Diez
Gray se despertó con Hali entre los brazos, con la cara pegada a su pecho, y por un instante se preguntó si alguna vez había sido más feliz.
No se consideraba una persona infeliz. Pero no había palabras para lo que sentía en ese momento.
Su mayor miedo era que ella abriera los ojos y se arrepintiera de haber sido tan impulsiva la noche anterior.
Ella le quitó esa preocupación de encima en cuanto le dedicó una sonrisa.
—Hola —murmuró.
—Hola —dijo él con voz suave—. ¿Cómo has dormido?
—Más profundamente que en… muchísimo tiempo.
—Yo también. —Le deslizó la mano hasta la cadera, la que le molestaba cuando se cansaba, y la masajeó con suavidad—. ¿Alguna punzada? ¿Algún tirón o algo?
A Hali se le iluminó la cara, divertida.
—Vaya. Piensas mucho en tus dotes sexuales, ¿no?
—Sí, pero no era eso lo que te preguntaba. Solo quiero asegurarme de que no te duele nada.
—No me duele nada… aparte de que me preguntes constantemente si me duele algo.
—No voy a dejarlo pasar así como así.
—Lo sé. Pero esta mañana no quiero hablar de eso. —Se acercó y lo olfateó con la nariz arrugada—. Deberías apestar.
No supo qué pensar de aquello.
—Eh… vale.
Ella se rio de su reacción.
—Solo digo que anoche nos revolcamos bastante. Yo también debería apestar. ¿Apesto?
—Hueles de maravilla. —Hundió la cara en el hueco entre el hombro y el cuello de ella e inspiró hondo—. No quiero olvidar nunca este olor.
Ella se rio porque no pudo evitarlo.
—Eso es raro.
—Creo que anoche llegamos a la conclusión de que los dos somos raros.
—Desde luego que sí. Me gusta ser rara. —Se tomó un momento para estirarse y lo miró con ojos serios—. Sin arrepentimientos, ¿verdad?
—Para nada. Aunque me preocupaba que tú sí tuvieras alguno.
—Estoy bien.
—Entonces me alegro.
Guardaron silencio unos minutos; las manos se paseaban y los besos suaves iban y venían. Cuando por fin se separaron para respirar, la expresión de Hali era seria.
—Sabes que ya no podemos volver a meter al genio en la lámpara, ¿verdad?
Pensó en hacer una broma —verla vestida de genio de la lámpara resultaba muy tentador—, pero le pareció que ir directos al grano era lo mejor para ambos.
—Lo sé. Se suponía que iba a ser poco a poco, que saldríamos juntos unas semanas. No esperaba… esto.
—No conseguía contenerme. —Hali lo dijo con pesar—. Por una vez en la vida seguí a mi corazón e hice lo que quería sin pensar en las consecuencias.
—¿Y ahora?
—No estoy segura de que las consecuencias vayan a ser tan malas como pensé al principio.
Él se tomó un momento para sopesar aquello.
—¿Qué quieres decir? —preguntó al fin.
—Ya estábamos saliendo juntos en cierto modo, aunque no oficialmente.
Todo ese tiempo que pasamos picándonos y discutiendo era como un juego previo.
Nos hemos ido conociendo estas últimas semanas.
A mí me parece bien cómo ha salido todo.
Quiero decir… si a ti te parece bien. Si no te parece bien, quiero cambiar mi respuesta.
Se rio con tantas ganas que pensó que se iba a atragantar y la apretó aún más contra su pecho.
—Me parece genial cómo ha salido todo. De hecho, quiero repetir cuanto antes. Si pudiéramos pasarnos el día en la cama juntos, sería un hombre feliz.
—Creo que eso se puede arreglar.
—¿En serio? —Alzó las cejas de golpe.
—Deja que lo reformule —matizó ella—. Creo que eso se puede arreglar en algún momento. Hoy no puede ser. Tenemos un caso entre manos y no sé a dónde nos va a llevar. Y tú estás oficialmente de servicio.
—Lo estoy, y no me hace ninguna gracia. Ojalá pudiera hacer el vago hoy… con todo el mundo menos contigo.
—Eso es bastante dulce. —Le dio unos golpecitos en la mejilla sin afeitar—. Pero yo también estoy metida en esto. No soporto a Franklin, pero no es un asesino.
—Y no quieres que pierda el complejo, por si acaso eso te acaba fastidiando a ti.
—También está eso.
—No tienes que preocuparte —susurró él con total sinceridad—. Vamos a resolverlo. No permitiré que le pase nada malo a tu bar.
—No sé si puedes prometer eso.
—Y aun así lo prometo. —Le dio otro beso—. De verdad que lo vamos a resolver.
Ella suspiró y asintió. Lo creía, y no solo porque quisiera creerlo.
—Gracias.
—No hay de qué.
—Tenemos que levantarnos.
Él soltó un gruñido.
—Se te da muy bien quitarle toda la gracia a una mañana. Pensaba que tendríamos por lo menos una hora juntos antes de enfrentarnos al mundo real.
Se rio al ver su cara de cachorro abandonado.
—En circunstancias normales, te daría dos horas encantada. Pero tengo una cita.
—¿Tienes una cita? —Arrugó la frente, confundido—. No lo entiendo.
Ella titubeó y luego suspiró.
—Le prometí a mi familia que iría a desayunar con ellos.
—Ah. —Se rio, aunque tuvo que tragarse la decepción.
Estaba distanciado de sus padres, así que no solía pensar en cumplir con obligaciones familiares.
Había conocido a la familia de Hali —bueno, a todos menos a la hermana que ella había mencionado— y debería haber supuesto que venían incluidos en el lote.
—Podrías venir conmigo. —Se mordisqueó el labio inferior mientras le estudiaba la cara. ¿Acaso creía que él iba a rechazarla? Esa idea no le gustó ni un poco.
—Desayunar con tu familia suena genial. —Después de decirlo se dio cuenta de que lo decía en serio—. Solo hay un problema.
Hali esperó.
—Tengo exactamente una muda de ropa, y es la que llevé a cenar anoche. Y tampoco tengo la cuchilla de afeitar.
—Ah. —Hali lo pensó unos segundos y luego sonrió—.
Puedes usar para la cara una de las cuchillas que uso para las piernas.
Seguramente no sea lo ideal, pero servirá para salir del apuro.
También tengo un par de cepillos de dientes de sobra en el armario.
Son los que el hotel les da a los huéspedes, pero para un solo uso están bien.
—Me acordaré de traer ropa de repuesto y un cepillo de dientes la próxima vez que me quede a dormir.
—O podrías dejar un cepillo de dientes aquí. —No se dio cuenta de lo que había dicho hasta que ya era demasiado tarde para retirarlo—. O cuando no te parezca demasiado pronto —añadió a toda prisa.
—Compraré uno hoy. —No iba a contenerse en esta relación. Cierto, no la había buscado, pero eso no significaba que no fuera a lanzarse de lleno ahora. Todo en ella le parecía increíble. Ella hacía que se sintiera increíble. No pensaba renunciar a esa sensación—. ¿Pero qué hago con la ropa?
—¿Puedes ponerte la misma? No era tan elegante.
Gray titubeó y luego asintió.
—Supongo que no me queda otra. Mi única alternativa es pasar por la tienda de regalos del hotel, y si aparezco con unos pantalones cortos y una camiseta con el nombre del complejo estampado, tus padres van a saber lo que hicimos.
—Ay, mis padres van a saber lo que hicimos de todas formas.
—La sonrisa de Hali era tan amplia que amenazaba con comerle la cara entera—.
Tienen tres hijos. Vale, yo soy la más enrollada de los tres, pero son realistas en lo que respecta al sexo.
Yo sabía lo que eran los anticonceptivos a los doce años.
Los tenía a mi disposición —era mi decisión usarlos o no— a los catorce. Saben que no soy virgen.
—¿Me van a odiar? —Gray estaba genuinamente preocupado.
—Ya te conocen —le recordó Hali—. Fue en el bar. Vamos, que estuviste un rato con mi hermano tomando copas.
—Tu hermano no me preocupa. Es un poco rarito, pero inofensivo. Aunque no puedo evitar pensar que tu padre va a querer matarme.
—Puede. Se ha vuelto un poco más protector desde el accidente, lo cual es rarísimo.
—No lo es. Eres su hija y resultaste herida. Sigue viéndote herida. Claro que va a ser sobreprotector.
—Solo que soy adulta y, encima, una bruja de armas tomar.
—Da igual cuando se trata de un hijo tuyo. —Pensó en sus propios padres, en cómo lo habían repudiado cuando la manada se volvió contra él—. O al menos les da igual a la mayoría de los padres.
A Hali la recorrió una oleada de compasión y entrelazó los dedos con los de él.
—Siento lo de tus padres. Ojalá pudiera hacer algo. Pero tienes que saber una cosa… mi familia va a andar siempre por medio. Somos todos demasiado codependientes para mantenernos al margen de la vida de los demás.
—¿Te preocupa que eso sea un impedimento para mí?
—Sí. Sé que son insoportables.
—Hali. —Parecía dolido—. Para mí nada es un impedimento. Me parece bien. Solo espero no tener que darle una paliza a tu padre si viene a por mí con un cuchillo para castrarme.
Ella se rio y Gray nunca había amado tanto un sonido.
—Ay, eso no va a pasar —lo tranquilizó—. Es de los que ponen morros, no de los que pelean. Es mucho más probable que se ponga arisco y te haga tortitas con forma de cuchillo que empuñe uno de verdad.
—Bueno es saberlo.
—Ya me imaginaba que te gustaría.
GRAY CONDUJO HASTA LA CASA DE LOS PADRES DE HALI.
Tenía los nervios por las nubes, pero estaba decidido a hacer feliz a Hali.
Eso significaba que iba a tener que llevarse bien con sus padres…
aunque al principio su padre se pusiera pesado.
Al final lo desgastaría a pura fuerza de voluntad si hacía falta.
Era lo mejor para Hali, así que lo conseguiría.
—Mi madre te va a adorar —le aseguró Hali mientras subían los escalones de la entrada—. Te va a preguntar enseguida qué opinas del matrimonio. Ignórala. Es una madre, qué le vamos a hacer.
Soltó una risa grave.
—Con tu madre puedo lidiar. Me pareció bastante agradable cuando nos conocimos.
—Mi hermano te va a invitar a jugar a videojuegos con él. Di que no. Necesita buscarse un trabajo.
—Entendido.
—A mi hermana le va a fastidiar que todos los demás te hayan conocido y ella no. Tiene sus traumas de hija mayor. Cree que eso la convierte en la jefa.
—¿Me estás diciendo que tú no tienes traumas por ser la mediana?
—Oh, claro que los tengo. —Hali se detuvo con la mano en la puerta—. Tengo el síndrome de Jan Brady, y no es nada bonito. De pequeña nunca tuve la atención plena de nadie, y eso me volvió una amargada.
Él se inclinó hacia ella con la mirada intensa.
—Tienes toda mi atención.
—Eso está muy bien, pero quizá sería mejor que no me mires así delante de mi padre, a menos que quieras que se pase todo el rato en un rincón lanzándote miradas asesinas. —Le dio un beso rápido—. ¿Estás listo?