Doce
Hali siguió deleitándose con sus sentimientos florecientes, hasta el momento exacto en que, al entrar por la puerta principal, tropezó con Wayne, desplomado en el suelo.
—Uf.
Cayó al suelo con tanta fuerza que se le resintió la cadera, y tuvo que contenerse con todas sus fuerzas para no echarse a llorar mientras el dolor la recorría entera.
—Perdona tú —refunfuñó Wayne mientras se removía—. Deberías decir que lo sientes.
Hali necesitó toda su fuerza de voluntad para no gritarle al pájaro rosa.
—¿Por qué estás durmiendo delante de la puerta?
Tenía los ojos vidriosos mientras se frotaba la cadera e intentaba fingir que no le dolía lo suficiente como para hacerse un ovillo en el suelo y aislarse del mundo.
—Es la hora de la siesta —dijo Wayne.
—Eso sigue sin responder a la pregunta. ¿Por qué demonios se te ocurre dormir delante de la puerta?
Wayne parpadeó varias veces, con los ojos somnolientos.
—Me pareció un buen sitio —dijo al final—. Creía que estabas por ahí con ese novio apestoso que tienes.
Hali se ofendió en nombre de Gray.
—No es apestoso.
—Cariño, no sé qué le pasa a tu olfato, pero tu habitación huele a burdel. Y como pasó aquí la noche —sí, os oí… varias veces—, sé perfectamente que él es el culpable del olor.
—Bueno, como tú hueles a taberna, creo que prefiero el olor a burdel.
Hali agarró el borde del sofá y se planteó si podría levantarse tirando de él.
Como le pareció demasiado arriesgado, rodó hasta quedar de rodillas y así, poco a poco, consiguió ponerse en pie.
Cuando por fin estuvo de pie, la cadera le dolía a rabiar, pero intentó apartarlo de su mente… al menos todo lo que pudo.
—Necesito que no vuelvas a dormir delante de la puerta.
—No pensaba que fueras a estar aquí —protestó Wayne.
—No vuelvas a dormir delante de la puerta. Si lo haces, pondré protecciones en la villa para que no puedas entrar.
—Soy tu familiar. Se supone que tienes que tenerme a tu lado en todo momento.
—Te he visto un total de setenta y dos minutos en los últimos cuatro días.
—Deberías ser más accesible.
—Mira quién habla, el flamenco borracho que se queda frito por todo el complejo.
Hali estaba al límite de su paciencia.
—Voy a prepararte un sitio en el patio trasero. Ahí es donde vas a dormir. Si no lo haces, puedes buscarte otro sitio donde vivir.
—El aquelarre me asignó a ti.
—Eso no significa que tenga que aceptarte.
La frustración le subió por dentro y la agarró por la garganta.
—Ya tengo problemas de cadera. Acabas de hacerme tropezar, caí justo sobre esa cadera y dentro de una hora apenas podré caminar, así que vas a espabilar y a asegurarte de que eso no vuelva a pasar jamás.
Apenas había terminado de hablar cuando se dio cuenta de que la puerta principal se estaba abriendo. Giró la cabeza de golpe hacia la izquierda y se encontró a Gray observando la escena.
—¿Qué haces aquí? —soltó.
—Quería darte otro beso.
Parecía molesto.
—Aunque creo que, antes de irme, me voy a encargar de montarle la cama al pájaro en el patio.
Hali no supo qué decir.
—Estaré bien. Me tomaré un ibuprofeno y listo.
—No vas a estar bien, pero tú no me presionaste con el tema de mis padres, así que yo no voy a presionarte con esto. No es justo. En vez de eso, me encargaré del asunto de la cama… y tendré una charla con Wayne. Si necesitas ayuda para llegar al bar tiki, también estaré aquí para eso.
—Estaré bien.
Hali estaba muerta de vergüenza.
—Ha sido una caída pequeña.
—No debería haber pasado.
Gray lanzó una mirada furiosa al flamenco.
—Tú y yo vamos a tener una charla, amiguito.
Su sonrisa fue más bien una mueca.
—No te va a gustar, pero vamos a hablar, desde luego.
Wayne los miró a uno y a otro. Era capaz de percibir la tensión, pero a menudo no se enteraba de nada que no fueran sus propias necesidades.
—Quizá debería salir a dar un paseo o algo.
—Ah, no.
La mano de Gray salió disparada y agarró al pájaro por la nuca.
—Vas a venir conmigo y vamos a tener esa charla. No te la querrás perder.
—Qué ilusión.
Hali se quedó mirando al dúo un buen rato. Cualquier otro día quizá habría huido de pura vergüenza. Hoy, sin embargo, se negó a ceder a ese impulso.
—Antes de irte, ¿no querías ese beso? —preguntó.
Gray abandonó a Wayne de inmediato, se abalanzó sobre ella y le sujetó la barbilla.
La besó con fuerza y rapidez, y se le escapó un suspiro cuando sus labios se encontraron.
De verdad había vuelto por un beso. Creía que a ella le parecería algo tonto y romántico.
Ahora estaba decidido a meter en vereda al pájaro.
—No te hagas la heroína —susurró—. Si te duele, deja que te ayude a llegar al bar tiki.
El suspiro de Hali fue de lo más dramático.
—Te prometo que estaré bien.
—Más te vale. Me estoy encariñando contigo bastante rápido.
—Me alegra oírlo.
—Se supone que ahora tú dices que también te estás encariñando conmigo.
—Eso ni hace falta decirlo.
GRAY VIO A HALI MARCHARSE AL TRABAJO DESDE el patio trasero. Ya se había pasado por la ferretería de más abajo, lo justo para comprar madera, y ahora estaba de lleno metido en su proyecto.
—No necesito una cama al aire libre —se quejó Wayne—. Soy un pájaro de interior.
—Eres un peligro. —Gray no estaba dispuesto a tolerarlo—. Vas a empezar a dormir fuera. Si te portas como es debido, hablaremos de que vuelvas dentro. Hasta entonces, te aguantas.
—Yo no he hecho nada. —Wayne se ponía a la defensiva hasta en sus mejores días. Hoy directamente se pasaba de rosca—. Solo estaba echando una siesta.
—Ella es frágil —espetó Gray.
—Oh, tío, por favor, díselo a la cara. —Wayne parecía demasiado encantado para el gusto de Gray—. Te echará de casa para siempre y, si lo haces, su cama no será más que un recuerdo lejano. Desde luego, para mí es la mejor opción.
—No lo decía de forma despectiva. No es débil. De hecho, es una de las personas más fuertes que conozco. Pero esa cadera es un problema, y hasta que decida pasar por la operación que necesita, nuestro trabajo es no agravársela.
Wayne entrecerró los ojos.
—No, yo preferiría librarme de ti. Me huelo problemas.
—Más te vale cerrar el pico. Conozco a tipos a los que les gusta cazar flamencos por deporte, y uno que hable sería un trofeo aún más apetecible.
—¡Es horrible que digas eso!
—Eso no significa que no sea verdad. —Gray se negaba a dar marcha atrás—.
Y ahora dormirás aquí fuera hasta que demuestres un crecimiento real como…
pájaro. —Sacudió la cabeza—. No sé cómo acabó cargando contigo, y es algo de lo que deberíamos hablar en algún momento, pero sí sé que no voy a dejar que le hagas daño.
—¡Fue un accidente!
—Y tú eres un estorbo. Si se supone que estás aquí para ayudarla, creo que ya es hora de que te pongas las pilas y la ayudes de verdad. No has hecho una sola cosa por ella, que yo sepa, desde que la conocí.
—Vaya, mira al tipo que ha pasado una noche en su cama —dijo Wayne arrastrando las palabras—. Me encanta que te creas con derecho a opinar.
—Ella y yo estamos juntos. Estamos intentando que la relación funcione. Eso significa que voy a estar aquí bastante a menudo.
—Pues yo llegué primero. Y seguiré aquí mucho después de que tú te hayas ido.
Gray entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos rendijas peligrosas.
—No cuentes con ello.
Wayne intentó mantener el duelo de miradas, pero perdió el hilo.
—De todas formas, me gusta dormir fuera. Esto es Florida. Tenemos playas. ¿A quién no le gusta dormir en la playa?
Gray puso los ojos en blanco.
—Compraré unos cojines para tu caja cuando salga más tarde. Y te aseguro que te haré la vida imposible si vuelves a hacerla tropezar. Quedas avisado.
—Oh, qué quejica eres. —Wayne puso los ojos en blanco de forma exagerada—. Fue una caída de nada.
—Cuéntale eso a alguien que no viva con dolor constante. Se merece algo mejor que tú.
—También se merece algo mejor que tú.
—Puede, pero yo estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para mejorarle la vida. No creo que se pueda decir lo mismo de ti.
CUANDO GRAY TERMINÓ CON LA CAJA, volvió al bar de la playa donde Ray había estado la noche anterior. Efectivamente, el cambiaformas estaba allí otra vez con su panda, y no pareció nada entusiasmado cuando vio a Gray.
—¿Dónde está tu compinche? —preguntó, forzando una sonrisa mientras Gray se subía al taburete de al lado y pedía una caña.
—Trabajando. Es la dueña del Salty Cauldron, en Paradise Lodge.
—Ah, claro. Creo que ya lo mencionaste. —Ray le dio un trago a su cerveza—. Desde luego, es guapa.
—Es preciosa —coincidió Gray sin dudar.
—¿Está forrada? Porque yo, entre dinero y belleza, elijo el dinero sin pensarlo dos veces.
—Le va bien —respondió Gray, y sus ojos fríos se posaron en la cara de Ray—. Le gusta su trabajo. Le gusta tener un negocio propio. Significa mucho para ella.
—Lo que significa que no quieres que me acerque ni de lejos a su negocio —dedujo Ray.
—Eso por descontado. Aléjate de ella. Y de su clientela también. Si pudieras mantenerte lejos de Paradise Lodge, sería perfecto.
—Es un resort enorme, tío. No podemos ignorarlo así como así.
—Porque os desterraron y necesitáis dinero desesperadamente, ¿no?
Ray captó la sospecha en la voz de Gray al instante.
—¿Te cuesta creérmelo o qué?
—Sinceramente, no lo sé. —Gray extendió las manos—. Le pregunté a mi hermano por el tema, y no pudo confirmar tu historia.
—Oh, no tengo por qué escuchar esto. —Ray gruñó desde el fondo de la garganta—. No necesito justificarme ante ti, precisamente ante ti. Quise proteger a mi hermana. Fracasé. No me arrepiento de haberlo intentado. Fin de la historia.
—Vale. —Gray levantó las manos—. No quiero pelearme. Creo que lo que hiciste fue noble.
—Pero lo otro te molesta.
Gray no vio motivo para negarlo.
—Estáis usando a la gente para sacar dinero.
—No, estamos ofreciendo un servicio que esas mujeres pagan por voluntad propia. Ganamos un buen dinero y lo estamos ahorrando para comprarnos nuestro propio sitio y no tener que vivir de okupas en los terrenos de mi padre.
Eso ni se le había pasado por la cabeza a Gray.
—¿No sabe que andáis por ahí?
—No, y quiero que siga así. ¿Se lo dijiste a tu hermano?