Nueve #2
No nos salió nada bien. Nos repudiaron, y ahora estamos viendo cuál será nuestro siguiente paso.
—¿Y tu hermana? —Gray temía la respuesta.
—Es menor de edad. No podía traerla conmigo.
—Lo siento mucho. —Gray lo decía de verdad—. Si hay algo que pueda hacer…
—No sé qué se puede hacer.
Hali levantó la mano de golpe.
Un brillo divertido iluminó el rostro de Ray mientras la observaba.
—Dime, Hali —dijo arrastrando las palabras.
—No tienes que hacer nada más que señalarme al viejo pervertido. Puedo dejarle el paquete fuera de servicio sin ningún problema.
—¿Cómo dices? —Ray miró a Gray con una ceja levantada.
Gray no quería delatar a Hali, así que se limitó a sacudir la cabeza.
—Soy bruja —anunció Hali—. Puedo maldecir a ese tipo para que no solo no le funcionen las partes nobles, sino que además se le caigan. Tengo acceso a un aquelarre. Será fácil.
—¿Ah, sí? —Ray parecía divertido—. Pues puede que te tome la palabra. ¿Cuánto costaría? Mis chicos y yo estamos moviendo ciertos asuntillos en los resorts de la zona, sacando dinero rápido hasta que nos pongamos en pie. Aunque no sé cuánto podría reunir así, de un día para otro.
—Nada, lo haré gratis —respondió Hali.
—¿Qué asuntillos? —quiso saber Gray, y frunció el ceño cuando Ray hizo una mueca—. Se te ha escapado, ¿verdad?
—Sí. —Ray se pasó una mano por el pelo—. No es para tanto. Solo estamos… ofreciendo nuestros servicios a las mujeres que vienen de vacaciones y buscan pasarlo bien.
—¿Ofreciendo vuestros servicios? —Gray arrugó la frente.
—Creo que son gigolós —apuntó Hali, muy servicial—. Probablemente por eso se acercó a Rachel en el Shark Cabana. Era una mujer de cierta edad y estaba sola. Podría haberle hecho pasar un buen rato.
Ray soltó un suspiro exasperado.
—Puede que fuera algo así. Pero no quiero hablar de eso. Es… vergonzoso.
—Me lo imagino. —Hali chasqueó la lengua—. Mira, no soy tu madre, pero no deberías intentar proteger a tu hermana aprovechándote de otras mujeres para sacar cuatro duros. Eso es igual de malo que lo que le está pasando a tu hermana.
—Salvo que nosotros trabajamos con adultas que dan su consentimiento.
—Supongo que en eso tienes razón. —Hali miró a Gray por encima del hombro y luego suspiró—. Lanzaré la maldición gratis. Búscame en el Salty Cauldron, en Paradise Lodge, si quieres que lo haga. Estoy allí casi todos los días entre las doce y las siete, y algunos días hasta más tarde.
—Me lo pensaré. —Ray logró esbozar una sonrisa y bajó la mirada—. Gray, no estoy orgulloso de lo que hacemos. Solo necesitamos asentarnos. Tú lo sabes. A ti también te repudiaron. Es un golpe duro. Pero lo estamos resolviendo.
—Lo sé, sí. —Gray forzó una sonrisa débil—. Tampoco estoy de acuerdo con lo que hacéis, pero lo entiendo. Solo no volváis a hacerlo en Paradise Lodge, ¿eh? La última mujer a la que le entrasteis acabó muerta, y no quiero a tus chicos rondando a Hali.
Ray esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—Estás pillado hasta las trancas, ¿eh?
En lugar de negarlo, Gray se limitó a encogerse de hombros.
—No tienes ni idea. —Le puso la mano en la espalda a Hali y la empujó con suavidad hacia el estrecho camino de entrada—. Dicho esto, nos vamos a casa. Recuerda lo que te he dicho. La gente de Paradise Lodge está con los nervios de punta ahora mismo. Deberíais evitarlos.
—Entendido. —Ray hizo un saludo militar burlón—. Gracias por el aviso.
—No hay de qué.
GRAY ESTABA CANSADO CUANDO APARCÓ frente a la villa de Hali. Habían hecho el viaje de vuelta en silencio, los dos absortos en sus pensamientos. Pero ahora que ya la había dejado en casa, le costaba despedirse.
—No es así como imaginaba nuestra primera cita —se lamentó mientras apagaba el motor.
—¿Ah, no? —A Hali se le curvaron los labios, divertida, mientras giraba la cabeza para estudiarle el perfil—. ¿Y cómo la imaginabas?
—Pensaba que cenaríamos. Luego te llevaría a dar un paseo por la playa. Después te diría que nadie ha sido nunca más hermosa que tú. Y por último intentaría llegar a la tercera base antes de acompañarte a casa.
Hali tuvo que morderse el carrillo por dentro para no echarse a reír.
—Me gusta lo sincero que eres.
—Nunca te mentiré, Hali.
Estiró el brazo y le cogió la mano.
—No sé cómo va a funcionar esto. Estoy muy oxidado en esto de las citas. Es muy posible que lo eche todo a perder. Lo único seguro es que no te mentiré.
—Gracias por decírmelo.
Esperó un momento y luego la miró con expectación.
—Ahora te toca a ti decir que no me mentirás.
—Uy, yo voy a mentir, y mucho, sobre todo cuando me preguntes si me gusta el restaurante que has elegido o qué me parecen tus pantalones chinos. Aunque odie el restaurante o la ropa, diré que me encanta, porque no soporto la idea de hacerte daño.
Soltó una risa que llevaba rato conteniendo.
—Supongo que las mentiras piadosas no cuentan.
—Está claro que no —convino Hali—. Sé de sobra que eres de los que me dicen que estoy guapísima aunque lleve cinco horas seguidas sudando y esté hecha un desastre.
—Siempre estás preciosa, Hali.
Ella estiró el brazo y le apretó la mano.
—Sé que es pronto.
No supo qué iba a decir hasta que ya se le había escapado de la boca.
—Estaba pensando que a lo mejor podrías entrar.
—Entrar… ¿en tu casa?
El corazón le dio un vuelco. «¿Está diciendo lo que creo que está diciendo? No puede ser».
—No vamos a hacer las cosas de la manera «normal» —señaló ella—. No somos así. Nuestra primera cita lo demuestra.
Se inclinó hacia él.
—Por cierto, me ha encantado nuestra primera cita. Me lo he pasado bien… incluso cuando discutíamos.
—¿Y cuando nos pillaron espiando?
—Eso también me ha encantado.
Al rodearle la nuca con la mano, pensó que el corazón iba a estallarle en el pecho: le latía tan fuerte…
—¿Estás segura de esto? No quiero meterte prisa.
—Estoy segura. Aunque, si tú no lo estás…
Él la hizo callar con un beso. Fue un beso ansioso, cargado de emoción y tan ardiente que Gray estaba sudando antes de bajar de la camioneta.
—Estoy seguro. Nunca he estado más seguro de nada en mi vida.
Seguía sin aliento cuando le acarició la mejilla delante del vehículo.
—Me lanzo de cabeza, Hali. Te quiero como sea, de cualquier forma en que pueda tenerte.
—Bien. Tengo gelato en el congelador para cuando luego queramos parar a picar algo.
Echó a andar.
—La única regla es que no puedes llevarme en brazos hasta la puerta.
Gray asintió.
—Creo que podré contenerme el resto de la noche.
—Bien. Aunque, una vez dentro, sí puedes llevarme en brazos a la cama.
Salió disparada, y aquella sonrisa pícara estremeció a Gray hasta la médula.
La siguió con las piernas temblando y una sonrisa de oreja a oreja. Ella tenía razón: aquella había sido la mejor primera cita de la historia.