Come, bebe y sé bruja Cuatro #2
23%

Cuatro #2

—Es… un amigo —dijo Hali tras un instante. Casi parecía estar cuestionándose su propia respuesta—. Conoce al detective. Esperaba que pudiera sacarnos algo de información sobre Franklin. ¿Lo ha visto alguien esta mañana?

Mike negó con la cabeza.

—No que yo sepa. La policía no suelta prenda. —Sus ojos seguían clavados en Gray—. Entonces… es solo un conocido. Eso es lo que estás diciendo, ¿no?

En otras circunstancias, Gray se habría tomado la molestia de corregir a Mike en más de una de sus suposiciones.

Pero sabía que más le valía no hacerlo. Hali no se lo tomaría bien si empezaba a gruñir y a marcar territorio.

Y, además, aquel era su lugar de trabajo…

aunque su posición en Paradise Lodge no estuviera sujeta a las mismas limitaciones que la de los demás.

No quería complicarle las cosas por algo tan absurdo como decidir cómo llamarlo a él. En eso podía esperar; ya cedería.

—¿Dónde está Andrew? —preguntó.

—Está en la habitación —respondió Hali, y señaló la puerta abierta del final del pasillo—. Quiero ir contigo cuando hables con él.

—Lo sé. —Gray le dio una palmadita distraída en la espalda, detalle que no escapó a los ojos atentos de Mike—. Vamos para allá.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Mike antes de que Hali pudiera dar más de un paso—. Es decir… no te conviene quedarte a merced de un tío al que solo conoces de pasada. Nunca está de más tener a más de una persona de tu lado.

Hali pareció desconcertada. Era como si acabara de darse cuenta de que Mike estaba colado por ella, algo que a Gray le pareció de risa… aunque se guardó la opinión.

—Creo que estaremos bien —dijo ella al final—. Solo vamos a hablar con el detective. Debería ser bastante sencillo.

—Vale. —Mike asintió con solemnidad—. Estaré aquí si me necesitas.

—Estará aquí si lo necesitas —le siseó Gray al oído mientras se dirigían a la habitación—. Creo que tienes un admirador, señorita Waverly.

La mirada que le lanzó Hali habría derretido el cristal.

—Contrólate. Solo es un guardia de seguridad.

—Está colado por ti.

—Creo que estás viendo cosas donde no las hay.

—Y yo creo que tú eres incapaz de ver lo maravillosa que eres. —Gray sacudió la cabeza—. Supongo que eso es otra cosa que añadiré a mi lista de asuntos pendientes.

—¿O sea?

—O sea que das mucho trabajo.

—Entonces… ¿vas a desaparecer otra vez?

La pregunta iba con retintín, pero Gray no se achicó.

—No, o sea que tengo ganas de ponerme a trabajar.

Hali seguía escéptica, pero cerró la boca de golpe cuando llegaron a su destino. Andrew estaba de pie en el umbral y no pareció sorprenderle lo más mínimo ver a Gray allí.

—Ya era hora —murmuró.

Gray torció el gesto.

—Hali tenía que ponerme al día.

—Ajá. —Andrew lanzó a Hali una mirada de reojo—. Me imagino que también estabais haciendo algo más. Aunque eso no es asunto mío. —Levantó las manos—. ¿Cuánto sabes? —le preguntó a su amigo de la infancia.

—Solo lo básico —respondió Gray—. Hali me ha contado lo que sabía.

—Que era bien poco —murmuró ella.

Andrew asintió y condujo a los dos por el pasillo, en dirección contraria a la que habían llegado.

—Normalmente no haría esto. —Bajó la voz—. Pero toda esta situación es un desastre, y puede que necesite tu ayuda… especializada…

Le lanzó a Gray una mirada elocuente.

—Lo entiendo —respondió Gray—. Crees que esto es sobrenatural.

—Creo que es raro. —Andrew levantó el móvil para mostrarle a Gray una foto lo bastante horrible como para dejar a Hali sin aliento—. Esta es nuestra víctima. Rachel Champion. Era profesora, de Nueva York.

Hali retrocedió un paso sin darse cuenta y chocó contra el pecho de Gray, que le pasó un brazo por los hombros para sujetarla.

Entendía que estuviera tan afectada. Desde luego, por algo Andrew había mantenido la cremallera cerrada por debajo del pecho de la víctima.

Al parecer, esa zona estaba cubierta de cortes largos… aunque no eran profundos.

—¿Tortura? —preguntó Gray en voz baja.

—No lo creo. —Andrew lo dijo muy serio—. No creo que esas marcas se hicieran con un arma.

—O sea, garras —dedujo Gray.

Hali levantó de golpe la vista para estudiar el perfil de Gray.

—¿Un animal?

—O algo que tiene algunos rasgos en común con un animal —convino Gray.

—Bueno, eso descarta a Franklin —argumentó Hali—. No es un cambiaformas ni nada parecido. Es solo un hombre.

—Normalmente estaría de acuerdo —dijo Andrew—. Solo hay un problema.

—¿Y cuál es?

—A Franklin Craven lo encontraron inconsciente dentro de la habitación. Estaba en la cama, desnudo, y ella estaba muerta a menos de seis metros, en el balcón. Eso es muy difícil de explicar así sin más.

Hali se quedó boquiabierta y Gray le lanzó una mirada acusadora.

—Esa parte no la he oído.

—Eso es porque no se lo estamos contando a nadie…

al menos… no todavía. —Andrew se puso las manos en las caderas—.

Las únicas personas que lo saben son el jefe de seguridad, el guardia que lo encontró y al que le ordenaron mantener la boca cerrada o perder el empleo, y la asistente de Franklin, esa tocapelotas que me da ganas de buscar un agujero, meterme dentro y morirme.

—Cecily —dijeron Hali y Gray al mismo tiempo.

—Esa misma —confirmó Andrew—. Los hemos trasladado a una suite de la séptima planta. Tenemos agentes de uniforme vigilando la puerta. Está en una zona aislada del resto del hotel. Hace falta una tarjeta para entrar.

—Es la zona de los áticos —dijo Hali—. Sé dónde está. Supongo que los profesores no podían pagarlos, así que esta semana están vacíos.

—Creo que eso es lo que dijo Cecily —apuntó Andrew—. A estas alturas llevan dos horas ahí arriba y no tenemos ni idea de qué hacer. Técnicamente, no hay ninguna razón para no llevar a Franklin a comisaría e interrogarlo. Quiero decir… lo encontraron en la habitación con ella.

—Que yo sepa, no tiene garras en lugar de dedos —señaló Gray.

—No, y en realidad no creo que lo haya hecho él —dijo Andrew—. Parece ido. Le hemos sacado una muestra de sangre para el informe toxicológico, por si lo drogaron. La verdad, sería lo mejor que le podría pasar ahora mismo. Si alguien lo drogó, se convierte en otra víctima.

Hali frunció el ceño.

—No exageremos —dijo—. No es una víctima. Nunca lo ha sido.

Gray le frotó la espalda para reconfortarla y después resopló con fuerza.

—Te van a presionar por todos los lados —razonó—. Si no te llevas a Franklin, la gente te acusará de darle un trato de favor por ser rico.

—Exacto —dijo Andrew—. Pero, si me lo llevo, la gente dará por hecho que ya tenemos al asesino y bajará la guardia, cuando yo creo que no lo tenemos.

—Es un arma de doble filo —reflexionó Gray. Desvió la mirada hacia Hali, resignado—. Supongo que eso significa que quieres que hablemos con Franklin.

—Necesito que encontréis la forma de llegar al fondo del asunto —replicó Andrew—. Y rápido. El tiempo corre… y, sinceramente, no tengo ni idea de qué hacer.

—Hablaremos con él —prometió Gray—. No sé si podemos garantizarte respuestas, pero hablar con él, desde luego.

—Es un comienzo. —Andrew tenía el semblante sombrío—. Esto pinta mal. Te das cuenta, ¿no?

—Ya lo sé. —Gray dio un empujoncito a Hali hacia el ascensor—. Haremos todo lo posible por conseguirte respuestas. Tienes mi palabra.