Come, bebe y sé bruja Cinco #2
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Cinco #2

—Iba flotando, muy a gusto —aclaró Franklin—. No estaba como para caerme redondo.

—¿Qué hiciste cuando entraste en la habitación? —preguntó Hali. Estaba decidida a no dejar que la conversación se desviara.

—¿Me preguntas si le hice ver las estrellas?

—Jamás lo expresaría así.

—Pues te lo pierdes, porque yo estaba más que listo para hacerle ver las estrellas. Pero no llegó a pasar. O al menos creo que no.

—No debió de ser una gran experiencia si no recuerdas si pasó o no —señaló Gray.

—Todo está… un poco borroso. —Franklin se frotó la mejilla—. Subimos unos cócteles a su habitación, pero no recuerdo habérmelos bebido.

—Si los vasos seguían en la habitación, los analizarán —dijo Gray—. Es el procedimiento habitual.

—Vale. —Franklin apretó los labios—. Recuerdo que estaba sentado en la cama. La cabeza me daba vueltas.

—¿Bebiste lo suficiente para que te diera vueltas? —preguntó Hali.

—No, y nunca bebo tanto. No desde… —Dejó la frase a medias y le lanzó una mirada significativa. Era la primera vez que mostraba algo parecido al remordimiento por lo que le había pasado a Hali.

—Sabe la suerte que tuvo de que no insistieras en denunciarlo a la policía aquella noche —intervino Cecily—. Es un completo inútil, una herramienta de pacotilla —un destornillador diminuto que no vale absolutamente para nada—, pero no es tonto.

—Salió mucho mejor parado de lo que habría salido si yo hubiera estado allí —murmuró Gray—. Ella sigue cargando con las consecuencias de tus decisiones, y lo único que tuviste que hacer fue darle un bar.

—Y una villa —espetó Franklin—. Es mucho dinero de mi bolsillo por culpa de un accidente. No me parece nada justo.

—Yo no seguiría por ese camino —masculló Cecily. Su expresión dejaba claro que iba en serio. Cuando se volvió hacia Gray, su tono era casi de ruego—. Mira, sé que no te cae bien.

—Lo desprecio —admitió Gray sin dudar.

—Con todos sus defectos, no es un asesino —insistió Cecily—. Lo sabes. Si lo llevan a juicio, puede ser muy malo para el complejo. ¿Eso es lo que quieres? Yo creo que no.

—No veo por qué debería importarme —replicó Gray—. Si lo pierde todo, por mí perfecto.

—¿Y si Hali lo pierde todo?

A Hali se le retorció el estómago al ver la gravedad en el rostro de Cecily.

—¿Qué crees que va a pasar aquí?

—Aún no estoy segura. —Cecily extendió las manos—. Veo un par de escenarios posibles. Cualquier acuerdo de venta incluiría tu titularidad del bar tiki, siempre que el terreno siga siendo un complejo turístico. Pero si lo convirtieran en otra cosa… —Dejó la frase en el aire con cara de apuro.

—Entonces podrían arrasar el complejo a mi alrededor y dejar solo mi villa y el bar tiki, pero si no hay complejo, los dos son inútiles —concluyó Hali.

Había creído que su plan de futuro era a prueba de bombas cuando cerraron el acuerdo.

Ahora se daba cuenta de que su posición no era ni de lejos tan sólida como había imaginado.

—Todo va a salir bien. —Gray se inclinó y le cogió la mano para apretársela—.

No tienes absolutamente nada de qué preocuparte.

Te lo prometo. —Su gesto se endureció cuando se volvió de nuevo hacia Franklin—.

Mi tarifa es de quinientos dólares la hora.

Como te desprecio, tú tendrás que pagar mil la hora.

Franklin puso reparos.

—¿Y qué estoy pagando exactamente?

—Mis servicios.

Franklin retrocedió de forma bien visible.

—Chaval, puede que les gustes a las mujeres, pero a mí eso no me va. Siento decepcionarte.

—No vuelvas a decir nada parecido —le advirtió Gray—. Hablaba de mis servicios como investigador privado. Los necesitas.

—No creo que eso sea cierto. —Franklin se volvió hacia Cecily en busca de confirmación.

—En realidad, es muy buena idea. —Cecily asintió con la cabeza—.

Gray conoce el mundo paranormal, y como está claro que es a lo que nos enfrentamos, lo necesitamos.

Además, tiene una ayudante de primera capaz de pensar más rápido que cualquier criminal.

—Señaló a Hali—. Lo contratas y no hay más que hablar.

—Bueno, pues supongo que te contrato. —Franklin volvió a su tono lúgubre—. Qué maravilla.

—Y también vas a hacerme caso. —Gray se inclinó hacia delante, mortalmente serio, y le sostuvo la mirada a Franklin—.

La policía no quiere detenerte porque se montaría un circo mediático.

Pero por lo violenta que fue la muerte, lo más probable es que no les quede otra opción. Vamos a darles una opción.

—¿Y qué opción es esa?

—Una tobillera electrónica. —Gray clavó los ojos en Cecily—. Tú pagarás la monitorización. Él la llevará sin una sola queja. —Hizo una pausa y luego torció el gesto—. Y se queda aquí hasta que todo esto se resuelva. Sin salir del recinto.

Franklin empezó a protestar de inmediato y a agitar las manos como un loco. Cecily, en cambio, fue más pragmática.

—¿De qué nos va a servir eso? No digo que no lo hagamos —añadió a toda prisa—. Solo quiero saber por qué insistes tanto.

—Por varias razones. La primera, que así puedo vigilarlo más de cerca.

—¿Porque vendrás a menudo? —preguntó Cecily con una sonrisa pícara, desviando los ojos hacia Hali.

—Eso, y que estaré aquí investigando el caso —confirmó Gray—. Pero la razón principal es que toda la finca está cubierta de cámaras. Si Franklin está obligado a permanecer en el recinto en todo momento, tendremos un registro de sus entradas y salidas por si… bueno, por si acaso.

A Hali no le hizo falta mucha imaginación para entender lo que insinuaba.

—Crees que esto es solo el principio. Cuentas con que aparezcan más cadáveres.

—Me fastidia decirlo, porque me hace quedar como un imbécil, pero lo mejor que nos podría pasar es que aparezca otro cadáver… pero no en este complejo. En cuanto Franklin lleve el localizador y lo vigilen las cámaras, quedará cubierto si hay un segundo asesinato.

—Pues a mí me basta —dijo Cecily, con una advertencia en la mirada al volverse hacia Franklin—. Y a ti también te basta.

—Ni hablar. —Franklin negó con la cabeza con vehemencia—. No voy a someterme a la humillación de llevar un localizador.

—Entonces te encerrarán en una celda —replicó Gray—. Es otra manera de tener controlado dónde estás si se produce un segundo asesinato.

—¿Una celda? —Franklin no se lo creía—. Yo no pienso entrar en ninguna celda.

—Entonces tienes que aceptar el localizador. Hay que adelantarse a los acontecimientos, y no te puedo garantizar que lo aprueben. Lo intentaremos con todo, pero todo depende de lo que digan los de arriba.

—Creo que podremos arreglarlo. —Cecily ya había sacado el móvil del bolsillo—. Empezaré a hacer llamadas para organizarlo. También le diré a tu asistenta que traiga ropa aquí, para que puedas atrincherarte en este ático.

—No voy a hacer nada de esto —protestó Franklin—. Soy inocente. Eso significa que, hasta que me declaren culpable —lo cual no puede pasar porque soy inocente—, no voy a aceptar nada de esto.

—Estoy segura de que los presos con los que compartas litera estarán completamente de acuerdo en eso —dijo Cecily arrastrando las palabras.

Franklin se quedó pensando un momento y después suspiró.

—Vale. Lo haremos a tu manera. Aunque no me va a gustar.

Gray ni se molestó en disimular que ponía los ojos en blanco.

—No esperaba menos.