Come, bebe y sé bruja Ocho
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Ocho

Carrie se tomó un descanso del trabajo justo lo necesario para ayudar a Hali a vestirse para la cita.

Hali emitió toda una serie de ruiditos de protesta cuando Carrie vetó los pantalones como opción, pero al final cedió a las exigencias de su amiga y se puso un sencillo vestido lencero.

No era entallado, de modo que le quedaba holgado y cómodo, y los tirantes finos le dejaban los hombros al aire, que en secreto consideraba su mejor atributo.

—¿Seguro que no parezco idiota? —quiso saber Hali, plantada frente al espejo de cuerpo entero.

Se había recogido el pelo en un moño despeinado con estilo —se lo había hecho Carrie— y se sentía un poco ridícula por ir tan arreglada.

—Lo creas o no, para algunas personas este es un conjunto normal —argumentó Carrie.

—Mi vestido tiene lentejuelas —se quejó Hali.

—Tu vestido tiene detalles de lentejuelas —replicó Carrie—. No es que vayas a ponerte a bailar disco.

Se puso seria y le apoyó las manos en los hombros a su amiga.

—Bien, ahora toca hablar en serio. ¿Qué ropa interior llevas?

Hali nunca habría imaginado que oiría esa pregunta salir de la boca de su amiga.

—¿Perdona?

—Oh, no me mires así —dijo Carrie con firmeza—. No estoy diciendo que vaya a haber sexo…

—No va a haber sexo —insistió Hali—. Es nuestra primera cita. Nadie se acuesta en la primera cita.

Carrie soltó un bufido que decía a gritos «si tú lo dices» y se limitó a sonreírle a la bruja nerviosa, que no paraba de removerse dentro del vestido.

—No llevas bragas de abuela, ¿verdad?

—No tengo bragas de abuela.

—Claro que sí. Déjame ver.

Carrie se dejó caer al suelo antes de que Hali se diera cuenta de lo que pretendía y le levantó la falda del vestido para echar un vistazo.

—¡Eh! —Hali le apartó la mano de un manotazo—. Eso es una invasión de la intimidad.

—Y esas bragas son un atentado.

Carrie rodó hasta quedar de rodillas y gateó hasta la cómoda. Sabía dónde guardaba Hali las bragas, así que abrió el cajón de inmediato y empezó a rebuscar entre el contenido.

—Tenemos que hacer una escapada al centro comercial en algún momento, porque solo tienes dos bragas aceptables para salir con un bombón como Gray.

Le tendió un tanga.

—Ponte esto.

—No. —Hali se sentía expuesta, algo que odiaba profundamente—. Además, no me gusta la palabra «bombón». No voy a salir con él porque esté bueno. Dar tanta importancia al aspecto físico de la gente es superficial. No me gusta.

—Póntelo —ordenó Carrie.

Hali la miró furiosa unos segundos, luego agarró la ropa interior y se metió en el baño dando pisotones. No tardó nada en cambiarse las bragas y, cuando volvió, le lanzó a Carrie a la cabeza los culotes de algodón que llevaba puestos.

—¿Contenta?

—Esto no va de que yo esté contenta. Va de que lo estés tú… y en unas pocas horas espero que estés muy contenta.

La sonrisa de Carrie era tan amplia que amenazaba con comerle la cara entera.

—¿Qué acabo de decir? —gruñó Hali—. No habrá sexo.

—Eso ya lo veremos.

Carrie, radiante, se dirigió con paso airoso hacia la entrada de la villa. Fue directa a la ventana y sonrió de oreja a oreja al asomarse.

—Oh, ha llegado temprano. Mira eso. Está de pie junto a su camioneta y trae flores. Es monísimo.

A su pesar, Hali sintió la necesidad de mirar.

—¿Qué lleva puesto?

—Seguro que se ha puesto sus mejores bóxers —respondió Carrie—. Está claro que es de bóxers, lo cual es bueno, porque los slips no resultan nada atractivos a menos que seas modelo masculino y no tengas un solo pelo en el cuerpo.

—No te imaginas cuánto disfruto escuchando tu opinión sobre estas cosas —soltó Hali con brusquedad.

—Es que tengo demasiada sabiduría dentro.

Carrie cogió un jersey de croché del perchero de Hali y se lo tendió.

—Por si el aire acondicionado del restaurante es demasiado fuerte.

Le dedicó a su amiga una mirada crítica.

—Estás realmente preciosa.

Hali quería enfadarse, pero en lugar de eso se le derritió todo por dentro.

—Estoy nerviosa.

—Lo sé. —Carrie se volvió comprensiva—. Pero vas a estar bien.

Al cabo de unos minutos te acordarás de que has tenido un millón de conversaciones con Gray y que ya sabes bastante sobre él.

Este baile que os habéis montado los dos probablemente te haya venido bien…

aunque haya sido una tortura esperar a que diera el primer paso.

—No me puedo creer que estemos teniendo esta conversación —se lamentó Hali—. No debería estar saliendo con nadie. No soy de esas personas que tienen citas.

—Oh, cállate. —Carrie no se lo tragaba—. Te gusta, y lo sabes. Es más, a mí me gusta. Creo que te va a venir bien.

—¿Y por qué no importa lo que yo piense?

—Porque eres tu peor enemiga.

Carrie abrió la puerta de par en par y saludó a Gray con una enorme sonrisa cuando él subió los escalones.

—Está nerviosa, y vas a tener que lidiar con eso.

Le he arreglado la ropa interior por si acaso, pero el sexo no es algo seguro.

Eso tendréis que decidirlo vosotros dos más tarde.

No come como un pajarito, así que no dejes que elija algo barato de la carta.

Dale de comer bien y será tuya para siempre.

Gray parpadeó varias veces y luego sonrió de medio lado.

—Gracias por los consejos. Supongo.

Dirigió la mirada hacia Hali e inspiró de golpe.

—Creo que nunca te había visto con vestido.

—Con eso también está acomplejada.

Carrie le quitó las flores a Gray y las examinó.

—Son bonitas. Las pondré en agua antes de volver al trabajo. Deberíais iros ya.

Gray se sintió como atrapado en un torbellino.

—Eh… vale —dijo por fin, y le tendió la mano—. No vas a estar aquí antes de cada cita, ¿verdad? Por mucho que me caigas bien, y de verdad que me caes bien, esto es raro.

—Ah, solo he venido para asegurarme de que no se perdiera en su propia cabeza y le entrara el pánico al vestirse. Ya ha superado esa fase, así que ya he acabado. Pasadlo bien esta noche.

Le dio una buena palmada en el hombro a Gray.

—Y acuérdate de lo que te he dicho sobre la comida.

Gray no pudo contener la risa.

—Le daré de comer. Lo prometo.

Le apretó la mano a Hali cuando ella se acercó un paso.

—¿Estás lista?

¿Lo estaba? Hali no tenía ni idea.

—Supongo. Pero estoy nerviosa.

—Yo también estoy un poco nervioso. Podemos estar nerviosos juntos.

Hali se encogió de hombros porque no había otra cosa que hacer.

—Me han hecho ofertas peores.

EL CARO RESTAURANTE DE MARISCO DE LA PLAYA estaba a tope. Gray había reservado mesa en el balcón y, cuando se sentaron, la suave luz de las velas iluminaba la mesa y creaba un ambiente encantador.

—¿Has avanzado algo hoy? —preguntó Hali automáticamente mientras abría la carta.

Gray vaciló y luego asintió.

—Puede que un poco. Aunque pensé que esta noche podríamos evitar hablar del caso. Ya sabes… tratar esto como una cita de verdad.

—Ah. —Hali se quedó desconcertada—. No había pensado en eso. Hace tantísimo que no tengo una cita.

—Eso lo tenemos en común.

Sonrió a la camarera cuando se acercó a la mesa.

—Yo tomaré una Stella Artois.

—Claro. —La camarera le lanzó un guiño coqueto y luego se centró en Hali—. ¿Y usted?

—Yo un gin-tonic —respondió ella después de estudiar la carta unos segundos.

La camarera tomó nota de las bebidas, recitó las sugerencias del día y desapareció.

—¿Un gin-tonic? —Gray arqueó una ceja desafiante—. Eso es una copa de abuela.

—Oye, soy camarera. El gin-tonic es una de las pocas copas que no se pueden estropear. Además, es suave para el estómago.

—Y tienes el estómago nervioso —supuso Gray.

—Sí.

Hali sabía que probablemente no era muy prudente admitir todo lo que sentía, pero Gray la hacía sentir cómoda —al menos la mayor parte del tiempo— y pensó que lo mejor era soltar sus miedos de golpe y quitárselos de encima.

—No recuerdo haberme sentido tan incómoda en toda mi vida. Ni siquiera cuando tenía trece años y no sabía qué tipo de sujetador necesitaba porque, de la noche a la mañana, me empezó a crecer todo. Siento que no encajo en mi propio cuerpo.

Gray se rio de su sinceridad.

—No pasa nada.

Le cogió la mano y se la giró para examinarle la línea de la vida.

—Los dos somos… personas… raras. Solo tenemos que soltarnos. Yo ya estoy cómodo contigo. Lo que pasa es que hay mucha presión con esta cita.

—No sé ni de qué hablar contigo —admitió Hali—. O sea… si no podemos hablar del caso, me quedo sin nada.

Y eso, se dio cuenta Gray, era un problema para los dos.

—¿Sabes qué? Olvida lo que he dicho. Hablemos del caso.

—Pero esa no es conversación de cita.

—Me da igual lo que se considere conversación de cita. Tú y yo hablamos de las cosas. Es lo que hacemos. Podemos hablar de esto. Creo que nos relajará a los dos.

—¿En serio? —Hali arqueó una ceja escéptica—. ¿No te vas a aburrir?

—No contigo.

—Vale, pues… He hablado con varios de los profesores y en lo único en que coincidían todos era en que se sentían culpables porque Rachel no les caía bien.

—La verdad es que no me sorprende. Hoy he visto grabaciones de Rachel. Incluso cuando estaba con el grupo, de alguna manera estaba fuera del grupo. Era… triste, en cierto modo.

—Creo que intentaba encajar, pero se le daba mal —dijo Hali—. O sea… no se daba cuenta de que, cuanto más lo intentaba, más echaba a la gente para atrás. La hacía parecer desesperada, y eso no es algo que atraiga a nadie.

—A la gente le atrae la seguridad en uno mismo —coincidió Gray—. Resulta… atractiva. —Le sonrió—. A ti te sobra seguridad en ti misma.

—Sí. En eso soy buena. Tú también.

—Simplemente me gusta saber quién soy.

Desvió la mirada a la carta y las palabras de Carrie le resonaron en la cabeza.

—Aquí tienen una mariscada enorme que dicen que es espectacular.

—¿Me estás poniendo a prueba para ver si pido un entrante o algo así? —lo desafió Hali.

—Puede.

—Pues voy a pedir la mariscada. Carrie tenía razón. Estoy mucho más cómoda cuando como. Además, este vestido no es tan ajustado como para que se me note la hinchazón.

—Ese vestido es espectacular. Estás… espectacular.

A Hali le ardieron las mejillas mientras él la contemplaba.

—Tú también estás muy guapo. ¿Seguro que no te importa hablar del caso?

—Sí. Hay varias cosas que quiero comentar contigo, incluido este tipo.