Cuatro
Gray no esperaba una llamada de Hali tan temprano —no es que se estuviera quejando— y no pudo evitar preguntarse si quizá ella habría exagerado lo de Franklin, su antiguo tío, como excusa para verlo.
Se le quitó esa idea de la cabeza en cuanto vio la cantidad de coches de policía que había frente al complejo.
Se quedó boquiabierto de asombro a la entrada del vestíbulo y luego dio un respingo cuando Hali lo agarró del brazo y lo arrastró hacia el pequeño pasillo lateral que llevaba a uno de los aparcamientos.
—Vamos a la zona de fumadores —dijo ella con voz apremiante.
—No te ofendas, pero no me apetece fumar.
Gray estaba desconcertado.
—A menos que… ¿tengas otra cosa en mente?
Ella le lanzó una mirada fulminante.
—Ahí fuera hay intimidad, don Ego. Y además… si tengo otra cosa en mente, no me andaré con rodeos. Lo diré sin más.
Le rozó con el dedo la suave mejilla antes de recordar que tenían público y que debía controlarse.
—Bueno, pues algo que esperar con ganas.
Hali volvió a poner los ojos en blanco, pero él no se perdió la leve sonrisa que le cruzó el rostro antes de borrarla.
—Vamos.
Lo arrastró por el pasillo, que era muy corto. Al llegar a unas puertas de cristal, lo hizo pasar y luego señaló un pequeño patio —bancos y palmeras en tres de sus lados— donde podían hablar con intimidad.
—Siéntate —ordenó.
—Eres muy mandona —observó él.
No era tanto una queja como una observación.
—¿Me avisarás también cuando quieras divertirte un poco con eso?
Hali parpadeó dos veces y luego sacudió la cabeza.
—Vaya. Me encanta cómo te pasas una semana fingiendo que no existo y, en cuanto te decides, te pones a flirtear a tope. ¿A qué viene eso?
Él se encogió de hombros.
—Simplemente, he dejado de resistirme. Siempre quise flirtear contigo. Ahora voy a hacerlo.
—¿Y si yo no soy de flirtear?
A él se le curvaron los labios mientras abría las manos.
—Algo me dice que te acabarás animando.
Le guiñó un ojo para enfatizarlo y luego resopló cuando Hali siguió mirándolo con mala cara.
—Cuéntame qué está pasando. Por teléfono fuiste muy vaga.
—No me enteré de nada hasta que fui a desayunar esta mañana —empezó ella—. La villa está en una zona donde no me llega todo el revuelo del complejo principal a menos que salga a buscar cotilleos. Normalmente eso me gusta. En casos como este, sin embargo, se convierte en un inconveniente.
—Claro.
Gray se frotó la mejilla mientras se sentaba en uno de los bancos. No era demasiado grande —cabían dos personas siempre que no les importara rozarse— y se recostó mientras la observaba ir y venir.
—¿Y qué tomaste?
—¿Qué quieres decir?
La confusión asomó en los rasgos tensos de Hali.
—Para desayunar. ¿Qué tomaste?
—¿Y eso qué importa?
—Porque quiero saber qué te gusta y qué no. Por ejemplo, ¿tomaste tortitas? Y, si fue así, ¿llevaban arándanos? Resulta que me encantan las tortitas con arándanos.
El leve gruñido que emitió Hali le indicó a Gray que estaba irritada, pero ella se contuvo.
—Me gustan las tortitas, pero nunca son mi primera opción —respondió—. Soy más de huevos con patatas. También me gusta el zumo de tomate, que hace que casi todo el mundo ponga cara de asco. No me gustan los zumos dulces, como el de piña, a menos que vayan en un cóctel.
Él sonrió de oreja a oreja.
—¿Lo ves? ¿Tan difícil era? A mí me gusta casi todo lo del desayuno, así que nos vamos a llevar de maravilla.
—¿No crees que nos estamos yendo por las ramas?
—A mí me parece bien. Sigue con tu historia.
Hali se limitó a sacudir la cabeza mientras retomaba el relato.
—Mindy —es una de las camareras del restaurante— me contó que habían encontrado un cuerpo. No sabía mucho. Dijo que lo habían descubierto en un balcón, pero que no creía que fuera un accidente. Naturalmente, me vine para acá a echar un vistazo.
—Naturalmente —dijo él arrastrando las palabras.
—Tu amigo Andrew está en el lugar de los hechos —dijo ella en voz baja.
Gray se irguió.
—¿Sí? ¿Lo has visto?
—Hablé con él. Brevemente. Abrió la cremallera de la bolsa del cadáver para que pudiera ver a la víctima. Ya tenía la sensación de saber quién era antes de eso… y resultó que tenía razón.
Todo rastro de humor desapareció del rostro de Gray.
—¿Quién?
—La mujer de anoche. La profesora. La que se marchó indignada cuando no quise darle una botella para beber en la playa.
—La que quería hablar con el gerente —conjeturó él.
—Sí.
Hali giró el cuello hasta que le crujió, y Gray dio unas palmaditas distraídas en el asiento libre que había a su lado.
—Siéntate y te froto la espalda.
Hali palideció.
—No puedes frotarme la espalda en la zona de fumadores.
—¿Por qué no? ¿Hay alguna norma sobre el contacto físico que yo no conozca?
—Es raro.
—¿Es raro que te frote la espalda?
—Cuando estamos hablando de un asesinato, sí.
—Pues yo no estoy de acuerdo, pero lo dejaremos pasar por ahora.
A esas alturas Gray ya estaba metido de lleno en la historia.
—¿Sabes cómo murió?
—Parecía que la habían estrangulado, pero había algo que Andrew no me estaba contando. Se le veía afectado, y cuando le dije que iba a llamarte, le pareció buena idea.
—Mmm. —Gray no sabía qué pensar de eso—. ¿Viste marcas en el cuello?
Hali asintió.
—Eran oscuras, como moratones que estaban aflorando con fuerza. Aunque no le vi el resto del cuerpo: Andrew tuvo cuidado de dejar la cremallera subida para cubrirle el pecho.
—¿Crees que escondía algo?
Hali extendió las manos.
—Creo que es muy posible. Y hay más.
—Ay, qué ganas tengo de oír esto.
—Según el de seguridad con el que hablé, Mike Ketchum, anoche la mujer entró en el vestíbulo hecha una furia exigiendo hablar con el gerente.
Le explicaron que cada departamento tenía su propio responsable, pero ella siguió montando el numerito.
—Hali tomó aire—. Y entonces Franklin salió del despacho que hay detrás de recepción y dijo que él era el gerente.
—Cómo no. —El desprecio de Gray era evidente—. ¿Por qué no me sorprende?
—Porque es un imbécil —respondió Hali—. Se lanza en picado siempre que cree que puede sacar tajada, y ella era una mujer atractiva que exigía cosas. Es de esos que creen que pueden atender esas exigencias de forma que acaben saliendo ganando.
Gray conocía a Hali lo bastante bien para saber que aún no había terminado.
—¿Qué es lo que no me estás contando?
Hali no se fue por las ramas. Se lo dijo sin más.
—Franklin fue el último al que vieron con ella. Andrew no me da detalles sobre él, por ejemplo si lo van a llevar a comisaría a declarar, pero creo que esto podría convertirse en algo serio.
—Qué alegría. —Gray soltó el aire mientras se frotaba la frente—. Genial. ¿Andrew sigue en el complejo?
—La última vez que miré, sí.
—¿Puedes llevarme hasta él?
—Sí. Me imaginé que querrías verlo.
Gray se puso de pie y miró alrededor.
—¿Seguro que no quieres hacer alguna travesura en la zona de fumadores antes de irnos? Hay bastante intimidad.
—Te lo tienes muy creído ahora mismo, ¿eh? —refunfuñó Hali mientras avanzaba a zancadas hacia el vestíbulo—. ¿Cuándo te has convertido en este tío?
Gray sonrió a su espalda.
—Cuando decidí que sabía lo que quería.
Hali le lanzó una mirada afilada por encima del hombro.
—Tiene que controlar esa libido, caballero —dijo con remilgo—. Estamos trabajando. Lo demás tendrá que esperar.
Le encantaba que se pusiera severa.
—Lo tendré en cuenta. Por ahora, quiero ver a Andrew. A mí no me mantendrá a distancia como está intentando hacer contigo. Puede que quiera mi ayuda.
Hali asintió mientras ajustaban el paso y se dirigían al patio.
—No creerás que Franklin podría haberla matado, ¿verdad?
Parecía tan horrorizada ante la posibilidad que Gray se compadeció de ella y le puso una mano en el hombro.
—No es buena persona. Creo que tu situación lo demuestra.
—Acabé mucho mejor de lo que estaba cuando me atropelló con ese carrito —replicó Hali.
—Díselo a tu cadera.
Ella frunció el ceño.
—¿Puedes dejar el tema?
—No. Verte sufrir es demasiado. Aunque de eso hablaremos luego. Y respondiendo a tu pregunta sobre Franklin: no, la verdad es que no me lo imagino matando a nadie. Es un narcisista de manual y nunca cumple con sus responsabilidades, pero no es un hombre violento.
Hali asintió, de acuerdo con él.
—Yo pensé lo mismo. Es solo que… se sabe que se toma una copa o diez cuando está de rodaje. ¿Y si se emborrachó de verdad y no sabe lo que hizo?
—Entonces nos ocuparemos de ese problema cuando llegue el momento.
GRAY TUVO QUE OBLIGARSE A NO buscarle la mano en el ascensor.
Ella no se equivocaba. Ahora que había decidido ceder a sus instintos más primarios e ir tras ella, estaba dispuesto a entregarse del todo al proceso.
Ella parecía algo más reticente, pero él confiaba en que con el tiempo se relajara, cuando se diera cuenta de que no iba a echarse atrás otra vez.
Para eso tenía que ganarse su confianza, y estaba más que dispuesto a esforzarse.
Cuando salieron del ascensor en la quinta planta, Gray no tuvo que preguntar hacia dónde ir, porque el pasillo estaba flanqueado por personal de emergencias.
La mayoría eran agentes de policía. Varios eran de la oficina del forense.
Unos pocos iban con el tipo de equipo de laboratorio que reconocía de sus tratos con la policía estatal.
Eso significaba que aquello con lo que estaban lidiando era probablemente más gordo de lo que había imaginado en un principio.
—Es mucha gente —murmuró entre dientes.
Hali asintió.
—Hay incluso más que cuando subí la primera vez. —Se detuvo junto a Mike, al que habían reubicado varias puertas más abajo desde la última vez que lo había visto—. ¿Alguna novedad?
A Mike parecía interesarle más Gray, porque lo miró de arriba abajo con ojo evaluador.
—¿Quién es tu amigo?
Gray no era ningún experto en citas, ni de lejos, pero habiendo crecido en una manada entendía de testosterona y de competencia.
Las señales que le llegaban de Mike eran inequívocas.
Al tipo le interesaba Hali, aunque ella probablemente no se daba cuenta, porque muchas veces no era consciente de su propio atractivo.