Come, bebe y sé bruja Diez #2
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Diez #2

Al mirarla a los ojos, se sintió listo para cualquier cosa.

—Vamos allá.

Hali le apretó la mano mientras entraban en la casa. El salón era pequeño pero acogedor. También estaba vacío. Ella lo guio hacia el murmullo de las voces, y él tomó aire de golpe al darse cuenta de que la cocina ya estaba llena de todos los miembros de su familia directa.

—¡Ya estoy aquí! —anunció Hali sin soltarle la mano—. Y he traído a alguien conmigo.

Gray hizo una mueca al oír su tono cantarín, pero mantuvo los hombros erguidos cuando cuatro pares de ojos se volvieron hacia él. Como investigador, recurrió de forma natural a sus instintos y evaluó cada reacción.

Joyce, la madre de Hali, juntó las manos ante sí y levantó la vista al techo, como si rezara en silencio. Parecía encantada.

Su padre, Steve, entrecerró los ojos y no dijo nada de inmediato.

Annie tenía los ojos como platos. Primero se fijó en Hali, como si intentara calibrar si todo era una broma, y después le lanzó a Gray una mirada evaluadora. Era imposible saber si le gustaba lo que veía.

En cuanto a Jesse, el hermano de Hali, apenas levantó un segundo la vista del móvil. Estaba claro que se estaba mensajeando con sus colegas de los videojuegos, porque su desinterés era absoluto.

—Hola, tío —dijo distraídamente.

—Hola. —Gray tenía la boca seca—. Me alegro de volver a veros a todos.

—A mí no me conocías —señaló Annie.

—No, y me alegra que podamos remediarlo hoy. —Gray no vaciló ni un instante—. Hali me ha dicho cosas maravillosas de ti. Está claro que eres una hermana mayor increíble.

—Oh, no le des tanta coba —refunfuñó Hali—. Ya tiene los humos bastante subidos.

—Totalmente —convino Jesse.

—Qué sorpresa —dijo Joyce mientras salía de detrás de la isla de la cocina y dejaba a su marido a cargo de las tortitas—. Me alegro de volver a verte. —Su mirada era exclusivamente para Gray—. Grayson, ¿verdad?

—Puede llamarme Gray —respondió él con rapidez—. Nadie me llama Grayson.

—¿Necesitas algo, Grayson? —preguntó Steve con retintín—. Digo yo… ¿has traído a Hali porque se le ha averiado el coche o algo así?

—Ay, madre —dijo Hali al unísono con su madre y su hermana.

—Contrólate, papá —lo reprendió Annie—. Si se le hubiera averiado el coche, habría pedido un Uber. No seas tonto.

—Y van de la mano —señaló Joyce.

Hali decidió arrancarse la tirita de golpe y quitarse de encima la parte difícil.

—Gray y yo estamos juntos. O sea… como pareja. Estamos saliendo. En exclusiva. Espera. —Volvió los ojos de golpe hacia él—. En realidad, esa parte no la hemos hablado. Es una relación exclusiva, ¿no?

—Yo diría que sí —respondió él sin titubear—. No quiero salir con nadie más que contigo.

Casi añadió la palabra «nunca» al final. Pero le pareció demasiado. Lo sentía así, desde luego. Simplemente era demasiado pronto para decirlo.

—Así que estamos juntos —dijo Hali con su tono más tajante—. Estamos saliendo y hacemos fiestas de pijamas.

Gray hizo una mueca para sus adentros al oír la expresión, pero mantuvo el rostro impasible.

—Si vais a poneros raros con esta novedad, preferiría que lo soltarais todo ahora, porque no quiero tener que lidiar con ello después —continuó ella—. ¿Alguien tiene alguna pregunta?

Jesse levantó la mano como un resorte.

—No va a hacerte de compinche para ligar con pitufas sexys en uno de tus bares virtuales —le soltó Hali.

—No son pitufos. —Jesse parecía escandalizado—. Son orcos.

—Para mí es exactamente lo mismo. —Hali desvió los ojos hacia su hermana, que parecía a punto de estallar—. ¿Annie?

—¿Tiene un hermano? —Los ojos de Annie brillaron.

—Sí, pero no es tu tipo.

A Annie se le asomó el labio inferior en un puchero.

—¿Y tú cómo sabes que no es mi tipo? Puedo tener más de un tipo. No soy de esas mujeres que solo se interesan por una clase de hombre.

—Va en moto y se esconde el pelo debajo de un pañuelo —respondió Hali—. Ni siquiera estoy segura de que tenga pelo en la coronilla. A lo mejor se está quedando calvo antes de hora, vete tú a saber.

Gray no consiguió disimular la sonrisa a tiempo. Se imaginó la cara de Rusty cuando le contara lo que había dicho Hali, y tuvo que echar mano de todo su autocontrol para no soltar una risita de colegiala.

—Bueno, qué lástima. —Annie perdió el interés en la conversación a toda velocidad—. Papá ha hecho tortitas de arándanos.

—Qué rico. —La sonrisa de Hali era radiante cuando se volvió hacia su madre—. Sé lo que estás pensando, y nadie va a casarse ni a tener bebés en un futuro próximo, así que ya puedes ir parando el carro.

A Joyce no pareció molestarle el tono de su hija.

—Una madre puede soñar. —Volvió a centrarse en Gray—. ¿De qué tamaño nacen los bebés en tu familia? Lo pregunto porque, con los problemas de cadera de Hali, podría costarle empujar una cabeza grande por sus entrañas sin hacerse daño de verdad.

Hali se dio una palmada en la frente con la mano libre.

—No me puedo creer que acabes de decir «entrañas» delante de él.

Joyce siguió hablando como si Hali no estuviera a punto de morirse de vergüenza.

—Es una preocupación muy legítima. Tenemos que hablar de esa operación que necesitas. La que te empeñas en fingir que no existe.

—Sí, tenemos que hablar de esa operación —convino Gray.

No tenía ninguna prisa por añadir niños a la ecuación —aunque, sorprendentemente, imaginarse en la playa con Hali y un peque tenía su encanto—, pero la idea de contar con su madre como aliada para empujarla a hacer algo con el dolor que sufría a diario le resultaba muy tentadora.

—Déjalo por hoy —ordenó Hali—. No estoy de humor.

—Me da que le estás fastidiando el momento poscoital, tío —intervino Jesse—. Yo me andaría con cuidado.

—¿Y tú qué vas a saber? —espetó Hali—. ¿Los Pitufos tienen momento poscoital?

—¡Orcos!

Fue entonces cuando Steve decidió intervenir.

—¿Vas a desayunar con nosotros a menudo?

La pregunta pilló a Gray desprevenido.

—Eh… tan a menudo como queráis. —Intentó sonreír, pero el resultado fue más una mueca que otra cosa—. Obviamente no estaré aquí en todos los desayunos, pero cuando se pueda, me encantaría pasar tiempo con todos vosotros.

Hali le lanzó una sonrisa divertida, pero no dijo nada.

—Aquí siempre eres bienvenido —dijo Joyce, embelesada—. O sea… siempre. Pero, en serio, ¿cómo de grande tenías la cabeza al nacer? Apuesto a que bastante.

Gray se tragó un suspiro. Tampoco podía decir que Hali no le hubiera avisado.

—Fui un bebé grande, señora —dijo—. Va a necesitar la operación.

Hali se revolvió.

—¿Qué acabo de decir?

—Empezaré a hablar con especialistas —dijo Joyce—. Llevo meses intentando que vaya. Se niega. Tendremos que ayudarla a dar el paso.

—Yo me apunto. —Gray le puso la mano en el centro de la espalda a Hali y la guio hacia la mesa con un leve empujón—. Entonces… ¿tortitas? —preguntó cuando empezó a sentirse incómodo bajo la mirada fulminante de Hali—. ¿Ya he dicho que me encantan las tortitas?

—Luego te vas a enterar —murmuró Hali entre dientes mientras se sentaba—. Vas a llorar.

—Bueno, al menos tengo algo con lo que ilusionarme.