CAPÍTULO CINCUENTA Y SEIS
La discusión sobre quién había ganado duró mucho más que los pocos segundos que nos había llevado la carrera.
Días, para ser exactos; probablemente nunca tendría fin.
Kang sostenía que me había sacado ventaja en la inclinación final.
Yo replicaba que había estirado el brazo derecho hacia delante, lo que me daba la victoria en el photo finish. Nunca habría un ganador claro.
Con la investigación a punto de cerrarse, Kang volvería a sus funciones en el Departamento de Policía de San Francisco y yo a las mías en la agencia.
Nos habíamos hecho amigos, buenos amigos, y sabía que dejar de trabajar juntos no significaba que fuéramos a dejar de hablar o vernos.
Solo vivíamos a cinco minutos el uno del otro.
Para honrar a nuestros compañeros caídos, Reilly había organizado un pequeño almuerzo conmemorativo en el Cliff House, cerca de Ocean Beach. Asistimos Reilly, House, Knox, Copeland, Kang y yo.
Reunidos alrededor de una mesa con vistas al océano, alzamos nuestros vasos de vodka en un brindis por quienes habían dado la vida en acto de servicio.
Al agente Austin Tucker lo perdimos mientras perseguíamos al Equipo Carson.
En Bangkok cayó el detective Songwut Soppipat, o como prefería que lo llamaran, Artie.
Por último, el agente Marty Castro, cuya muerte, según determinó después el equipo de policía científica, había sido a manos de un traidor: Lin.
Hablamos de cada uno de ellos y compartimos anécdotas personales, unas divertidas, otras conmovedoras. Fue una bonita forma de recordarlos. Al final, la conversación derivó hacia el trabajo y cada cual expuso sus propias teorías sobre por qué Sei había matado al cerebro.
Me guardé mi teoría. Además, creía tener una bastante buena.
Le había pedido a Kang que devolviera la tetera, con la esperanza de usarla como incentivo para que Sei volviera a visitarnos, ya que tenía valor para ella.
La había dejado en la mesita de noche, junto a la cama, antes de irnos a casa de Kang.
Más tarde, cuando volví al tong a recoger mis cosas, la tetera había desaparecido. Pregunté a Knox y Copeland si alguien había subido al último piso, y me dijeron que no. De hecho, ellos eran los únicos en el tong.
Revisé la ventana. Estaba cerrada, pero sin echar el pestillo. Solo podía suponer que Sei había conseguido entrar de algún modo y llevarse su tetera. Era la única explicación lógica para que hubiera vuelto a desaparecer. Aunque había algo más.
Antes de salir de la habitación, fui al baño.
Mientras hacía pis, vi una caja arrugada en la papelera.
No recordaba haber tirado nada allí, nunca.
Quizá lo habían hecho Knox o Copeland. Bien podrían haber subido a revisar los paneles de la investigación y haber necesitado usar el baño, pero no me lo creía.
Era el envoltorio de un test de embarazo. Hacía bastante que no me acostaba con nadie, así que podía descartar que fuera mío. Si a eso le sumaba que yo era la única agente mujer en el edificio, las candidatas se reducían drásticamente. Solo otra mujer había tenido acceso a ese baño.
«No vine a salvarte la vida, Abby. Vine a salvar la vida de tus hijos».
Esas habían sido las palabras exactas de Sei.
¿Habría sido esa la razón de que cambiara de opinión?
¿Se habían despertado sus instintos maternales?
¿Se estaba retirando? ¿Era eso siquiera posible para alguien como ella?
No sabía qué pensar. Usé un bolígrafo para hurgar en la papelera, pero no encontré la tira del test. Por supuesto que se la había llevado.
Fuera cual fuera su razón para matar al cerebro, me había hecho un favor enorme.
Me gustaba pensar que no mencionar el test de embarazo ante el grupo era mi forma de quedar en paz con ella.
Miré a todos los reunidos en la mesa aquel día, debatiendo sobre las posibilidades; ninguna se acercaba ni de lejos a lo que yo sabía que podía ser la verdadera razón. No pude evitar pensar que no era la única que la había juzgado mal.