Uno #2
—Ahora mismo no puedo ni mirarte. —Carrie sacó el móvil con gran teatralidad y se quedó mirando la pantalla—. Lana, suéltame otro dato curioso —ordenó—. Si tiene algo que ver con orgasmos, te invito a una copa sin pensarlo.
Lana parpadeó varias veces seguidas. Parecía sorprendida por la petición. No se le daba bien la presión, así que tardó veinte segundos enteros en encontrar algo que decir.
—Según se dice, Marilyn Monroe nunca llegó al orgasmo con ninguno de sus amantes… y tuvo muchísimos.
Carrie levantó despacio la vista del móvil.
—¿Lo dices en serio? Es muy triste.
—Ah, y un solo varón humano produce en dos semanas suficiente esperma para dejar embarazadas a todas las mujeres fértiles del planeta —añadió Lana sin venir a cuento.
—Pues eso explica por qué siempre van tan sobrados. —Carrie volvió a mirar a Hali y se encontró con que su amiga la observaba con recelo—. ¿Qué? No estoy haciendo nada.
—Pues sigue así. —Hali escapó de detrás de la barra y se dirigió hacia un grupo de gente que había juntado tres mesas en la terraza para poder armar jaleo como un único grupo grande en lugar de tres pequeños—.
Hola. —Sonrió al llegar junto a ellos, aunque se le había agriado el humor—. ¿Quién necesita una copa?
Varias manos se dispararon al aire y Hali no contuvo la risa.
—No sé por qué, pero sabía que ibais a decir eso.
¿Estáis aquí por algún congreso? —Hizo memoria para recordar los tres congresos que se celebraban esa semana en el complejo.
Uno era de ejecutivos de banca… y no eran gente nada divertida.
Otro era de mayoristas de joyería, que preferían los bares de categoría del pueblo a pasar el rato en la playa.
Y el tercero era de profesores, si no se equivocaba.
Un simple vistazo al grupo que tenía delante y Hali supo exactamente con quién estaba tratando—. Así que sois profesores, ¿verdad?
Una de las mujeres, una morena vivaracha de ojos brillantes y top muy escotado, se quedó mirando a Hali con un asombro absoluto.
—¿Cómo lo has sabido?
—Simplemente soy muy buena en mi trabajo —respondió Hali—. Además, sin ánimo de ofender, tenéis pinta de profesores.
—Pues deberíamos ofendernos —replicó un tío borracho—. Me acuerdo de la pinta que tenían mis profesores cuando iba al colegio y, si ahora yo tengo esa pinta, me echo a llorar.
Hali lo observó un instante más y luego apuntó algo en la libreta de pedidos.
—Tú necesitas un agua para contrarrestar el alcohol —dijo, y la mesa estalló en carcajadas.
A su derecha, una rubia remilgada carraspeó de forma irritante para llamar su atención. Hali olió problemas de inmediato al ver que la mujer llevaba un jerséy rosa peludo en una noche de casi treinta grados en St. Pete Beach.
—¿Necesitas algo? —preguntó Hali con tono neutro.
—Quiero una ginebra con refresco Jones de limón y lima, pero quiero la botella para mezclarlo yo misma —dijo con las manos cruzadas en el regazo.
—No tenemos refresco Jones —respondió Hali automáticamente.
—En el restaurante principal sí.
Hali intentó recordar una sola vez en que alguien hubiera bebido refresco Jones en el elegante restaurante italiano del vestíbulo del hotel. No le vino nada a la cabeza.
—Eh… vale, pero aquí no lo tenemos.
—Pues que vaya alguien al restaurante a por una.
Lo dijo con una prepotencia que le puso los nervios de punta a Hali.
—Eso no es posible —respondió Hali—. No se permiten botellas de cristal en la playa.
—¿Qué tontería es esa? —La mujer se irguió en la silla—. ¿Cómo que no se puede llevar una botella de cristal a la playa?
—De hecho, es la ley —intervino Carrie, arrastrando las palabras, desde algún punto justo detrás de Hali. Estaba tan cerca que Hali tuvo que girarse con mucho cuidado para mirar a su amiga y no meterle un codazo en una teta—. Nada de botellas de cristal en la playa.
—Pues eso es… inaceptable. —La mujer no dio su brazo a torcer—. Necesito un refresco Jones de limón y lima.
—Entonces vas a tener que bebértelo arriba, en el complejo —respondió Hali—. Aquí no lo tenemos. Puedo mezclarte ginebra con 7-Up y servirtelo en un vaso de plástico. Es lo máximo que puedo hacer, la verdad.
La mujer paseó la mirada por las caras de su mesa —la mayoría parecían observarla a la espera— y luego se inclinó hacia delante y susurró en tono conspirador:
—¿Puedo hablar con tu encargado?
Detrás de Hali, Carrie soltó un sonido burlón desde el fondo de la garganta. Hali consiguió mantener la compostura, aunque le costó.
—La dueña de este bar soy yo —dijo con intención.
—Sí, pero el complejo es de Franklin Craven. Lo sé. Su foto está en el vestíbulo. Me gustaría hablar con él.
—Puedes hablar con él todo lo que quieras —respondió Hali—, pero este bar es mío. Él no tiene ni voz ni voto en cómo funciona. Colaboro con el complejo para que se puedan cargar las consumiciones a las habitaciones, y ahí acaba todo.
—Pero… eso es una locura. —La mujer parecía sinceramente descontenta. Aun así, no era algo que a Hali le quitara el sueño—. Necesito hablar con alguien que esté por encima de ti.
—Creo que tenemos una Karen en la sala —canturreó Carrie.
Hali apuntó a su amiga con un dedo para que se callara y luego se volvió hacia la mujer cascarrabias.
—Siento que estés disgustada. —Las relaciones con los clientes eran la parte del oficio que Hali más odiaba—. De verdad que lo siento. Pero la ley es la ley. Aquí mando yo. No sé qué más decirte.
—Ignórala —intervino el borracho al que Hali había decidido ir metiendo agua un rato—. Siempre es así. Es un chiste recurrente.
—Lo es —dijo una pelirroja desde el otro lado de la rubia enfurruñada—.
Nunca está contenta. Da igual dónde vaya.
Desayunamos en el McDonald’s del aeropuerto al salir de Boston después de la escala y, te juro que es verdad, montó una escena porque no tenían tortillas de claras. O sea… es un McDonald’s.
—Las claras son más sanas —chilló la rubia.
Hali olió problemas. No era solo que la rubia fuera exigente de más.
La dinámica del grupo no funcionaba. La rubia se consideraba superior a los demás y ellos se habían dado cuenta.
A su vez, habían empezado a vacilarla cada dos por tres.
Y eso solo hacía que ella se cerrara en banda y redoblara su altanería todavía más.
—¿Y si os lo pongo fácil? —dijo Hali, y atrajo todas las miradas antes de que los profesores empezaran a picarse entre ellos—.
Os saco tres jarras de margaritas, de tres sabores distintos, y dos jarras de cerveza.
Podéis beber todos de ahí y vuestra amiga…
puede tomarse una ginebra con 7-Up. Es lo mejor que puedo ofrecer, y sé que ella lo sabe.
La rubia titubeó y, por un instante glorioso, Hali pensó que iba a aceptar, pero estaba claro que era de esas personas que son su propio peor enemigo, porque empeoró las cosas en cuanto abrió la boca. A Hali le dio la sensación de que esa era su forma de ser.
—Necesito hablar con el encargado —repitió la mujer.
Los demás profesores soltaron un vítor burlón y levantaron los puños. Estaba claro que tenían apuestas sobre cuándo iba a descarrilar aquella mujer en concreto.
—Pues me voy a quedar con mi oferta anterior —dijo Hali entre dientes mientras recogía varios vasos vacíos—. Esperad un momento. Vuelvo con las margaritas y la cerveza en unos minutos.
—Y el agua —añadió el borracho—. Creo que necesito el agua de verdad.
Hali le lanzó una mirada compasiva. Al día siguiente se iba a odiar de todas formas, aunque a esas alturas el agua solo podía ayudar.
—Y el agua. Lo traigo todo. Confía en mí.
Dicho eso, giró sobre los talones y dejó a la rubia cociéndose en su propio jugo. Nadie tenía tiempo para tonterías aquella noche. Absolutamente nadie.