CAPÍTULO DIECIOCHO
El sol apenas había comenzado a salir y a filtrarse a través de las finas cortinas que cubrían la ventana de doble cristal del pequeño dormitorio cuando las ganas de orinar despertaron a Zoric.
Se frotó las legañas y miró a la mujer esbelta que dormía a su lado.
Estaba vuelta, tumbada entre de lado y boca abajo.
Su melena castaña se extendía en abanico sobre la espalda desnuda, de piel cremosa.
El edredón blanco solo la cubría hasta la cintura, dejando entrever un tatuaje de unicornio en la zona lumbar.
Se llamaba Adrijana Lilic, y siempre había estado al lado de Zoric hasta hacía un año, cuando ambos huyeron de Serbia por separado.
Zoric había sido un miembro destacado de la banda del clan Zemun en Belgrado.
El alcalde recién elegido los había puesto en el punto de mira y había jurado erradicar su presencia en la capital.
Zoric no tenía ningún interés en comprobar hasta dónde estaba dispuesto a llegar el político para demostrar a sus votantes su firmeza contra el crimen.
Pensó que lo mejor era que él y Adrijana se separaran temporalmente.
Ella se fue al oeste, a la pequeña ciudad de Pristina en Kosovo, mientras él y Petrovic huyeron al este, a Chisináu en Moldavia.
Zoric sacó los pies por el borde de la cama de matrimonio y se levantó. Caminó en silencio sobre las frías baldosas, abrazándose para entrar en calor. Su pene a medio empalmar se balanceaba con cada paso. Despertaría a Adrijana después de mear.
A unos pasos del dormitorio, cerca de la puerta del baño, Zoric se detuvo y echó un vistazo a la sala de estar.
Arropado bajo una manta de lana y durmiendo profundamente en un viejo futón estaba Petrovic.
Tenía un brazo sobre los ojos para protegérselos de la luz penetrante del sol naciente.
Aún llevaba puestas las botas mugrientas.
Habían llegado al apartamento de Adrijana hacía aproximadamente una semana.
Era el único lugar donde Zoric pensó que podrían estar relativamente a salvo y pasar desapercibidos.
Matar a aquellos griegos en Salónica había sido una estupidez, y lo sabía.
No era la primera vez que su falta de paciencia lo metía en líos.
Había sido una constante a lo largo de toda su vida.
—Un día de estos vas a conseguir que nos maten —solía decirle Petrovic.
Y Zoric siempre respondía lo mismo:
—Hoy no.
Zoric había calmado los temores de Petrovic sobre posibles represalias ideando un plan.
Bueno, tampoco es que fuera gran cosa; básicamente consistía en convencer a Adrijana de que soltara el dinero en efectivo que, según sabía Zoric, siempre guardaba a escondidas.
Podrían usar ese dinero para pagarse el viaje a San Francisco y seguir participando en el juego.
Era la única salida que tenían. Además, los alejaría del alcance de los griegos, y si ganaban, podrían irse a cualquier parte del mundo.
Sin embargo, había una condición —una que a Petrovic no le iba a gustar— que Adrijana había puesto para financiar su viaje al oeste: el Equipo Balcánico tendría un nuevo miembro, y el botín se repartiría a tres bandas.