Come, bebe y sé bruja Uno
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Uno

Hali Waverly hacía todo lo posible por mantener la sonrisa puesta en todo momento mientras atendía la barra del Salty Cauldron.

El bar tiki era su criatura. Situado en los terrenos de uno de los mejores resorts de St. Petersburg —el campo de golf y resort Paradise Lodge—, el local ocupaba una ubicación privilegiada que le permitía forrarse sin tener que ocuparse de la seguridad ni del mantenimiento de los terrenos.

Había logrado cerrar aquel acuerdo por un capricho del destino...

y con la ayuda de un multimillonario borracho subido a un carrito de golf.

Le habían quedado cicatrices, además de un negocio lucrativo, pero hacía lo posible por ignorar las cicatrices y recordarse que aquella oportunidad le aseguraría el futuro.

Bueno, mientras no se metiera en líos y lo pusiera todo en peligro, claro.

—¿Qué hay?

Hali estuvo a punto de pegar un bote del susto cuando una cara femenina y risueña apareció en la ventanilla del bar tiki, tan cerca que a punto estuvo de darle un beso a Hali.

Se le frunció el ceño antes de que pudiera pensárselo mejor, pero a la mujer no le importó lo más mínimo, porque se echó a soltar risitas.

Carrie Radish había sido la mejor amiga de Hali desde que ambas tenían memoria.

Trabajaba en el chiringuito que había un poco más allá y a menudo terminaba la noche en uno de los taburetes de Hali.

Se negaba a dejar que el mal carácter de Hali —al que estaba más que acostumbrada— le estropeara el buen humor.

—Venga, no me pongas esa cara. —Carrie agitó un dedo en señal de reproche—. Soy tu mejor amiga. Deberías alegrarte de verme.

—¿Y quién dice que no me alegro de verte? —Hali arrugó la nariz y se retiró de la cara un mechón rebelde de pelo oscuro—. ¿Y tú qué haces aquí?

—Visitar a mi mejor amiga. La última vez que lo comprobé, eso estaba permitido.

Hali reconoció el tono de Carrie y moderó el suyo antes de que las cosas se descontrolaran. Carrie no tenía reparos en montar una bronca en público si llegaba el caso.

—Por supuesto que está permitido. A veces incluso se fomenta.

—Genial. —Carrie levantó el pulgar con entusiasmo—. Quiero un daiquiri helado de arándanos y todo el cotilleo que te sobre.

Hali apretó los labios y cogió un vaso de batidora para empezar a mezclar los ingredientes de la bebida.

Servir copas podía hacerlo con los ojos cerrados, y no le dedicó ni un pensamiento al combinado mientras lo mezclaba.

Cuando encajó el vaso en su sitio y encendió la máquina, clavó en su amiga una mirada seria.

—No tengo cotilleos.

—Venga ya. —Carrie puso los ojos en blanco de forma exagerada—. Trabajas en el chiringuito más de moda de toda la zona. Estás rodeada de bichos raros a diario. Algo tendrás.

—Dato curioso —anunció una rubia desde dos taburetes más allá, lo que hizo que Carrie entornara los ojos y ladeara la cabeza—. El récord del mayor número de orgasmos femeninos es de ciento treinta y cuatro en una hora.

Carrie apenas reaccionó.

—Quiero saber su secreto —respondió con una sonrisilla.

La rubia era Lana Silver, una clienta habitual que disfrutaba lanzando datos curiosos a lo largo de la noche para arrancar una conversación. La mayoría eran de lo más insulsos. Aunque alguno resultaba entretenido.

—Hablando de orgasmos... —La expresión de Carrie resultó difícil de interpretar cuando se posó en Hali—. ¿Has visto a Gray?

A Hali se le tensó un músculo de la mandíbula, y agradeció poder darle la espalda a su amiga y servir la bebida en un vaso sin tener que reconocer que estaba evitando mirarla a los ojos.

Era una pregunta que no quería responder, un tema en el que no quería detenerse, una esperanza que no quería formular en voz alta.

—Tierra llamando a Hali. —Carrie chasqueó los dedos justo al lado de la oreja de su amiga y se ganó una mirada asesina—.

Venga, no me pongas esa cara. —A diferencia de los demás que frecuentaban el bar, Carrie no le tenía miedo a Hali.

De hecho, le encantaba irritar a la gruñona dueña del local.

Decía que era el trabajo de una mejor amiga.

Hali siempre la amenazaba con buscarse otra mejor amiga para poner a prueba esa teoría, pero Carrie nunca se lo tragaba.

—¿Qué? —espetó Hali con un brillo de furia en los ojos.

—Creo que alguien necesita desesperadamente esos orgasmos que acaba de mencionar Lana —dijo Carrie arrastrando las palabras—. ¿Alguna idea de a quién me refiero?

—Déjalo ya. —La irritación de Hali era evidente—. ¿Por qué tienes que ser tan insoportable?

Carrie ni se inmutó.

—Porque se me da bien. Y tampoco pienso dejar el tema de Gray. Creía que se pasaría por aquí más a menudo.

Hali soltó un bufido y llevó el vaso de la batidora al fregadero para enjuagarlo.

Ella también había tenido la impresión de que Grayson «Gray» Hunter iba a dejarse ver con más frecuencia.

Lo había insinuado una semana antes. Luego había desaparecido de la faz de la tierra sin molestarse en mandar ni un mísero mensaje a modo de explicación. Hali lo había superado oficialmente.

O eso se decía a sí misma, al menos.

—Te dije que entre nosotros no pasaba nada —masculló Hali mientras lanzaba una mirada furiosa a su mejor amiga—. De hecho, te lo he dicho muchas veces. ¿Por qué no me crees?

—Porque te he visto con él. Hace que te pongas colorada y que el corazón te lata a mil. —Carrie hizo un gesto de desmayo exagerado mientras se abanicaba la cara. Al incorporarse, su sonrisa era tan ancha que amenazaba con eclipsar el sol—. Te gusta.

—Para nada. —Hali se centró a propósito en los clientes que pagaban en lugar de en su mejor amiga—.

¿Necesitas algo? —le preguntó a Annabelle Hutchinson, una abogada seria y sin tonterías que trabajaba a menudo desde la barra.

Hali muchas veces quería preguntarle si no tenía un despacho, pero no era asunto suyo, así que lo dejaba pasar.

—Por ahora estoy bien —contestó Annabelle.

—No. —Carrie negó con la cabeza—. No está bien. Quiere saber por qué no hablas de Gray... igual que yo. ¿A que sí? —Y clavó en Annabelle una mirada que decía: «No se te ocurra dejarme tirada».

—Claro —respondió Annabelle sin inmutarse—. Me encantaría tener más información sobre el tema.

—¿Lo ves? —La sonrisa de Carrie era deslumbrante—. Suelta la sopa.

—No hay sopa que soltar. —Hali recogió los vasos vacíos de Benjamin Horton y de un tipo al que no reconoció, al final de la barra.

Benjamin era un preparacionista y a menudo traía a otros de su misma cuerda a tomarse una cerveza.

Hali no entendía eso de «tener suficientes latas de sopa para seis años y poder sobrevivir al apocalipsis», pero a Benjamin parecía gustarle y dejaba buenas propinas.

Por eso él rara vez le daba problemas a Hali, pese a su debilidad por las teorías conspirativas que desafiaban cualquier razonamiento.

—Mentira. —Carrie era la única persona que podía acusar a Hali de mentirosa e irse de rositas—. Resulta que sé que los dos os morís por frotaros el uno contra el otro como dos adolescentes en viaje de fin de curso.

Hali le lanzó una mirada furiosa.

—¿Y cómo sabes eso?

—Porque he estado con vosotros más de una vez y la química es explosiva. Te juro que el aire podría incendiarse cuando estáis juntos.

Era lo más cursi que Hali había oído jamás.

—¿Te ha dado otra vez por las novelas románticas?

—No menosprecies mis lecturas. —Carrie levantó un dedo en señal de advertencia—. La novela romántica es el género más vendido por algo.

—Sí, porque los imbéciles como tú creéis en los finales felices. Ese es el motivo. —Pese a la dureza de sus palabras, Hali solo le dio unos golpecitos suaves con los nudillos en la cabeza—. Tienes que dejarlo ya. No hay nada entre nosotros.

Y mientras lo decía, Hali ya sabía que era mentira.

Algo había estado pasando entre Gray y ella, sin duda.

Por desgracia para ella —o puede que por fortuna, quién sabe—, después de soltar la bomba de que quizá quisiera salir con ella, Gray había desaparecido sin dar la menor pista de adónde iba ni de cuándo volvería.

Hali se decía que era lo mejor, pero en el fondo —mucho más en el fondo de lo que jamás admitiría— estaba decepcionada.

—Vaya, mira esa cara —canturreó Benjamin, y arrancó a Hali de su ensoñación—. Está triste. Si no lo viera con mis propios ojos, no me lo creería.

—Está tristísima, desde luego —convino Carrie, que tamborileó los dedos con impaciencia sobre la barra—. ¿Quieres que lo llame yo? Averiguo qué pasa en cinco minutos justos.

—Desde luego que no quiero que lo llames. —A Hali se le encogió el estómago solo de pensarlo—. Es mejor así. Perdimos la cabeza un momento después de… bueno, después de unos días interesantes.

Se negaba a hablar de magia, y menos del monstruo del espejo contra el que había luchado con Gray y unos cuantos más una semana antes, delante de los clientes. La magia era algo que debía guardarse con mucho cuidado, y Hali sabía de sobra que no debía irse de la lengua.

—Venga ya. —Carrie sacó el palillo de la guarnición de su copa, arrancó un arándano y se lo metió en la boca—. Estás loca por él y lo sabes.

—No es verdad. —Hali habría preferido estar en cualquier otro sitio y hablar de cualquier otra cosa que no fuera aquello—. Fue un desliz pasajero. Ya lo he superado.

—Lo que tú digas. —Carrie puso los ojos en blanco—. Podría llamar a su hermano —caviló—. Parecía dispuesto a charlar.

La mano de Hali salió disparada y le agarró la muñeca a Carrie antes de que ella misma supiera qué estaba haciendo.

—Ni se te ocurra. —Sacudió la cabeza con vehemencia—. No vas a llamar a su hermano.

Carrie le escrutó la cara un buen rato y después soltó el tipo de suspiro reservado a las madres de hijas cabezotas.

—Eres demasiado.

—Me parece bien.

—¿Por qué no puedes admitir sin más que te gusta?

—Porque no me gusta.

Un redoble en el corazón la hizo titubear.

«Mentirosa. Mentirosa. Mentirosa». Aquella única palabra le resonaba en la cabeza con cada respiración.

La verdad era que sí le gustaba Gray. No recordaba la última vez que alguien le había gustado tanto como él.

Eso no significaba que una relación fuera a funcionar, claro.

Los dos eran personas dañadas, y aquel no era el mejor momento para poner a prueba una relación.