Once
—¿Quieres que conduzca yo?
Hali miró a Gray con una sonrisa divertida mientras volvían a la camioneta una hora más tarde. Desde su punto de vista, el desayuno había ido todo lo bien que cabía esperar. No estaba segura de que Gray pensara lo mismo.
—Estoy bien. —Le dirigió una mirada ceñuda—. El desayuno ha estado muy bien.
—Ha estado genial —coincidió Hali—. Me ha gustado especialmente cuando mi padre te ha servido una tortita con forma de señal de stop. Ha sido el mejor momento de la mañana.
—Pues está claro que no di en el blanco cuando nos duchamos juntos.
Ella soltó una risita y luego se puso seria.
—En serio, ¿estás bien?
—Estoy bien. —Y lo decía de verdad—. Tu padre aprenderá a quererme, aunque tenga que reducirlo a la fuerza y sentarme encima hasta que acabe apreciando mis mejores cualidades.
—Solo estaba sorprendido. Se acostumbrará. No he salido con nadie en… bueno… muchísimo tiempo.
—Me cae bien tu madre. —Gray metió la llave en el contacto.
—Lo que te ha gustado es que me esté dando la lata con la operación.
—No, lo que me ha gustado es que no dejara de preguntarme detalles sobre el tamaño de mi cabeza al nacer. Sinceramente, es una conversación que no esperaba tener nunca… con nadie.
—Se le mete algo en la cabeza y luego no hay forma de que lo suelte.
—Es graciosa. Aunque tu hermana sí que es un poco intensa.
—No puede evitarlo. —Hali se abrochó el cinturón—. Es buena persona. Solo que es mandona hasta decir basta. Es cosa de ser la mayor. Está decidida a presionar a mis padres para que obliguen a Jesse a buscar trabajo.
—Es un poco mayor para seguir viviendo en casa.
—Lo criamos entre algodones, entre todos. Ayudamos a crear el problema.
—Pues ayúdala a arreglarlo —sugirió Gray—. Si te pones del lado de tu hermana, puede que tus padres lo echen. Si no puede permitirse sus videojuegos, te garantizo que no tardará en buscarse un trabajo.
—Ay, mi madre jamás lo echará. No sería capaz, y odia la idea del nido vacío. Si fuera por ella, yo seguiría viviendo en casa. Estaba desesperada por que volviera a casa después del accidente.
—Me lo imagino. Lo estarías pasando mal.
—No puedo imaginarme volviendo a vivir con mis padres. —Hali se estremeció sin poder evitarlo al intentar imaginárselo—. Los quiero, pero no puedo vivir con ellos.
—Entonces tendremos que buscar otra solución cuando te operen de la cadera.
—Madre mía, no hay manera de que dejes el tema.
—Nop. —Giró hacia la calle y puso rumbo a la autopista—. Le he escrito a mi hermano mientras discutías con tu hermana sobre cómo cargar el lavavajillas. Puede hacernos un hueco para desayunar, si te apetece.
Hali se quedó desconcertada.
—Acabamos de desayunar.
—No hace falta que comas. Tú tómate un café. Él comerá.
—¿Hay algún motivo para que quieras ver a tu hermano con tantas ganas?
—Sí. Quiero que me dé todos los detalles de la historia que nos contó Ray anoche.
Hali cayó en la cuenta.
—No lo crees.
—No he dicho eso —replicó Gray a toda prisa—. No tengo motivos para no creerlo, y me imagino perfectamente a Ray perdiendo los papeles por intentar proteger a su hermana. Es la otra parte la que no me cuadra.
—El tema del gigoló.
—«Gigoló» es una palabra muy rara.
—No es una palabra mal elegida en este caso. Básicamente alquilan sus servicios a mujeres solitarias de vacaciones. Me apuesto lo que quieras a que no les importaría sacarles un dinero extra a esas mujeres si se presentara la ocasión.
—¿Ves? Eso es lo que me gusta de ti. —Le sonrió de oreja a oreja mientras se incorporaba a la autopista—.
Lo pillas todo sin que tenga que explicártelo.
Rachel era exactamente el tipo de mujer que elegirían como presa en esas circunstancias.
No tiene mucho dinero, pero una mujer de vacaciones probablemente llevara algo extra encima.
—No veo por qué no podemos tomar un segundo desayuno con tu hermano —dijo Hali tras una pausa—. Puede que esta vez hasta comas algo, ahora que no tienes el estómago hecho un nudo de nervios.
—He comido… unos cuantos bocados.
Ella sonrió con suficiencia.
—Lo has hecho muy bien. Mi padre acabará cediendo. Siempre cede.
—¿Ah, sí? ¿A cuántos hombres has llevado al desayuno familiar y le has plantado delante sin avisar?
—Eres el primero, pero quiere que seamos felices. Cuando vea que me haces feliz, se le pasará.
La expresión de Gray se dulcificó.
—Tú también me haces feliz a mí, aunque resulte raro admitirlo cuando llevamos tan poco juntos.
—Ya te dije que no vamos a hacer nada como la gente normal. Más vale que aceptemos lo que sea esto y nos dejemos llevar. Esa es mi filosofía, al menos.
—Es una buena filosofía. —Alargó la mano para apretarle la suya—. Entonces… ¿desayunamos con mi hermano? Está a solo diez minutos.
—Adelante.
RUSTY YA ESTABA SENTADO EN UN RESERVADO del cuchitril grasiento cuando entraron. Gray mantuvo la mano en la espalda de Hali mientras caminaban hacia la mesa y, cuando se deslizaron juntos en el asiento, Rusty sonreía.
—Veo que ya habéis dejado de fingir que no os morís de ganas el uno por el otro —comentó.
—No seas tú mismo —le advirtió Gray en voz baja.
Rusty lo ignoró y siguió centrado en Hali.
—Me alegro de volver a verte. No hay más monstruos raros de espejo, ¿verdad?
—No. —Hali negó con la cabeza—. Ahora nos las vemos con otra clase de monstruo.
—Vaya, pues me muero por oírlo.
Esperaron hasta que Gray y Hali hicieron sus pedidos. Hali pidió café y Gray un desayuno completo. No lo admitiría, pero en casa de los padres de ella los nervios no lo habían dejado comer tanto como de costumbre. Ahora ya se le había quitado la presión de encima… al menos en buena parte.
—¿Ya os quedáis a dormir el uno en casa del otro? —preguntó Rusty cuando el camarero se alejó de la mesa.
—¿Se puede ser más basto? —le soltó Gray.
—Sí, pero me lo guardo para la próxima vez que nos tomemos unas cervezas. No quiero avergonzar a Hali y espantarla.
—No me avergüenzo con facilidad —respondió Hali mientras daba un sorbo al café—. Puedes preguntar lo que quieras.
—En realidad no necesito preguntar nada —dijo Rusty—. Es evidente que habéis bailado el mambo del colchón. Los dos brilláis como modelos de Sephora.
—Vaya, eso es lo más raro que has dicho en tu vida —protestó Gray—. ¿Qué demonios…? —Sacudió la cabeza.
A Rusty le brillaron los ojos.
—Me gusta verte feliz, Gray. Llevas años hecho un desastre melancólico.
Si Hali te hace sonreír así, quiero que sigáis juntos.
Además, bueno, sigo intentando que Carrie me dé una oportunidad.
No he conseguido quitármela de la cabeza desde que la conocí.
Si vosotros estáis juntos, tendré un motivo para verla.
Ahora le tocó a Hali hacer una mueca.
—Es lesbiana.
—Lo sé, pero la esperanza es lo último que se pierde.
—Pues suerte con eso.
Rusty se rio y luego se puso serio.
—¿Qué está pasando? Se ha corrido la voz de que Franklin está en un lío. Mamá está encantada, por cierto. Dice que es el karma por lo que Franklin le hizo a su hermana. Yo he preferido reservarme la opinión, porque hay algo que no me cuadra.
—Desde luego que algo no cuadra. —Gray puso a su hermano al día sin omitir nada. Cuando terminó, ya le habían servido el desayuno y lo devoraba mientras contestaba a la ráfaga de preguntas de Rusty.
—¿Por qué comes tú y ella no? —preguntó Rusty sin venir a cuento—. Si no está muerta de hambre, anoche hiciste algo mal.
Gray frunció el ceño.
—No hice nada mal.
Hali no logró tragarse la risita a tiempo.
—Tiene razón —se apresuró a decir cuando Gray la atravesó con una mirada elocuente—. No hizo nada mal. Es que yo ya he desayunado en casa de mis padres esta mañana. Gray estaba demasiado nervioso para comer porque mi padre lo asustó… y eso que mi padre es una cabeza más bajo que él.
—¿Has desayunado con sus padres? —Rusty se removió en el asiento del reservado, encantado—. Vaya. Vais a toda velocidad. ¿Cómo fue?
—Bien —respondió Gray automáticamente.
—A mi familia hay que cogerle el gusto —rebatió Hali—. Ya se acostumbrará. Con el tiempo.
—Hablemos de algo constructivo —insistió Gray—. ¿Qué piensas de la mujer muerta?
—Suena interesante —contestó Rusty—. Estoy de acuerdo en que Franklin es demasiado cobarde para matar a alguien. Es un blandengue. Lo del balcón es lo que me hace dudar.
—¿Por qué? —preguntó Hali.
—Porque un cambiaformas podría escalar los balcones —respondió Gray—. Los de nuestra especie somos lo bastante ágiles como para empezar desde abajo y subir trepando.
—Visteis las marcas de garras que tenía en el cuerpo —insistió Hali—. ¿Crees que las dejó un cambiaformas?
—No lo sé. Es posible. También es posible que estemos ante otra cosa.
—A mí también me intriga el tema de Ray —admitió Rusty—. No lo he visto en por lo menos dos meses. Ha estado sin dejarse ver.
—¿Es verdad la historia de su hermana?
—No lo sé, pero puedo averiguarlo. Yo no me meto en esas cosas (la política de la manada me da sarpullidos), pero me da que, si fuera cierta, ya se habría corrido la voz.
—¿Y no se ha corrido? —Hali pareció decepcionada—. Qué pena. Le ofrecí ayudarlo a maldecir al viejo para que se le quedara el pepino en vinagre, si era verdad.
—Ay, te adoro. —Rusty le sonrió de oreja a oreja—.
Vas a ser buena para mi hermano. Ya se nota.
En cuanto al lío con Carter Copenhagen, no puedo descartarlo.
Ese tío tiene una reputación horrible. Si yo tuviera una hija y ese tío quisiera casarse con ella, lo castraría yo mismo en algún extraño accidente de barco.
—No a todo el mundo le parece bien casar a chicas jóvenes con hombres mayores —explicó Gray.
—Es un sistema anticuado que debería desaparecer —respondió Rusty—. Las mujeres de la manada no tienen ningún poder y, si el hombre decide que quiere deshacerse de ellas, no solo se abusa de las jóvenes, sino que además se abandona a las mayores.
—¿Y cuál es la solución? —preguntó Hali.
—Un liderazgo nuevo, pero eso es más fácil de decir que de hacer. —Rusty se dio unos golpecitos en el labio inferior—. Hay algo que podrías hacer —dijo tras varios segundos de reflexión.