Come, bebe y sé bruja Nueve
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Nueve

Gray había acertado de pleno con las intenciones de Ray. Volvió al bar con cinco minutos de margen y, acto seguido, Ray y un buen puñado de cambiaformas más salieron del local.

—He aparcado en el solar de al lado —susurró Gray mientras guiaba a Hali playa abajo con un leve empujón—. Hay árboles que nos taparán.

—Vale.

Le costaba seguir el ritmo de sus largas zancadas, así que se quitó las sandalias de una patada. Aun así, la cadera le protestaba a gritos cada vez que apretaba el paso para alcanzarlo. Se negaba a pedirle que fuera más despacio.

—Ya voy.

Cuando Gray se dio cuenta de que se había quedado atrás, no protestó. Al contrario: se dio la vuelta y la levantó en brazos antes de que ella pudiera quejarse.

—Normalmente no haría esto, pero no quiero perderlos.

Hali emitió un sonido de protesta.

—Ya van tres veces.

—Una de ellas fue para salvarte la vida.

—Está bien. Esa te la paso.

—Me las vas a pasar todas. —Gray fue tajante—. Si quieres que deje de llevarte en brazos, vamos a mirar las opciones para operarte.

—Vaya tirano estás hecho —murmuró Hali.

—No estás usando bien esa palabra. Soy galante. Hay una diferencia.

—Lo que tú digas.

Hali hizo pucheros todo el camino hasta la camioneta y, cuando Gray la subió a la cabina, soltó el aire presa del pánico al notar que la mano de él se le colaba sin querer por debajo del borde del vestido.

—¡Eh!

Le dio un manotazo.

—Ha sido un accidente.

Incluso con tan poca luz, era fácil distinguir el rubor en las mejillas de Gray.

—Lo siento muchísimo. No pretendía hacer… eso. Se me ha resbalado la mano. Tienes la piel muy suave.

«Ay, suavísima», se dijo para sí.

—No lo he hecho a propósito.

Hali se planteó discutir —se le daba bien—, pero en lugar de eso chasqueó los dedos con impaciencia.

—¿No deberías estar conduciendo ahora mismo?

Gray asintió y rodeó el vehículo a toda prisa hasta el asiento del conductor. Después se dedicó a disculparse ochenta veces —y de ochenta maneras distintas— mientras salían a la carretera para seguir la caravana de Ray.

—Para ya —le espetó Hali al cabo de cinco minutos—. No estoy enfadada. Solo… me ha dado vergüenza. Carrie me eligió la ropa interior.

—Parece bonita —dijo Gray con los ojos entornados mientras las camionetas empezaban a desviarse hacia Tampa—. La tela, digo. Es… bonita.

—Madre mía, eres aún más patoso que yo —se quejó Hali—. Eso no debería ser posible.

—Te juro que se me ha resbalado la mano. No soy ese tipo de hombre.

Hali ya lo sabía.

—No pasa nada. Tampoco es que hayas tocado nada… que no se deba tocar.

Se tomó un momento para pensar en lo que acababa de decir.

—Eso no ha sonado como quería, ¿verdad?

—Entiendo lo que querías decir. Pero no voy a comentar nada, porque quedaría como un idiota.

—Sí, mejor olvidemos que ha pasado.

—Totalmente.

Hicieron el siguiente tramo del viaje en silencio. Cuando los cambiaformas se desviaron por un camino de tierra que llevaba al quinto pino, Gray tomó aire de golpe.

—¿Sabes a dónde van? —preguntó Hali, que había interpretado correctamente el cambio en su actitud.

—Es el Weedon Island Preserve. —A Gray la cabeza le iba a mil por hora—. El padre de Ray tuvo en su día una cabaña por aquí.

—¿Crees que es ahí donde van?

—Eso me imagino.

—No puedes seguirlos tan de cerca —señaló Hali—. Seguramente ya sospechan algo. Aquí no hay tráfico.

—Lo sé.

Gray levantó el pie del acelerador para que las camionetas le sacaran ventaja. Esperó sesenta segundos enteros y luego apagó las luces.

—¡Eh!

Hali se abalanzó hacia delante cuando la oscuridad los envolvió.

—No quiero morir.

—No voy a dejar que mueras. —Su voz era suave—. Yo veo bien. No te preocupes.

—Ah. —Soltó el aire—. ¿Eso es cosa de cambiaformas?

—Sí.

—Supongo que tiene sentido.

Volvieron a quedarse en silencio; lo único que se oía era su respiración pausada. Las luces de freno de las camionetas que iban delante les servían de guía y, cuando se desviaron a la derecha, Gray acertó por segunda vez.

—Van a la cabaña del padre de Ray.

Aparcó al borde del camino de entrada, con la camioneta metida en la cuneta para poder salir corriendo sin problemas si hacía falta, y luego se reunió con Hali al otro lado del vehículo.

—Solo quiero ver qué están haciendo —dijo en voz baja.

—Vale.

A Hali le apetecía espiar un rato. No hubo que convencerla.

—Vamos.

Él levantó una mano para frenarla.

—Llevas sandalias.

Ella parpadeó dos veces.

—¿Y?

—Que son cambiaformas. Te van a oír caminar con sandalias.

—Pues yo no voy a descalzarme en medio de la nada. Me cortaré un pie o algo. Trabajo, ¿sabes? No puedo permitirme estar de baja.

—No era eso lo que sugería.

—¿Entonces qué sugerías? —Hali entrecerró los ojos en cuanto formuló la pregunta—. Ah, quieres volver a llevarme en brazos, ¿verdad?

—Estaba pensando que a caballito sería mejor. Solo hasta que lleguemos a la cabaña.

Hali respiró hondo por la nariz para contener la irritación.

—No llevo la ropa interior más adecuada para ir a caballito.

—Ah, ya lo sé. —Sonrió al recordar aquella piel suave—. No voy a poder ver nada, y aquí no hay nadie más. Solo digo que es lo más sensato.

Hali soltó un bufido de fastidio y luego asintió.

—Está bien. Pero no quiero que esto se vuelva a mencionar nunca.

—Veré si consigo contenerme.

Ella se le subió a la espalda y Gray le agarró las rodillas; gimió al rozar de nuevo aquella piel suave.

—¿Y eso a qué ha venido? —siseó Hali.

—No quieres saberlo.

—¿Tienes un fetiche con las rodillas o algo?

—Al parecer tengo un fetiche contigo.

—Ah, bueno, eso hasta resulta tierno.

—Me alegra que lo apruebes. —La reprendió con un shh cuando ya estaban más cerca de la cabaña. En cuanto pudo distinguir las voces del interior, la bajó al suelo y luego señaló con el dedo, diciéndole en silencio que no moviera ni un músculo.

Ella hizo una mueca, pero cedió. Tenía magia, pero si los atacaba toda una banda de cambiaformas, la pelea podía ponerse fea… sobre todo para Gray, que era de esos hombres que sentirían la necesidad de sacrificarse para protegerla.

Gray la atrajo hacia sí mientras escuchaba y le apretó la cabeza contra el corazón.

No era difícil distinguir las voces, pero hablaban de tonterías —de los Tampa Bay Buccaneers, nada menos— y estaba a punto de rendirse y marcharse cuando la puerta principal se abrió y unos pasos recorrieron el porche delantero.

Gray se tensó, preguntándose qué podía hacer para proteger a Hali, y entonces Ray habló y a él se le cayó el alma a los pies.

—Sabía que nos estabais siguiendo desde el principio —dijo—. No soy idiota.

Gray le acarició la espalda a Hali, le dedicó una sonrisa tranquilizadora y luego se centró en el otro cambiaformas.

—Bueno, como mentías sobre haber estado en Paradise Lodge, quería ver qué escondías.

—No estaba mintiendo —replicó Ray.

—Sales en las cámaras.

—Ah, en ese caso, sí mentía. —Ray encendió un cigarrillo y esbozó una sonrisa de disculpa—. No sabía que Paradise Lodge te importara tanto. —Desvió la mirada hacia Hali, que tenía una expresión desafiante—. Supongo que no hace falta que pregunte de dónde sale ese interés.

—En realidad, Franklin me ha contratado para un trabajillo —respondió Gray—. Mi interés no tiene nada que ver con Hali. Bueno… supongo que algo sí. —Le lanzó a Hali una mirada dubitativa—. Puede que un poco —concedió al cabo de unos segundos.

—Ay, por favor. —La risa de Ray fue grave y gutural—. Nunca has sabido mentir.

—No estoy mintiendo. Es que la situación es complicada.

—Debe de serlo, si estás trabajando para Craven. Que yo sepa, lo odiabas.

—Y lo sigo odiando. Solo que no creo que sea un asesino.

—¿Un asesino? —Ray exhaló una bocanada de humo—. ¿A quién se supone que ha matado?

—A la misma mujer con la que se te ve hablando en el vídeo, delante del Shark Cabana.

Ray apretó la mandíbula.

—No… estoy seguro de a quién te refieres —dijo al final—.

Estuve allí, pero buscaba a unas cuantas personas.

Creo que le pregunté a una mujer que estaba fuera del Shark Cabana quién había dentro, puede que le describiera a quién buscaba, pero eso es todo.

—Dio otra calada al cigarrillo—. ¿Por eso estás aquí?

—Pues sí.

—Vaya. —Ray se lamió los labios y negó con la cabeza—. No soy ningún asesino, tío. Siento decepcionarte.

—Supongo que no querrás contarme qué hacéis aquí, ¿no? —insistió Gray. No veía razón para echarse atrás ahora—. Quiero decir, a menos que tengas algo que esconder.

—En realidad, ya que estamos siendo sinceros, sí tengo algo que esconder —replicó Ray—. Te lo voy a contar, pero solo porque no me hace falta tenerte encima creyendo que soy un asesino.

—Te escucho. —Gray mantuvo las manos en los hombros de Hali, anclándola al sitio, justo delante de él. Si Ray se le echaba encima, se aseguraría de que ella pudiera escapar… de un modo u otro.

—Imagino que tu hermano no te contó lo del repudio masivo de hace unos meses.

Gray frunció el ceño. No era el rumbo que esperaba que tomara Ray.

—¿Repudio masivo?

—La manada repudió a un grupo de nosotros —respondió Ray—. Los ancianos dijeron que fue porque nos negábamos a seguir las normas, y supongo que eso es cierto, pero en realidad lo que queríamos era cambiar algunas de esas normas que nos exigían cumplir.

—¿Qué normas? —Gray estaba completamente perdido.

—Querían obligar a mi hermana a firmar un contrato matrimonial. —La voz de Ray se cargó de rencor—. Querían casarla con Carter Copenhagen.

Hali soltó un gruñido despectivo.

—¿Qué clase de nombre es Carter Copenhagen?

—Un nombre estúpido —respondió Gray—. Y es un hombre estúpido. Es uno de los ancianos… y tiene una reputación horrible. ¿Cuántas esposas ha tenido ya?

—Cinco. —Ray hablaba con gravedad—. Se casa con ellas cuando son jóvenes y las descarta en cuanto cumplen los veinticinco. Mi hermana cumple dieciséis dentro de un mes.

Gray soltó el aire de forma temblorosa.

—Y tú la defendiste.

—Mis padres no iban a hacerlo. Creen demasiado en la manada para causar problemas.

Varios más, los chicos que están dentro, me apoyaron.

Algunos también tienen hermanas. Otros tienen hijas.

Queremos adoptar una nueva forma de pensar.