlo. Quiero los detalles.

—Voy a matar a Carrie —murmuró Hali—. No, le voy a poner un bozal. Eso es incluso mejor.

—Habla. —Tanya no pensaba dejarlo pasar—. Ese tío está buenísimo. Pensaba tirarle los tejos… hasta que me di cuenta de que solo tenía ojos para ti.

—Estamos… saliendo —respondió Hali—. Todavía no sabemos adónde va esto.

—Mientes fatal. Carrie me ha dicho que pasó la noche contigo, lo que significa que te lo llevaste al huerto en la primera cita. Así se hace. —Tanya levantó la mano para chocar el puño, gesto que Hali ignoró olímpicamente.

—¿Y ella cómo lo sabe? —El tono de Hali salió mucho más chillón de lo que esperaba.

—Ah, me dijo que lo soltara a ver si acertaba. —Tanya se puso solemne—. No creía que fuera a ser cierto. Ahora sí que me alegro por ti. ¿Y qué tal está desnudo? —Hizo la última pregunta justo cuando Mike, el guardia de seguridad, se acercaba a la barra.

—Gracias a la diosa que has venido —entonó Hali al verlo—. Ni me importa que hayas venido a beber en horas de trabajo. Sálvame.

Mike le dedicó una sonrisa tensa, pero sin el menor brillo en los ojos.

—Cecily me ha dicho que viniera a verte.

Hali se irguió y se le borró de golpe el buen humor.

—¿Ha pasado algo con Franklin?

—Con Franklin, no. Pero parece que una de las profesoras ha desaparecido. No se presentó a la sesión de la mañana y fuimos a revisar su habitación. Su carné y el bolso están ahí. De ella, ni rastro. Estamos repasando las grabaciones de las cámaras, pero pensamos que deberías saberlo.

A Hali se le encogió el estómago.

—¿Habéis llamado a Gray?

—Dijo que lo iba a hacer ella. ¿Sabes dónde está? Puedo localizarlo si hace falta.

A Hali se le encendieron las mejillas al instante.

—La última vez que lo vi estaba haciendo un pequeño arreglo en mi patio.

—Vaya, ¿ya lo tienes haciendo trabajos manuales? —Tanya levantó la mano—. Dame esos cinco, maja.

Hali la ignoró.

—Pensaba irse al acabar. No creo que siga allí. Pero lo llamo y lo traigo.

—Si está muerta, nos va a caer un marrón de los gordos —señaló Mike—. Vamos a salir en todos los telediarios.

Hali ya había llegado a esa misma conclusión.

—Sí. Llamaré a Gray. Subiremos al vestíbulo en cuanto podamos.

—Gracias. Le diré a Cecily que estás en camino. A lo mejor así deja de quejarse.

Hali dudaba mucho que fuera así. Aun así, no quería quitarle la ilusión.

—Voy justo detrás de ti.