Seis
—Oye.
Gray pilló a Hali antes de que lograra escabullirse por la acera de atrás rumbo al bar tiki. Eran apenas las once, pero ya llevaba retraso, algo que él comprendía de sobra.
—Lo de la cita sigue en pie, ¿verdad?
Hali no supo si sorprenderse o divertirse con la pregunta.
—¿Deberíamos preocuparnos por la cita después de todo lo que ha pasado?
—Sí. Quiero que tengamos nuestra cita.
Ella ensanchó la sonrisa.
—Bueno, como hoy vamos a trabajar esto desde ángulos distintos, lo mínimo que podemos hacer es comer juntos e intercambiar información.
Gray frunció el ceño.
—Me quieres por algo más que por mi destreza como investigador, ¿no?
—Tu cuerpo tampoco está mal.
Él sonrió de medio lado.
—Solo digo que no hay motivo para poner nuestras vidas en pausa porque Franklin sea un idiota. Quiero disfrutar del tiempo que paso contigo, aunque él sea un cretino.
Hali sintió un calor que le recorrió todo el cuerpo al ver aquella mirada tan sincera.
—Cenar me parece bien. Ya he quedado con Theresa en que se hará cargo del Salty Cauldron a las seis.
—Creía que te recogía a las siete.
—Tengo que arreglarme —le recordó ella—. Es una cita. No puedo aparecer chorreando sudor y oliendo a piña colada.
—Pues la verdad es que suena perfecto. —Se inclinó hacia ella—. Te recojo en tu villa a las siete. El restaurante es informal, pero tienen una norma de «nada de medio culo al aire» con los pantalones cortos.
—Creo que no habrá problema. —Hali titubeó y luego alargó la mano para coger la de él. Le resultó raro y acertado a la vez—. Quiero darte las gracias. —Ahora hablaba muy en serio—. Te has lanzado a ayudar a Franklin aunque lo odias.
—Lo odio, sí. Pero era lo correcto. Es imposible que haya matado a Rachel Champion.
—Pero no lo has hecho por Franklin. Lo has hecho por mí.
Gray vaciló y después se encogió de hombros.
—Entonces supongo que será mejor que merezcas la pena, ¿eh?
Hali dejó escapar una risa y le soltó la mano.
—A trabajar. Tienes faena.
—La tengo. Voy a empezar en la oficina de seguridad e investigaré a todos los profesores que pueda. ¿Tú qué vas a hacer?
—Lo mismo. Solo que yo voy a usar alcohol para soltar lenguas.
—Buena idea.
—Las tengo a montones. —Hali los sorprendió a los dos al lanzarle un beso descarado a Gray—. Nos vemos pronto.
A él le dio un vuelco el corazón.
—Cuenta con ello.
CECILY HABÍA LLAMADO ANTES PARA AVISAR a la seguridad del complejo de que tenían que colaborar con Gray en lugar de ponerle las cosas difíciles.
Mike fue la primera cara con la que se cruzó Gray al entrar en la sala privada, y al investigador le hizo falta todo su autocontrol para no buscarle pelea allí mismo.
—Creía que tu turno ya había terminado —dijo Gray cuando Mike le señaló un ordenador.
—Me pagan horas extra.
—Bueno, pues me alegro por ti, supongo. —Gray se dejó caer en la silla—. ¿Puedo acceder desde aquí a todos los profesores?
Mike asintió.
—Sí. Están todos ahí e identificados. El único inconveniente puede ser que algunos de los que se inscriben en los congresos no facilitan los códigos de su grupo. Cuando pasa eso, no les aplican el descuento —y algunos ni se enteran— y no entran en el gasto de comida del grupo.
—¿Y eso con qué frecuencia pasa?
—No muy a menudo. Es más probable cuando se trata del tipo de congreso que atrae a gente que gasta mucho. Y eso no suelen ser los profesores.
—Claro. —Gray asintió con la cabeza y se puso a teclear. Notaba a Mike rondándole a la espalda. Quería pedirle que se fuera, pero temía que eso prendiera de algún modo la testosterona de la sala… y de una manera que no dejaría contento a nadie.
—Así que… ¿tú y Hali? —preguntó Mike tras varios minutos de silencio.
Gray ya esperaba la pregunta, así que no se le movió un músculo de la cara.
—Esta noche tenemos nuestra primera cita.
—¿Primera cita? —dijo Mike con incredulidad—. Habría jurado que llevabais mucho tiempo saliendo. Arriba parecíais teneros mucha confianza.
A Gray se le ocurrió una respuesta, pero se lo pensó mejor.
—Hemos trabajado juntos en un par de cosas. Empezó siendo algo platónico. —Era mentira. Nunca había albergado sentimientos platónicos por Hali. Pero aquel no era el momento de admitirlo—. Simplemente nos dimos cuenta de que nos gustaba pasar tiempo juntos y decidimos hacerlo más oficial.
—Sabes que aquí todos los que les gustan las mujeres están colados por ella, ¿no?
—Ya lo veo.
—Yo creo que está buenísima.
Gray tuvo que contener un suspiro mientras se giraba para estudiar al guardia de seguridad.
—No sé muy bien qué quieres que te diga.
—Es solo que no quiero que le hagas daño. Todo el mundo adora a Hali. Le ganó la partida a Craven. Solo por eso ya es como una criatura mítica.
Era algo que Gray no se había planteado, pero tenía sentido.
—Tengo toda la intención de tratarla bien.
—Vale. —Mike sonaba resignado—. Pero que sepas que te voy a dar una paliza si le haces daño.
Gray torció los labios en una media sonrisa.
—Gracias por el aviso. Por pura curiosidad, si tanto te gustaba, ¿por qué no la invitaste a salir tú?
—Porque me daba miedo. Siempre parecía… perdida en su propio mundo. Y había veces en que parecía triste. Nunca lo demostraba, pero era algo que se notaba cuando estabas cerca de ella.
Gray reconoció lo que Mike describía. Él también había notado el poso de tristeza de Hali cuando la conoció.
La nube gris que la cubría el día que se conocieron se había despejado un poco en las semanas que llevaban pasando tiempo juntos.
Aun así, sabía que probablemente no había desaparecido del todo.
—No quiero que esté triste.
—Creo que tú podrías ser la solución, aunque me den ganas de darte un puñetazo.
Gray no pudo evitar reírse ante la sinceridad de Mike.
—Haré lo que pueda.
—Me parece justo. —Mike se acomodó en la silla de al lado de Gray—. Entonces, ¿qué estamos buscando?
—Sinceramente, no estoy seguro. —Gray se rascó la mejilla—. Por lo que he visto, hay quinientas personas en este congreso. Lo lógico es que Rachel fuera el objetivo de alguien que la conocía o, al menos, de alguien que la hubiera visto en algún momento del día.
—O sea, los profesores —dedujo Mike.
—Sí, pero el problema es que ahora mismo hay tres congresos a la vez. Me lo dijo Hali. Por lo que sabemos, puede que nuestro asesino viera a Rachel en una tienda o en cualquier otra parte. No sé cómo reducir la lista sin tener más datos, y no puedo conseguir más datos sin reducir la lista.
—¿Tú crees que es inocente? —preguntó Mike—. Quiero decir… sé que tiene fama de imbécil y de mujeriego, pero eso no significa necesariamente que sea un asesino.
—No lo significa —admitió Gray—. Sí creo que es inocente… y no porque sea un buen tipo. Es demasiado vago para matar a nadie.
—¿Y cuál es el plan? —Mike parecía sentir verdadera curiosidad—. ¿Cómo vamos a resolver esto?
—Bueno, vamos a empezar a la antigua usanza. —Gray hablaba con gravedad—. Por ahora descartaremos a las mujeres y a todo el que haya venido en pareja. Luego empezaré a meter los nombres de los hombres en un programa de búsqueda al que estoy suscrito, a ver si aparece algo en los antecedentes.
—Como una violación o algo así.
—No creo que en la mayoría de los estados puedas trabajar de profesor con una condena por violación en el historial. Buscamos delitos violentos. Tal vez una pelea en un bar… o incluso un caso que nunca llegara a juicio.
—¿Crees que eso nos dará las respuestas que buscamos?
—Probablemente no, pero hay que empezar por algún sitio.
HALI FUE EFICIENTE AL AbrIR EL Salty Cauldron. Su primera visita del día fue Wayne, que parecía estar arrastrando su propia resaca.
—Podrías haberme llevado al jardín, por lo menos. —Tenía un tono acusador mientras Hali pasaba un trapo por las mesas—. Me dejaste tirado en el aparcamiento. Si no me atropellaron fue solo por la gracia de la diosa.
—O podrías haber buscado tú solito un sitio para dormir que no fuera el aparcamiento —le replicó Hali—. Esa opción siempre existe.
—Creía que lo había hecho. —Wayne lo dijo con tono quejica—. Creo que alguien me movió cuando estaba inconsciente. Es la única explicación.
—Claro. Alguien te llevó del césped al aparcamiento en broma. Suena totalmente plausible.
—Pues yo no me quedé dormido en el aparcamiento por mi cuenta.
Hali parpadeó dos veces y luego puso los ojos en blanco.
—Te quedaste frito en el aparcamiento porque eres un borracho. Te has quedado frito en el aparcamiento lo menos cinco veces este mes. No sé qué decirte.
—Y volvemos a que podrías haberme llevado al jardín —soltó Wayne.
—Se acabó la conversación. —Hali lo dejó rumiando a la sombra y se metió detrás de la barra.
La clientela solía ser escasa hasta bien entrada la tarde, así que a menudo abría sola.
Si iba a empezar a pasar tiempo con Gray, eso probablemente significaría menos turnos de cierre para ella, y era algo que aún no tenía resuelto.
¿Estaba lista para empezar a salir con alguien?
Es decir… en serio. No lo tenía claro. Por supuesto, cuando pensaba en cerrarle la puerta a Gray, se le revolvía el estómago, y no era una sensación con la que quisiera convivir, lo que significaba que en realidad no tenía opción.
—¿Me pones algo con fruta?
La voz arrancó a Hali de su ensimismamiento y, al volverse, encontró a una morena sentada en una de las mesas pequeñas. Estaba tan ida que ni había oído acercarse a la mujer. Aun así, la reconoció. Había estado con el grupo de profesores la noche anterior. Era la morena vivaracha.
—Por supuesto. —Hali se recompuso rápido—. ¿Tienes algo concreto en mente?
—Algo con piña… y coco. —La morena parecía triste, y Hali no necesitaba preguntar por qué.
—Marchando. Aunque deberías cambiarte de mesa. —Hali señaló una que estaba a la sombra—. Aquí hace un calor horrible a media tarde. Los ventiladores echan agua pulverizada, pero no ayuda mucho. Mejor a la sombra. Te traigo también un agua.
La morena resopló, pero no opuso resistencia.
—Eres un poco mandona, ¿eh? —dijo mientras se acomodaba en la mesa nueva.
—No eres la primera persona que me lo dice.