Ocho #2
Gray sacó el teléfono y le mostró una foto para que la examinara bien.
—¿Has visto a este tipo alguna vez?
—No… lo… sé.
Hali clavó la mirada en la foto. El hombre le resultaba familiar y, sin embargo, estaba segura de que no era uno de los profesores.
—¿Debería conocerlo?
—Es Ray Corbin. Es de la manada, dato que convenientemente me guardé cuando hablé antes con Mike y Cecily. Creo que Cecily se dio cuenta, pero no dijo nada. A Mike cuesta más calarlo.
—Mike es inofensivo, y está al tanto de parte del tema paranormal, por lo menos. No estoy segura de que entienda la política de la manada, pero probablemente podrías habérselo dicho.
—Preferí ir sobre seguro. No veo a Ray desde hace varios años, pero antes se juntaba con mi hermano.
—No estoy segura de por qué es importante —admitió Hali—. ¿Qué tiene que ver con la muerte de Rachel?
—Estuvo en el Shark Cabana la noche que Rachel llegó al complejo. Estaba solo, fuera del bar, y cuando Rachel salió, habló con él durante varios minutos.
—¿Y crees que eso es importante?
—Creo que quiero hablar con Ray —respondió Gray—. Para empezar, no entiendo qué hacía en el complejo, y quiero saber qué le dijo.
—Vale.
Hali se encogió de hombros.
—Vamos a localizarlo después de cenar.
Gray frunció el ceño.
—Eso no es un plan de cita.
—¿Sabes qué? Creo que deberíamos asumir lo raro. Llevamos semanas investigando cosas juntos. Nos sentimos cómodos haciéndolo. Obligarnos a seguir las normas de una cita como es debido solo va a poner las cosas tensas. No lo hagamos.
—Así que… quieres darte una cena carísima y luego interrogar a un miembro de la manada. Eso es lo que me estás diciendo.
—Ajá.
Hali no veía razón para mentir.
—Vaya.
Él se frotó la barbilla y luego asintió.
—A mí me suena a velada perfecta.
—Y por eso nos llevamos bien.
Gray podía pensar en unas cuantas razones más por las que se llevaban tan bien, pero optó por guardárselas… por ahora.
—¿POR QUÉ ME HAS DEJADO COMER TANTO? —se quejó Hali mientras Gray la llevaba por la playa. Habían decidido caminar después de semejante comilona. Él tenía una intuición sobre dónde podrían encontrar a Ray, y no quedaba lejos de donde habían empezado su primera cita.
—Ay, no irás a ser de esas personas, ¿no?
Gray le lanzó una mirada severa.
—Te dije que no tenías que acabarte todo lo del plato.
—Es que estaba buenísimo.
Hali adelantó el labio inferior.
—A veces creo que me gusta demasiado esa salsa de mantequilla con limón. He soñado con bañarme en ella.
Gray se rio con tantas ganas que Hali temió que se atragantara.
—Creo que eso dice algo de ti —dijo él mientras se secaba una lágrima rebelde del rabillo del ojo.
—Ya lo sé. Soy de las que viven para comer, y no es nada bueno.
—No, pero tampoco es lo peor del mundo. A mí también me encanta una buena comida. Y he aprendido que caminar después de un banquete es lo mejor si quiero dormir sin despertarme con un ardor de estómago infernal.
—Muy cierto.
Hali chocó los nudillos con los de él y se ganó una sonrisa encantada.
—¿Qué?
—Es solo que… me gusta todo de ti, de verdad.
—Supongo que eso es bueno, porque yo estoy en el mismo barco.
Hali hizo una mueca pesarosa.
—Tenemos algunas cosas de las que vamos a tener que hablar. No creo que ir demasiado rápido sea bueno para ninguno de los dos.
—Desde luego que no. Podemos hablar. Pero, por ahora, quiero echar un ojo a ese bar.
Inclinó la cabeza hacia Crusties. Era un bar destartalado justo en la playa. Llevaba allí desde que él tenía uso de razón. Aunque solo lo frecuentaba cierto tipo de gente. Gente de la manada, para ser exactos.
—Nunca había estado aquí —comentó Hali, pensativa—. Es… rústico.
—Es una pocilga —dijo Gray—. Pero Ray se deja caer por aquí a veces.
—Ah.
Hali asintió con comprensión.
—Lo pillo. Quieres ver si está aquí esta noche.
—Ese es el plan.
Gray entrelazó los dedos con los de Hali y tiró de ella hacia una de las mesas de la terraza.
—Sentémonos, veamos cómo está el terreno y hagámonos los tranquilos.
—Yo siempre estoy tranquila.
—Te he visto hacer el ridículo lo menos diez veces esta noche.
—Sí, pero era un ridículo con estilo.
—Supongo que eso te lo puedo conceder.
COGIERON UNA MESA, PIDIERON BEBIDAS Y luego se dedicaron a observar a la clientela. Gray encontró a Ray enseguida. Estaba sentado en un taburete de la barra. Gray aún estaba pensando cómo abordar al otro cambiaformas cuando Ray lo vio y se dirigió hacia su mesa.
—Vaya sorpresa.
Le dedicó a Gray una sonrisa radiante. Aunque la manada lo había repudiado prácticamente cuando intervino para enfrentarse al líder por lo que él consideraba una conducta sexual repugnante, no todos los cambiaformas se atenían a las reglas de la manada ni fingían que era invisible.
—¿Cómo te ha ido?
—Bien —respondió Gray—. No sabía que venías por aquí.
—Pues yo tampoco sabía que tú vinieras por aquí.
—Acabamos de cenar. —Gray señaló hacia la playa—. Nos hemos atiborrado de patas de cangrejo y necesitábamos andar un poco para bajar la comida. Luego nos ha apetecido tomar algo.
—¿Ah, sí? —Ray dirigió su sonrisa encantadora a Hali—. ¿Y a quién tenemos aquí? —Por la forma en que su mirada recorrió las piernas desnudas de Hali, Gray supo que a Ray le gustaba lo que veía. A pesar de la irritación, Gray se contuvo y no marcó territorio… aunque le costó lo suyo.
—Esta es Hali. Es la dueña del bar tiki del Paradise Lodge.
—¿Ah, sí? —Ray no perdió ni un segundo—. Suena divertido.
—Tiene sus momentos —respondió Hali.
—¿Y fue allí donde conociste a Gray?
—Sí. Un día se pasó por allí para hacerme preguntas sobre un caso en el que estaba trabajando.
Y luego siguió volviendo. Creo que simplemente le gustan mis cócteles.
—Hali guiñó un ojo y sonrió, dando a entender que estaba de lo más relajada.
Gray la conocía lo suficiente para saber que estaba analizando cada movimiento de Ray.
—Sí que me gustan sus cócteles —confirmó Gray—. Y resulta que ella también me gusta.
—Ya veo por qué. —Ray sonrió como un lobo—. Vi a tu hermano hace unas semanas. No mencionó que tuvieras novia.
—Espero que Rusty no vaya por ahí hablando de mi vida amorosa a todas horas —dijo Gray—. Además, no llevamos tanto tiempo saliendo. Con suerte, esto es solo el principio. —Le lanzó a Hali una sonrisa cariñosa.
—Lo único que quiere es seguir bebiendo gratis —replicó Hali, lo que hizo que Gray frunciera el ceño. Estaba claro que no le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación—. Hablando de copas, me resultas muy familiar. ¿Estuviste en el Shark Cabana hace dos noches? Creo que te vi allí.
Ray se tensó un instante y abrió mucho los ojos. Lo disimuló rápido, pero no tanto como para engañar a Gray y a Hali.
—Lo siento. Hace bastante tiempo que no voy al Shark Cabana. Debiste de ver a otra persona.
—Vaya. —Hali inclinó la cabeza de forma exagerada—. Estoy casi segura de que eras tú.
—No era yo. Lo siento. —Ray montó todo un numerito: miró por encima del hombro y luego levantó un dedo, como si les dijera a los de la barra que volvía en un segundo, aunque absolutamente nadie lo estaba llamando—.
Creo que os voy a dejar seguir con vuestra cita.
Me ha alegrado verte, Gray, y encantado de conocerte, Hali. —Ray ya se estaba alejando.
—A mí también me ha alegrado verte. —Gray no intentó impedir que Ray se escapara. No tenía sentido.
—Está mintiendo —dijo Hali—. Estuvo allí, sin duda.
—Desde luego que miente —coincidió Gray—. Vamos a vigilarlo un rato. Tengo la sensación de que se largará más pronto que tarde. Lo seguiremos cuando lo haga.
—¿No necesitaremos un coche para eso?
—Sí. Voy a tener que bajar corriendo a por mi camioneta. —Gray dudó un instante—. ¿Estarás bien aquí sola diez minutos?
—¿Estás intentando cabrearme? —Los ojos de Hali echaron chispas—. Llevo mucho tiempo cuidando de mí misma.
—Solo lo preguntaba. —Gray soltó una risita y levantó las manos en señal de paz—. Volveré lo antes posible. Si alguien pregunta, di que estoy en el baño.
—Sé manejarme en un bar.
—Estoy seguro de que sí. Pero este bar es de los peligrosos… y resulta que te tengo cierto cariño.
A Hali le ardieron las mejillas.
—Puedo cuidarme sola —dijo cuando estuvo razonablemente segura de que podía volver a hablar sin trabarse—. No tienes que preocuparte por mí.
—Creo que eso no está en mis manos. Pero volveré.
—Qué ganas.