Colección de la serie Match equivocado (Serie Desemparejados) Capítulo Doce #2
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Capítulo Doce #2

—Bueno, espero llegar a conocerte mejor —dijo Olivia, con una expresión que sugería que tenía mil preguntas más—. ¿Qué tal una cena la semana que viene? ¿Solo nosotros tres?

Miré a Ethan, sin saber cómo responder a una invitación que iba más allá del evento de esta noche. Nuestro acuerdo especificaba ocasiones puntuales, aprobadas de antemano.

—Tendremos que mirar nuestras agendas —intervino Ethan con diplomacia—. Ivy anda muy liada con una colección especial en la biblioteca, y mi calendario es una pesadilla hasta que cierre el acuerdo de expansión.

—Por supuesto —asintió Olivia, aunque sus ojos se entornaron ligeramente ante la evasiva—. Pero al final te tomaré la palabra —miró por encima del hombro cuando alguien la llamó—. El deber me reclama. No desaparezcas antes de los discursos, Ethan. La junta espera verte allí.

Cuando se alejó, solté el aire que había estado conteniendo.

—Eso ha sido...

—¿Intenso? —completó Ethan, que aún mantenía el brazo alrededor de mi cintura—. Olivia tiene ese efecto en la gente. Pero lo has manejado a la perfección.

—Parece que se preocupa mucho por ti.

—Así es —su expresión se suavizó un poco—. Aunque su forma de demostrarlo puede resultar intrusiva.

—Los hermanos suelen serlo —observé a Olivia saludar a otro invitado con encanto estudiado—. Ella es la razón principal de todo este teatro de la novia, ¿verdad?

—Sí —Ethan cogió dos copas de champán de un camarero que pasaba y me ofreció una—. Está convencida de que necesito una «conexión real» para ser feliz. De ahí la aplicación de citas, las constantes preguntas sobre mi vida personal, los intentos nada sutiles de buscarme pareja.

—¿Y crees que fingir que sales con alguien calmará sus inquietudes?

—Creo que tener a alguien con quien pueda verme, alguien que me haga feliz, aliviará la presión de momento —dio un sorbo a su champán y sus ojos se encontraron con los míos por encima del borde de la copa—. Y debo decir que resultas muy convincente en el papel.

—Gracias —no sabía muy bien cómo tomarme sus comentarios; me sentía algo desconcertada. Había dicho que lo hacía feliz—. Tú tampoco lo haces nada mal. Por un momento, casi me creí que de verdad apreciabas mi «perspectiva sobre muchos temas».

Algo cruzó fugaz por su expresión: sorpresa, quizás, o algo más complejo. —Eso no fue actuación, Ivy. Tienes una perspectiva que valoro. Ves las cosas de forma distinta a la mayoría de la gente de mis círculos.

Una vez más, la sinceridad de su voz me pilló desprevenida. Antes de que pudiera responder, otra pareja se acercó y nos devolvió al torbellino social.

Durante la hora siguiente, interpreté mi papel con creciente confianza: la novia de Ethan, aún lo bastante nueva para mostrarme algo reservada, pero ya lo bastante cómoda para estar a su lado.

Respondí a las preguntas sobre mi trabajo con auténtico entusiasmo, esquivé las indagaciones sobre nuestra relación con calculada vaguedad y aprendí más sobre Ethan a través de los demás de lo que había aprendido en todos nuestros encuentros a solas.

Era respetado, incluso admirado, pero también un poco temido.

Su olfato para los negocios era legendario, su determinación incuestionable.

Sin embargo, varias personas mostraron sorpresa, velada o abiertamente, al verlo con alguien que parecía suavizar sus aristas, que le arrancaba sonrisas que, según decían, eran raras en público.

Durante todo ese tiempo, Ethan mantuvo nuestra conexión: una mano en la parte baja de mi espalda, los dedos entrelazados con los míos, un brazo rodeándome la cintura. Pequeños gestos calculados que, sin embargo, se sentían cada vez más naturales conforme avanzaba la velada.

Durante una breve pausa entre presentaciones, se inclinó hacia mi oído. —Se te da de maravilla. Los tienes a todos encantados.

—Solo te sigo el juego —respondí con sinceridad—. Aunque estoy aprendiendo bastante sobre ti de paso.

—¿Ah, sí?

—La gente tiene mucho que decir sobre Ethan Blackwood cuando cree estar hablando con su novia. Y no todo son halagos.

Su sonrisa se tornó irónica. —Me lo imagino. El éxito en los negocios suele cobrarse un precio personal.

—Eso voy viendo —hice una pausa y añadí—: Aunque varias personas han comentado lo distinto que pareces esta noche. Más relajado. Lo achacan a mi influencia.

Algo indescifrable le cruzó el rostro. —Quizá no se equivoquen del todo.

Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir con eso, comenzó la parte formal de la velada: discursos del director de la organización benéfica, de los principales donantes y, finalmente, del propio Ethan, que pronunció unas palabras breves pero convincentes sobre el impacto de la organización y sus objetivos futuros.

Al verlo en el escenario, acaparando la atención sin esfuerzo, me sorprendió pensar en las múltiples versiones de este hombre que había conocido: el amante dominante que desafiaba mis límites en la intimidad, el poderoso CEO respetado por sus iguales, y ahora este elocuente defensor de una causa en la que claramente creía.

¿Cuál de ellas era el verdadero Ethan Blackwood? ¿O eran todas facetas de un todo más complejo de lo que había supuesto en un principio?

Tras los discursos y la cena, la atmósfera formal se relajó un poco. Una banda sustituyó al cuarteto de cuerdas y las parejas empezaron a dirigirse a la pista de baile. Las observé mientras bebía mi champán, disfrutando de un momento de relativa calma después del torbellino social.

—Baila conmigo —dijo Ethan, que apareció a mi lado y me tendió la mano.

Dudé. Bailar parecía, de algún modo, más íntimo que los roces casuales que habíamos intercambiado durante toda la noche. Más romántico. Menos una actuación y más lo que haría una pareja de verdad.