Coit Tower (Thriller del FBI de Abby Kane 5) CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE
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CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE

El Cliff House se alzaba sobre un promontorio con vistas al océano Pacífico.

Mientras los demás se marcharon enseguida, House y yo nos tomamos nuestro tiempo.

Había venido conmigo en mi coche. El cielo seguía despejado y la niebla había desaparecido, ofreciendo una vista impresionante desde el restaurante.

No pudimos evitar hacernos un par de fotos con el paisaje de fondo y disfrutar del momento.

Finalmente, pedí al aparcacoches que trajera mi coche y nos marchamos.

Siempre disfrutaba de la compañía de House.

Con los años nos habíamos hecho muy amigas.

Siempre me había costado hacer amigas entre las mujeres; con los hombres me resultaba más fácil.

Pero con House era diferente. Me entendía y no me juzgaba por mi forma de ser.

Decidimos tomar el camino largo de vuelta a la oficina, pasando por Sutro Heights Park y luego por el boscoso Presidio Park.

Al final acabamos en Billionaire's Row, un tramo de tres manzanas a lo largo de Broadway entre las calles Lyon y Divisadero.

Elegantes mansiones con impresionantes vistas de la bahía bordeaban la calle.

Allí vivían personas como Larry Ellison, fundador de Oracle; Ann y Gordon Getty; la congresista Nancy Pelosi; y Mark Pincus, creador de Zynga y ese adictivo juego de la granja.

House miraba por su ventanilla.

—La riqueza que se concentra en esta diminuta manzana es absurda.

—Y que lo digas —murmuré.

—¿Qué pasa?

—¿A qué te refieres? —pregunté con voz más firme.

—Llevas con los ojos pegados al retrovisor desde que salimos del restaurante.

—Eh...

—¿Qué? —el tono de House revelaba curiosidad.

—Creo que nos sigue un coche.

House se dio la vuelta y miró por la ventanilla trasera.

—No veo nada.

Acabábamos de coronar una de las muchas colinas empinadas de San Francisco.

—Espera un momento.

House estiró el cuello un poco más y esperó. Poco después, un Mustang verde bosque apareció en lo alto de la colina.

Adaira Kilduff agarraba el volante con fuerza. El sudor le perlaba el labio superior a pesar de que fuera hacían unos frescos dieciocho grados y corría la brisa. Las ventanillas tintadas estaban subidas para ocultar sus identidades. El aire acondicionado estaba apagado. Prefería el calor.

Alex, su acompañante machorra, iba sentada en el asiento del copiloto con una escopeta apoyada entre las piernas.

Todo era fálico con ella. Sobre su cabeza redonda llevaba unos grandes auriculares de diadema que bombeaban graves a sus oídos.

Tenía los ojos cerrados. Adaira no sabía si estaba dormida o no.

Daba igual mientras no estuviera dando la tabarra.

Antes no había parado de hacer el mismo chiste sobre cómo iba literalmente de copiloto con escopeta.

Aguantar a Alex se había vuelto insufrible muy rápido.

Adaira no había pensado que tardaría tanto en llegar hasta Kane, pero así había sido.

Había pensado que podría convencer a Alex para que la ayudara a matar a la agente, cobrar el dinero del premio y desaparecer antes de que a Alex le diera tiempo a recolocarse la entrepierna otra vez, como si llevara hombría entre las piernas.

Adaira había sabido desde el principio que solo podía aguantar unos pocos días como mucho a la hombre-chica con mal aliento, pero había seguido adelante con su plan de todos modos, pensando que matar a Kane no podía llevar tanto tiempo. Había pasado más de una semana. La paciencia se había agotado.

Descubrir que el juego había terminado no ayudó en nada.

Solo echó gasolina al fuego y le prendió una cerilla.

Tener que soportar los constantes magreos de Alex, sus divagaciones ininteligibles y devolverle los favores orales en su descuidado coño no iba a ser en vano , pensó Adaira. Alguien tenía que pagar.

Desde que el juego se había convertido en un todo o nada, Adaira se había convencido de que podía ganar.

Lo creía tanto que por la noche, después de lo que se había convertido en sexo bollero rutinario con Alex, se quedaba dormida soñando con una vida lujosa lejos de su novia machorra.

Pero tal como estaban las cosas, se había quedado sin dinero y estaba atrapada con el constante e incesante lengüeteo de Alex.

Antes, había aparcado a un lado de la carretera que bajaba hacia el restaurante Cliff House, después de seguir a Kane hasta allí.

Cuando el grupo de agentes salió del restaurante, su determinación de hacer que Kane pagara por ponerla en esa situación inconcebible se había intensificado.

Ver a la menuda agente de buen humor solo había avivado su rabia.

—¡Alex! —gritó—. Despierta.

—Nena, estoy despierta. Solo estoy relajándome.

Adaira pisó el acelerador y el monstruo de metal rugió.

—Es la hora.

—¿Cuánto tiempo lleva detrás de nosotras? —preguntó House.

—Desde que salimos del restaurante, creo. En realidad, solo empecé a fijarme cuando pasábamos por el Presidio.

—Bueno, no hay demasiadas salidas del parque. No parece raro que esté tomando la misma ruta. Gira a la izquierda aquí arriba.

Giré por Scott, en dirección norte. Unos segundos después, el Mustang dobló la esquina. Tomé la siguiente a la derecha por Vallejo. Mantuve los ojos pegados al retrovisor, esperando ver si había exagerado. Como era de esperar, el Mustang apareció detrás de nosotras.

—Esto no puede ser una coincidencia —dije.

—Para aquí —House señaló un sitio—. Deja que pasen de largo. Quizá podamos ver al conductor.

El reflejo en el parabrisas nos había impedido ver el interior del vehículo hasta entonces.

Hice lo que dijo. Observamos cómo se acercaba el vehículo, y justo cuando estaba a punto de pasarnos, aceleró, dejándonos mirando una ventanilla trasera oscurecida.

—Adiós a ver quién va al volante.

Me quedé donde estaba, y el Mustang giró a la izquierda en el siguiente cruce, lo cual venía bien porque yo había planeado girar a la derecha para dirigirnos de nuevo hacia el sur, de vuelta al Civic Center.

—Sigues alterada por la investigación —dijo House—. Es comprensible. Has pasado por mucho.

—Puede que tengas razón, pero...

—Pero te estás preguntando si es otro equipo.

—Se me había pasado por la cabeza.

—Bueno, es un coche bastante llamativo. Cuando volvamos a la oficina, podemos buscar todos los Mustang de modelo reciente registrados en el Área de la Bahía. Quizá podamos acotar la búsqueda. El verde bosque no es precisamente un color popular.

Puse el coche en marcha y aceleré de vuelta a la calle.

Giré a la derecha en el siguiente stop y traté de quitarme el Mustang de la cabeza.

Seguí por Pierce Street hasta Alta Plaza Park y giré a la izquierda en Jackson.

Sabía que podía seguir por esa calle hasta Van Ness, y desde allí sería un trayecto fácil de vuelta al Edificio Federal Philip Burton.

Acababa de cruzar la siguiente intersección cuando miré por el retrovisor. La carretera detrás de nosotras estaba vacía. Relájate, Abby. Sacudí la cabeza y solté una risita para mis adentros antes de volver a mirar. El Mustang estaba de vuelta.

Adaira pisó el acelerador a fondo, y las ruedas traseras chirriaron al agarrarse al asfalto.

El Mustang se metió en el carril contrario.

Alex accionó la corredera de la escopeta, cargando un cartucho, antes de sacar el cañón por la ventanilla.

Le temblaban los brazos; hacía tiempo que no disparaba a nadie.

Se lamió los labios y bajó la cabeza para apuntar.

Se acercaban rápidamente al Charger. Alex planeaba meterle un tiro directo en la ventanilla del conductor.

Adaira tenía tres cámaras GoPro montadas dentro del coche para documentar la muerte para el juego; al menos, ese había sido el plan cuando el juego todavía estaba activo.

Puede que Steve McQueen hubiera sobrevivido en Bullitt , pero Abby Kane no lo haría.

Aunque las cámaras ya no eran necesarias, Adaira quería grabarlo todo: un recuerdo personal.

Estaban a segundos de ponerse a la altura del Charger.

—¡Ahora, Alex! ¡Hazlo ahora! —gritó Adaira.

Alex apretó el gatillo y el retroceso levantó el cañón de golpe, que golpeó la parte superior del marco de la ventanilla. Había fallado.

—¡Mierda! Me dijiste que sabías disparar esa cosa.

—¡Y sé! —le gritó Alex—, pero ella frenó en seco. Ponme de nuevo a su lado. Le daré a esa zorra.

Adaira pisó el freno y metió la marcha atrás.

El motor rugió mientras el coche retrocedía hacia el vehículo de Kane.

Alex accionó la corredera una vez más y volvió a sacar el cañón por la ventanilla.

El Charger también había empezado a acelerar y se acercaba rápidamente, pero giró a la izquierda por otra calle antes de que Adaira pudiera alcanzarlo.

Pisó el freno, cambió de marcha y salió tras ellas haciendo chirriar las ruedas.

El Charger giró a la derecha en el siguiente stop con los neumáticos chirriando. Adaira tomó la curva con la misma facilidad y volvió a pisar el acelerador.

—Parece que van hacia Van Ness —señaló Alex—. Podremos ponernos a su lado si lo hacen.

Adaira redujo la marcha y le dio más gas al Mustang. Estaban pegadas al Charger. Intentó ponerse a la altura del conductor, pero no encontró hueco en el tráfico de frente. Frustrada, embistió la parte trasera del Charger. Este se desvió un poco, pero enseguida recuperó el control.

El semáforo estaba en verde y el Charger no redujo la velocidad, lo que hizo pensar a Adaira que seguiría recto.

Pero justo cuando estaba a punto de cruzar la intersección, el vehículo giró bruscamente a la izquierda, con la parte trasera derrapando antes de enderezarse.

Adaira giró el volante y la siguió. Cuando se acercaron al Charger por la derecha, este se cambió rápidamente al carril izquierdo y las bloqueó.

—¡Mierda! —gritó Adaira, frustrada.

—Ponte al otro lado. Las reviento desde ahí.

Alex se inclinó sobre Adaira y sacó la escopeta por la ventanilla.

La ventanilla del copiloto del Charger bajó, asomó una pistola y disparó.