Come, bebe y sé bruja Cinco
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Cinco

Hali le mandó un mensaje a Cecily para avisarle de que subían. La abogada les allanó el paso y no parecía nada contenta cuando entraron en la zona de acceso restringido.

—Bueno, estamos jodidos —dijo a modo de saludo.

—Eso parece.

Pese al desprecio que sentía por Franklin, a Hali no podía evitar caerle bien la abogada de este.

—¿Cómo lo llevas?

—Quiero matarlo.

Cecily gruñó mientras señalaba el pasillo de la izquierda.

—Está por aquí… y está muy quejica. Os aviso desde ya.

—¿Y cuándo no lo está? —refunfuñó Gray.

A Cecily le brillaron los ojos, divertida.

—Buena observación.

Empujó la puerta y los hizo pasar a lo que parecía un pequeño salón. Hali nunca había estado dentro de uno de los áticos —solo había visto fotos—, así que se quedó impresionada al ver la enorme pared de puertas de cristal que daba al Golfo.

—¿Dónde está? —preguntó Gray mientras recorría el salón con la mirada.

—Probablemente otra vez en la cama.

Cecily los guio desde el salón, pasando por el comedor y la cocina, hasta un pasillo.

—Está como atontado.

—¿Como si lo hubieran drogado? —A Hali le dio esperanzas esa posibilidad.

—Más bien como si tuviera la madre de todas las resacas.

—Puaj.

Hali torció el gesto cuando Cecily los hizo pasar a un dormitorio a oscuras.

Cecily, sin mostrar la menor consideración por su jefe ni por sus sentimientos, encendió la luz y miró con furia el bulto que había bajo las sábanas de la cama de matrimonio.

—Tienes visita.

El bulto se movió.

—Dejadme en paz. —Franklin hablaba con tono quejumbroso—. No quiero ver a nadie. Quiero dormirme y despertar para descubrir que todo esto ha sido una pesadilla.

—O podrías comportarte como un adulto, por una vez.

Cecily se acercó a la cama y le bajó las sábanas de un tirón. Frunció el ceño cuando aparecieron los hombros desnudos de Franklin.

—Dime que no te has quedado en cueros en los cinco minutos que te he dejado solo.

—Ya te gustaría saberlo, ¿eh? —dijo Franklin arrastrando las palabras con voz sensual.

—Si estás desnudo, voy a empezar a cortarte partes del cuerpo —le soltó Cecily—. Y sabes perfectamente por cuál voy a empezar. Es tu parte favorita, y la que te mete en líos constantemente.

La mirada que le lanzó Franklin era de las que provocan pesadillas.

—Vas a acabar despedida si no andas con cuidado —le advirtió.

—Ah, claro. —Cecily soltó un bufido burlón—. Por lo visto has olvidado que, la última vez que amenazaste con despedirme, hice que me redactaran un contrato nuevo. Dice que no puedes despedirme. Yo puedo renunciar, pero la puerta no se abre en el otro sentido.

—Eres lo peor. —Franklin volvió a taparse la cabeza con las sábanas—. Dejadme en paz. Mi vida está en ruinas y no quiero verte.

—Pues no tienes elección. —Cecily volvió a bajarle las sábanas de un tirón—. Lo digo en serio. Tienes que afrontar este problema como un adulto. Si no, voy a empezar a darte patadas… y pellizcos. Y apuntaré otra vez a ese apéndice tan tuyo. Si no puedes usarlo, quizá la vida nos resulte más fácil.

—¿Estás oyendo esto? —Franklin, incrédulo, se volvió hacia Hali—. Me está amenazando.

—Algo me dice que te lo has ganado a pulso —replicó Hali mientras se acercaba a la cama—. Tiene razón. Tienes que levantarte para que podamos hablar.

—No quiero levantarme. —Franklin se apretó las sábanas contra el pecho cuando Hali empezó a tirar de ellas—. ¡Para ya! No quiero que me devoren con los ojos.

—No te estoy devorando con los ojos —le espetó Hali—. De hecho, si hubiera una lista de gente a la que quisiera comerme con la mirada, tú serías el último.

—Como si fuera a comerte con la mirada —se burló Cecily—.

Ella tiene este magnífico ejemplar de hombre para comérselo con la mirada cuando le apetezca.

A su lado no eres nada. —Señaló a Gray, que observaba la escena con los brazos cruzados sobre el pecho—.

Le-ván-ta-te. —Su tono no admitía discusión—.

No tengo ni un segundo para tus gilipolleces.

Franklin apartó por fin las sábanas con un berrinche de campeonato. Hizo un puchero al bajar de la cama. Hali agradeció que llevara calzoncillos… aunque estuvieran estampados con penes erectos.

—¿Intentas animar a tu amigo a estar a la altura de unas expectativas poco realistas? —preguntó Hali mientras estudiaba las ilustraciones—. Si es así, tengo que decirte que seguramente no va a pasar. Vives en los mundos de Yupi.

Franklin siguió su mirada y frunció aún más el ceño.

—Oye, soy extremadamente competente en ese terreno. Que tú hayas decidido privarte de lo que tengo que ofrecer —que es mucho— no significa que tenga que aguantar tus insultos.

—He visto gomas de lápiz antes —replicó Hali con sequedad—. No necesito volver a verlas.

—¡Hasta aquí hemos llegado!

Franklin fue a agarrarse los calzoncillos, probablemente para bajárselos, pero Cecily le dio un manotazo antes de que pudiera.

—No empeores las cosas —le ordenó Cecily—. Ahora, ponte una camisa y ve al salón. Tenemos que adelantarnos a esta situación, y eso significa confiar en que estos dos se encarguen del trabajo duro por nosotros.

—Lo que sea.

Franklin podía ser un desastre malhumorado, pero hizo lo que Cecily le ordenaba. Volvió al salón arrastrando los pies con una lentitud exagerada y después se dejó caer en el sofá de forma teatral y se apretó el dorso de la mano contra la frente.

—¿Qué habré hecho yo para merecer esta vida?

—No querrás de verdad que te contestemos a eso, ¿no? —le soltó Gray mientras se sentaba en una de las sillas frente a su antiguo tío—. No creo que te vaya a gustar la respuesta.

—¿Y tú qué haces aquí? —se quejó Franklin, bajando el brazo—. ¿No te prohibí la entrada cuando tu tía me robó el dinero?

—¿Querrás decir cuando mi tía consiguió lo que le correspondía en el divorcio después de que la engañaras? —le replicó Gray—. Creo que eso es lo que querías decir.

—Ya no la tiene prohibida —intervino Cecily—. Tú mismo levantaste el veto.

—No me acuerdo de eso.

—Tienes una memoria muy selectiva. —Cecily se sentó en el sofá, a su lado, y frunció el ceño al ver los bóxers—. En serio, ¿de dónde los has sacado?

—Me los hicieron a medida a partir de una foto que les di. —Franklin parecía demasiado orgulloso de sí mismo—. A mí me parecen geniales.

—¿Y qué opinaba Rachel Champion de ellos? —lo pinchó Gray.

Franklin pestañeó varias veces.

—No sé quién es esa —dijo al final.

—Pues más te vale familiarizarte con su nombre —le advirtió Gray—. Es la mujer muerta que han encontrado en tu propiedad. Y, si no me equivoco, a ti te encontraron inconsciente en su cama.

—Está clarísimo que fue un montaje —ladró Franklin—. Yo no he matado a nadie.

Cecily se pasó la lengua por los dientes. Parecía frustrada, pero había en su expresión una suavidad que Hali no le había visto nunca al tratar con Franklin.

—Te creemos —dijo ella.

—Yo no estoy tan seguro —replicó Gray.

Hali le lanzó una mirada elocuente.

—No empeores las cosas. Estamos aquí para buscar pistas, no para pelearnos sin motivo.

—Vale. —Gray estaba de morros—. Vamos al grano.

—Esperad. —Franklin levantó una mano para hacer callar a todos, con los ojos clavados en Gray—. ¿Acabas de aceptar hacer lo que ella quiere? ¿De verdad hay algo entre vosotros?

—No es asunto tuyo lo que haya entre nosotros —le espetó Gray—. Estamos aquí porque has vuelto a tomar una decisión horrible y ahora nos toca a todos limpiar el estropicio.

—Yo solo he oído bla, bla, bla.

—Escúchame… —Gray se inclinó hacia delante, con fuego en la mirada—. Estás metido en un lío de los gordos, Franklin. Te encontraron inconsciente a seis metros de una mujer asesinada. Eso va a ser muy difícil de explicar.

—Fue un monstruo —insistió Franklin—. Un monstruo le hizo eso. Yo no tuve nada que ver.

—¿Viste un monstruo? —preguntó Hali.

—No, pero ¿qué otra cosa podría ser?

—¿Viste su cuerpo? —Hali, desconfiada por naturaleza, observó al hombre que la había atropellado con tanta frialdad y le había cambiado el rumbo de la vida—. ¿Por eso crees que fue un monstruo?

—Tenía marcas de garras por todo el cuerpo —respondió Franklin—. Eso sí lo vi.

—Cuéntanos cómo ocurrió todo desde tu punto de vista —lo apremió Gray.

Ahora estaba en modo profesional. Como detective privado, sabía moverse en una escena del crimen, y lo exhibía sin reservas para hacerse con el control de la conversación.

—No es demasiado complicado —respondió Franklin—. Esa mujer, Rachel o como se llame, estaba montando una escena en el vestíbulo anoche. Se quejaba de esta. —Señaló a Hali—. Quería que la despidieran.

—Le expliqué que era la ley —argumentó Hali cuando Cecily la miró—. Quería llevarse a la playa un refresco Jones en botella de cristal. Eso no está permitido. Le dio una pataleta y se marchó cuando me negué a ceder. Esa fue la última vez que la vi.

—Pues a lo mejor lo hiciste tú —sugirió Franklin.

—Tú la viste después de que la viera Hali —replicó Gray.

—A lo mejor dio media vuelta y volvió.

—Salvo que yo estaba con Hali en el bar. —Gray no se lo tragaba—. No se te ocurra intentar echarle esto encima a ella. Tú solito te has metido en esta situación. Ella no tiene ninguna culpa.

—Ah, entonces de verdad tenéis… algo… ¿no? —La mueca de desprecio de Franklin dejaba clara su opinión—. No creo que me guste que hagáis equipo. Prohíbo… lo que sea esto.

—No tienes ni voz ni voto en el asunto —le espetó Gray—. Volvamos a lo de anoche. Has dicho que Rachel estaba montando una escena en el vestíbulo. ¿Qué hiciste?

—Bueno, lo primero fue asomar la cabeza por la esquina para ver qué aspecto tenía —respondió Franklin—. Si era fea, no tenía ningún interés en intervenir. Como era medianamente atractiva, decidí arreglar el problema yo mismo.

—¿Y cómo lo hiciste? —preguntó Hali.

—La invité a unas copas en el bar. Y luego la encandilé con esto. —Se señaló la sonrisa—. En veinte minutos la tenía comiendo de mi mano. Fue entonces cuando me invitó a subir a su habitación.

—¿Estabas borracho? —preguntó Cecily.

—«Borracho» es una palabra muy subjetiva.

—Yo me lo tomaría como un sí —dijo Gray.

—Desde luego —coincidió Cecily.